La historia secreta del atletismo español: Juan Manuel Abad Manteca

Fue un talentazo que en un Mundial junior de cross de Nueva Zelanda maravilló al mundo. Fue el primer blanco, ganó a Morceli, a Cacho, a tantos… Pero desapareció y no volvió más. Hoy trabaja de fisioterapeuta en Lorca (Murcia)

Fermín Cacho, que cuatro años después iba a ser campeón olímpico en Barcelona 92, se quejaba de que era su bestia negra.

-No puedo con él.

Enrique Pascual, que fue su entrenador, recuerda al hablar de él:

No te puedes ni imaginar el talento que tenía.

Él es Juan Manuel Abad Manteca, un atleta que en 1988, a los 19 años, acarició lo imposible en el Mundial junior de cross de Auckland (Nueva Zelanda), donde fue octavo clasificado: el primer blanco detrás de cinco keniatas y dos etíopes.

10 segundos después de él llegaba a la meta el gran Noureddine Morceli.

Fermín Cacho también necesitaba 24 segundos más que Juan Manuel Abad Manteca que “literalmente era la ostia”.

Enrique Pascual lo había descubierto en el instituto Antonio Machado de Soria, donde daba clases de educación física.

Manteca era ese alumno que tenía una memoria prodigiosa y que ponía el cronómetro de su reloj Casio para ir a todas partes, hasta cuando los profesores le mandaban a ir a buscar las tizas. Le gustaba medirlo todo. Cada día batía un nuevo récord.

Todo eso se demostró en marzo de 1988 en el más allá, en Nueva Zelanda, donde aquel chaval maravilló al mundo entero.

-¿Quién es ese fenómeno?

Desde entonces han pasado 32 años y ahora cuando preguntas a casi todo el mundo, ¿te acuerdas de Juan Manuel Abad Manteca?, casi todos te dicen que no.

Hay recuerdos que se los traga la tierra y no es justo.

Es más, a uno aún se le ponen los pelos de punta cuando encuentra en youtube esa carrera de Auckland que entonces retransmitió Gregorio Parra: los años ochenta, la magia de los años ochenta.

Juan Manuel Abad Manteca tenía una planta bárbara: 1,85 cm y 65 kg de peso, en las antípodas de los 95 que pesa ahora.

El atletismo español tenía la sensación de que había encontrado el atleta perfecto.

Por eso hoy tenemos todo el derecho del mundo a recordar, a buscar a Juan Antonio Abad Manteca, a enterarse de que ahora vive en Lorca (Murcia) y a encontrar a un hombre que no se ha despedido de la nostalgia.

Juan Manuel es un tipo distinto domiciliado hoy en un hombre de 51 años que, tras recorrer las Bolsas de trabajo como interino de media España (Madrid, Castellón, Ciudad Real, Panticosa…), sacó la plaza en el Centro de Salud de Lorca como fisioterapeuta, donde vive desde hace 17 años.

Pero allí nadie sabe que fue atleta.

Sólo él y su nostalgia, que claro que se acuerda de aquel Mundial de cross de Nueva Zelanda, donde cuenta que se sentía “hecho polvo”.

“No había logrado adaptarme al cambio horario. Si lo hubiese logrado no sé que hubiera pasado”, recuerda hoy. “Pero es que aquel año yo me sentía muy fuerte, muy valiente. Me atrevía con todo. No me daba miedo nada. Había llegado a hacer 24 series de 150 metros casi sin esfuerzo. Había ganado todos los crosses en los que había participado”.

Y entonces regresa a Nueva Zelanda:

“Aquel día mi cuerpo me llevó hasta donde me pedía mi cabeza. Si no tenía problemas sabía que podía rendir por encima de mis posibilidades”.

-¿Qué se siente 32 años después? -le pregunto.

-Nostalgia, orgullo, rabia… -contesta-. Rabia porque aquello fue en marzo y en mayo ya empecé con problemas en la rodilla, luego en el tendón de aquiles…, y ya nada volvió a ser como fue ni como podía haber sido. De hecho, ese mismo verano en los 5.000 metros del Mundial junior de Canadá, donde fui 12 clasificado, volví a casa pensando en lo que podía haber hecho si no hubiese ido con tantos problemas: yo era muy joven pero ya no era el mismo”.

Los recuerdos no tienen la culpa de nada, pero…

“Si lo hubiese cogido ese invierno el Mundial, en vez de los 14’03” que hice, podía haber hecho 13’40” y hubiera sido medallista, hasta campeón del mundo. Pero la vida viene como viene y debes aceptarlo”.

Por eso hoy quizás esta conversación también parezca un desahogo.

“No le digo que no. Podría ser”, admite. “Creo que ya nunca más pude volver a entrenar dos meses seguidos. Las lesiones, las malditas lesiones que me llevaron al quirófano hasta que comprobé que no: que ya no había nada que hacer, que no podía seguir, que tenía que dejarlo”.

Cuando Fermín Cacho, el atleta que nunca podía con él, fue medalla de oro en los Juegos de Barcelona 92 el gran Juan Manuel Abad Manteca ya era un ciudadano anónimo: ya no quedaba nada de aquel espléndido corredor.

Llevaba un año retirado y, como la memoria es tan frágil, ya casi nadie se acordaba de él.

Es lo de siempre. Cuesta tanto aparecer y tan poco desaparecer que la vida no debería ser así.

La vida debería ser más justa o más equilibrada pero, afortunadamente, nosotros encontramos la manera de defendernos.

Juan Manuel Abad Manteca lo hizo en la universidad: estudió y terminó la carrera de fisioterapia y, tras hacer méritos como interino en media España, consiguió un puesto fijo en la pública, donde tiene un buen sueldo y trabaja siete horas diarias.

Tiene a su mujer, tiene a su hija (que se ha matriculado en la Universidad) y cada tres o cuatro meses vuelve a Soria a rememorar la mejor época de su vida, a correr lo que el cuerpo le deja por el bosque de Valansadero y a recordar que él también pudo ser uno de los grandes.

Fue un caso único, sin ninguna duda.

Enrique Pascual, el entrenador que hizo campeón olímpico a Fermín Cacho y campeón del mundo a Abel Antón, admite que “tal vez nadie tenía el talento de Juan Manuel Abad Manteca”.

Juan Manuel Abad Manteca es hoy un ciudadano más que ha logrado separar a la frustración de su vida.

Lo consiguió el día que se puso a escribir lo que le pasó en el atletismo, y a tratar de entender lo que le pasó, y fue como firmar la paz consigo mismo para siempre.

Quizás, aunque no haya ningún locutor que retransmita estas cosas, eso también es triunfar o, al menos, sobrevivir a lo mejor y a lo peor de la vida que, en el caso de Juan Manuel Abad Manteca, tal vez nunca tuvo término medio.

Por eso o te olvidas de él o lo recuerdas para siempre y, al menos, en mi caso prefiero esta segunda opción, porque si se hubiese hecho una película de esto el mundo se hubiese detenido en Auckland, en Nueva Zelanda, en aquel Mundial junior de cross de 1988.

El destino aún no había dicho que no.

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