La impensable historia de Berlanas

La impensable historia de Berlanas

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A los 47 años, acaba de quedarse a un minuto de ser campeón de España absoluto de 10k en ruta. Un hombre al que los tendones de Aquiles hicieron la vida tan difícil en el atletismo de elite, con cuatro cirugías, tres en el mismo pie. Llegó a entrenar tres horas y media en la bici elíptica. 

Si Luismi Berlanas tuviese 37 años hoy no escribiría de él. 

Si Luismi Berlanas tuviese diez años menos regresaríamos a 2009 cuando yo escribí una historia en la que él, apenado, me contaba que el tendón de Aquiles le había “echado del atletismo”. Lamentaba que su hija, que entonces, tenía tres años nunca le vería competir al máximo nivel y yo titulé aquella historia: “Nadie es eterno”. 

Fue un error. 

Luismi Berlanas es hoy un hombre de 47 años que, siendo entrenador, no ha dejado de competir a un nivel estupendo. A mis ojos, parece un atleta eterno. El pasado sábado, en el Campeonato de España de 10 kilómetros en ruta de Tudela ganó en su categoría (mayores de 45 años), por supuesto. Pero si hubiese corrido en 1 minuto y 3 segundos menos también hubiese ganado el absoluto. El destino le ha encargado demostrar que no tenemos fecha de caducidad. El destino ha elegido un personaje perfecto que sigue tan delgado, sin un átomo de grasa, casi como cuando fue de élite. Sigue pensando que “si cansa, me gusta”. Sus piernas le obedecen. Continúan haciendo grandes cosas. 

La motivación no es una trampa. Pero si hay un hombre en el mundo, que no necesita entrenar ese músculo, llamado motivación es él: Luis Miguel Martín Berlanas. El atleta que acarició la medalla olímpica por dos veces en los 3.000 obstáculos (Sidney 2000 y Atenas 2004). 

Hoy, ya no se enfrenta a los africanos ni se pringa, al aterrizar el pie en el suelo, con las salpicaduras de la ría. Pero sigue en un estado de forma asombroso que no podíamos imaginar hace diez años  cuando me explicaba que llevaba cuatro cirugías, tres en el mismo pie, y cuando resumía su penitencia de diez años luchando contra sus tendones de Aquiles. Una crónica de vida que le obligaba a pasar los inviernos metido en el gimnasio para ahorrar impactos. Allí dentro llegó a estar tres horas y media dándole a la bicicleta elíptica, simulando el circuito de La Tapia en la Casa de Campo,  venciendo a todos los males. Su naturaleza no se rendía frente a la genética. “Lo mío ha sido un tema puramente genético. Los huesos han traccionado tanto de los tendones que lo he pagado”, me decía.

Por eso entonces no nos daba lugar a imaginar que diez años después seguiría corriendo a este nivel. No sólo en Tudela este fin de semana. Sus redes sociales nos recuerdan a menudo fines de semana en los que baja a la obra. Compite hasta en duatlón y sigue compitiendo maravillosamente.

Si Luismi Berlanas me lo hubiese dicho hace diez años, no me lo hubiese crecido. Al menos, yo, que soy al que ahora le ha dado por escribir esta historia, por acercarme y alejarme del pasado, por imaginármelo en competición.

No digan que es fácil porque no puede ser fácil.  Pero sí nos demuestra que lo que hacemos cualquiera de nosotros no tiene nada que ver con el desgaste que ocasiona ser atleta de élite que es lo que echó a Berlanas de ese gremio. Recuerdo entonces aquel arranque de rabia suyo, en los últimos 300 metros, en los que vimos la medalla, en los Juegos de Sidney, o en los de Atenas, que fue la mejor carrera táctica de su vida. Tuvo entonces la mala suerte de que no falló nadie. Pero para estar ahí había que dejarse la vida, los tendones. Cada impacto era como arriesgarse a una lesión. 

Hoy, a los 47 años, Berlanas trabaja a diario de entrenador  en la Blume. Y lo que hacen sus atletas le importa más de lo que hace él, que ya no es tan importante, que ya no pelea el segundo y que ya no se lesiona como antes cuando llegó a hacer 8’07″44 en 3.000 obstáculos o 3’36” en 1.500.  Pero su mérito es continuar a este nivel, seguir venciéndose a si mismo como era tan difícil imaginar en 2009 cuando contaba todas esas penas médicas, fatalidades. 

Si Luismi Berlanas nos hubiese dicho entonces que en 2019 iba a hacer un 10.000 en 31’21” a mí me hubiese parecido difícil y no sé si imposible de creer.

Después es verdad que he vuelto a coincidir algunas veces más con él. De todas, la que más me sorprendió fue en aquel mitin de Moratalaz en la grada. Había venido a verlo desde su casa en Las Rozas en bicicleta y se iba a ir en bicicleta. Me sorprendió, incluso, más que, cuando ya retirado de la élite, llegó a hacer 2h 17m en maratón.  Recordé entonces aquella conversación de 2009, ejemplo de tipo endurecido y diferente.  Recordaba él que, siendo campeón de España, en los tiempos en los que se pagaba fuerte, conducía un discreto Opel Astra. Los compañeros le decían que ése no era coche para él y él rebatía: “¿para qué quiero otro si este me trae y me lleva?”   

También recordó que su padre llegó “a competir con Mariano Haro y su único entrenamiento era ir corriendo al trabajo con alpargatas” y me hizo pensar que donde este el instinto de supervivencia que se quite todo lo demás. Los cinco primeros años en los que llegó a Madrid no tenía casi ni para ir al cine y si no hubiera sido por las suplencias que hacía en verano de cartero en Correos, si no hubiera sido por aquel curso de masajista que hizo y que le permitió sacarse un dinero para los inviernos, cualquiera sabe lo que hubiera sido de él. También invertía en Bolsa y parece ser que con inteligencia. “Gané para comprarme un coche y alguna cosa más”. 

Era diferente Berlanas. Es diferente, en realidad.  Con 47 años, trabajando para los demás, después de todo lo que se ha machacado, hay pocos que mantengan esta motivación. Pero la motivación no es un libro de instrucciones, sino un asunto muy personal. 

Si Luismi Berlanas escribiese de la motivación no habría páginas suficientes.   

La última vez que hablé con él no recordaba si fue más feliz cuando se acercó a la medalla olímpica o cuando se proclamó campeón de España cadete de 1.000 metros con 2’31”, giró la mirada y vio a su entrenador llorando de emoción. Siendo así, uno se explica que, a los 47 años, se haya quedado a un minuto de ser campeón de España absoluto de 10km en ruta. Hasta el kilómetro 4 Luismi Berlanas iba con los primeros clasificados, a su ritmo.  

 A su lado, por lo tanto, desconfío que exista fecha de caducidad y que cada cosa en la vida tenga una etapa. Su declaración de intenciones en sus redes sociales (“si cansa, me gusta”) también me parece diferente para entender a un tipo que a los 25 años supo reinventarse. Hasta entonces corría 1.500. Tenía una marca de 3’39″09 que era muy poco en los tiempos de Cacho y de Viciosa. De ahí que llegase hasta los 3.000 obstáculos y, aunque su primer día de obstaculista en Sevilla fue un horror (“acabé con dolores hasta en la cabeza”), nunca se dio por vencido. Hizo suyo aquel lema, que casi siempre trabajó como un primer espada, “estoy aquí para molestar a los favoritos”, y lo sacó brillo. 

Exactamente como ahora, a los 47 años. 

@AlfredoVaronaA 

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