La Gloria pasa por Berlín

La Gloria pasa por Berlín

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Las hojas comienzan a desprenderse pausadas, en calma, suavemente mecidas por la tenue brisa que crepita en las copas de los árboles, ya de un color ceroso. Bajo el más puro aroma que llega desde un octubre a la vuelta de la esquina, una inmensa y maravillosa urbe tudesca se ocupó, una agradable mañana de septiembre, de acunar una de las mayores gestas atléticas que el ser humano tiene siquiera capacidad de recordar. Un antojo de dioses. Una quimera extraordinaria. La inmortalidad se conquistó, de nuevo, en Berlín. Dos horas, dos minutos y 57 segundos después del disparo, el crono se detuvo, y con él, se detuvo el tiempo. Para conquistar la historia. Para convertirse en leyenda.

08:45h de la mañana del domingo 28 de septiembre de 2014. Una hora para recordar. Una fecha determinante en la historia. Posiblemente, con el tiempo, sea olvidada, como tantas y tantas veces ha ocurrido a lo largo de los años. Pero hoy es la guía, el faro del maratón.

Berlín planteaba una carrera en la línea de sus ediciones precedentes. Claramente centrada en el registro, la organización del que es, quizás, el circuito de maratón más rápido del mundo, apostaba por cuatro nombres de incalculable aptitud para abordar el récord que Wilson Kipsang Kiprotich sellara hace hoy 364 días sobre el mismo asfalto. Dennis Kimetto, Geoffrey Kamworor, Tsegaye Kebede y Emmanuel Mutai, rutilantes estrellas del universo maratoniano actual, alineados en pos de intentar atacar una soberbia plusmarca. La consigna para las tres ‘liebres’, un paso de entre 61:40 y 61:45 por el ecuador de la prueba. La idea, llegar al kilómetro 30, ya sin ‘pacemakers’, por debajo de la frontera de la hora y 28 minutos. Empresa complicada, pero no imposible. Geoffrey Ronoh, Bernard Kigen y Wilfred Kirwa, lujosos subalternos a la caza de tan ardua misión. Si ya asistimos a la ‘escabechina’ londinense aquel lejano 13 de abril, precisamente por un desafortunado trabajo de los encargados de marcar el ritmo de la prueba, Berlín escudriña por sistema y por necesidad, con avezada astucia, un requisito elemental para su ofensiva maratoniana anual: inteligencia y mesura desde el disparo, pasos de menos a más, ‘liebres’ sabedoras al dedillo de su cometido, y la inabarcable calidad de los elegidos, que se ocupará del resto. Tal cual, ocurría esta mañana.

Dos minutos y cincuenta y dos segundos después de la apertura, Ronoh, Kigen y Kirwa coronaban los primeros mil metros. El paso por el segundo punto kilométrico, añadiría 2:54 al crono. La primera referencia de interés e importancia la encontrábamos en la llegada al quinto kilómetro14:42, para el que, paradójicamente, iba a ser uno de los parciales más sosegados de la prueba. Kipsang, en su récord de 2013, pasaba con nueve segundos de adelanto.

El pelotón comandado por las tres ‘liebres’ estaba integrado, al llegar al décimo kilómetro, por ocho unidades más: dos etíopes (Kuma y Kebede) y seis kenyanos (Mutai, Kimetto, Chepkwony, Kiptanui, Matebo y Kamworor). 29 minutos y 24 segundos. Dos parciales idénticos de 5 kilómetros (14:42). Ritmo sostenido, purasangres mesurados en su empeño, constantes toques de freno. Inteligencia sublime en cabeza.

El paso por el decimoquinto kilómetro suponía incluso una vuelta de tuerca más en la porfía por el récord. En este caso, siguiendo el aspecto negativo de la idea. 14:46 en el tercer parcial, más lento aún que los dos anteriores, para un 44:09 total que proyectaba un posible 2h04 final. La sensación de que la plusmarca se alejaba por momentos comenzaba a atisbar una inicial aunque tímida cúspide. Eso, o una cordura y sensatez extremas. Conservadurismo casi rudo. Las condiciones climatológicas susurraban impecables, alineadas, sin embargo, hacia la gesta.

Llegada al vigésimo kilómetro. Primera gran referencia global del transcurrir de la prueba. Noticia en el horizonte. El pequeño etíope Tsegaye Kebede pierde metros. No es la primera vez que le ocurre, no obstante, empecinado en mantener la sangre fría hasta en la mayor situación de estrés imaginable. Esta vez, tras los pasos de un Matebo que comenzaba a acusar la presteza del ritmo tras un parcial endiablado (14:26), Kebede llegaba al ecuador de la prueba con 19 segundos perdidos sobre la cabeza. Demasiado aciago para consistir en una maniobra premeditada. Demasiado extraño para aquellas alturas de carrera. De un plumazo, uno de los grandes favoritos de la batalla desaparecía del panorama. Uno menos. El paso por la media maratón, dentro del límite acordado, 61:45. Es decir, perfecto. Kipsang volaba en 61:34 un año antes.

A partir de aquí, con un grupo de media docena de atletas, que comenzaba a perder a uno de sus, en teoría, más débiles integrantes (Eliud Kiptanui sufría a cola de grupo), y habiendo visto desvanecerse ya a uno de los actores protagonistas, la carrera desempolvaba su perfume de cruzada, en ese momento en el que el guerrero arde en deseos de empuñar su invisible espada de guerra. 14:32 era el parcial registrado del kilómetro 20 al 25 (cinco segundos más rápido que el récord vigente), despuntando una cifra descomunal, antología pura con 22 kilómetros recorridos. 2:39 el ‘mil’ al paso por ‘la niña bonita’. Monumental. La historia comenzaba a escribirse con mayúsculas.

Las ‘liebres’, conocedoras de la importancia de estos compases de carrera, y habiendo ejecutado un impecable y contenido trabajo durante la primera mitad de prueba, desencadenaban la tormenta. Kimetto, Mutai, Kamworor, Kuma y Chepkwony pasan el kilómetro 25 en 1h13:08. La circunstancia asevera, contagiada del semblante austero y fríamente abismado del colosal Kimetto.

Kilómetro 30. El abismo por detrás. El vértigo hacia adelante. Llega ‘el muro’. Kimetto se deja caer de forma súbita a cola de grupo, perdiendo unos metros en el avituallamiento, y hace brotar un sutil nerviosismo. Falsa alarma. Mutai comienza a asomar en cabeza, mientras Kamworor parece perder algún metro. Las dos ‘liebres’ que quedan se despiden, literalmente. Ovación cerrada, como poco. Congratulaciones de una organización exultante. Imperial su trabajo. Determinante para lo que vendrá después. Emmanuel Mutai, irregular pero talentoso a partes casi iguales, decide pasar a la acción. Comienza el baile. Mutai, primero, pasa la referencia en 1h27:37 (un segundo más rápido que la mejor marca conseguida alguna vez en la distancia – Patrick Makau y Peter Kirui en el Berlin Marathon ’11). La consigna grabada a fuego en el libro de ruta desde la previa, bajar de 1h28. Conseguido con creces. Kipsang pasó en su récord en 1h28:01. Veinticuatro segundos de adelanto. Wilson se remueve allá desde donde asista al espectáculo.

Mutai, escoltado por Kimetto y Kamworor, martillea a conciencia, con dos parciales consecutivos en 2:46 en los kilómetros 31 y 32. Kuma se hunde en apenas doscientos metros. A partir de aquí, comienza el despejado de incógnitas. ¿Cómo ha llegado Kimetto, después de un 2014 para olvidar? ¿Es tan bueno como disparaban los mentideros en la previa el estado de forma del joven Kamworor? ¿Será capaz Mutai de asestar un golpe definitivo, que destierre finalmente su, en ocasiones, voluble reputación?

Cinco kilómetros pueden bastar para sellar un certificado de autenticidad tan puro que una carrera quede, al menos en parte, sellada a tal fin. Si nos dicen que a estas alturas de un maratón que tres hombres pueden ostentar la extraordinaria capacidad de cabalgar cinco kilómetros en 14 minutos y 9 segundos, la mueca de incredulidad puede resultar tan previsible como sarcástica. Pero como en las buenas historias, la realidad superó a la ficción. Tres jinetes al unísono cabalgaban desatados hacia la Puerta de Brandemburgo, con un Kamworor especialmente activo. Las cuentas salían. La obstinación del joven kenyano por cambiar de ritmo en sucesivas ocasiones fue el primer paso para cavar su propia tumba. Llegando al trigésimo cuarto kilómetro, sobresale en cabeza la silueta desgarbada de Dennis Kimetto. 2h03:45 en Chicago ’13 como credencial máxima, y el debutante más rápido de siempre. Había llegado su hora. La hora de demostrar que era un elegido. Y pese a las dudas previas sobre su estado, y más viendo su trayectoria este pasado año, no iba a defraudar.

Con Kamworor fuera de combate en apenas segundos, perdiendo metros a marchas forzadas, y Mutai alargando su elegante zancada, lastrado por la fiereza de Kimetto, la carrera presentía que, desde los cimientos más profundos del maratón, se removían todos y cada uno de los nombres y números que hubiesen paseado jamás por la mística absoluta de la inolvidable Berlín. Sin contar Boston, la renombrada “BMW Berlin-Marathon” encaramaba hasta hoy siete plusmarcas entre los quince mejores registros de la historia. Los últimos cinco récords mundiales se han conseguido en Berlín. ¿Iba a ser menos esta edición? NO.

La descomunal sacudida de Kimetto situaba la carrera en un margen idílico con respecto al récord vigente. Al paso por el km 34, la cabeza volaba con 44 segundos de ventaja con respecto a las 2h03:23 vigentes. Se enfrentaban, en este caso, a la brutalidad de aquella última cabalgada de Kipsang. Al paso por el 35, ya son 49 los segundos de margen. Mientras Mutai frunce el ceño, la inhumana determinación en la mirada de Kimetto es tal, que asusta. Llega el momento de la verdad.

Kilómetro 38. Se observa movimiento a más de veinte kilómetros por hora. Kimetto muerde de nuevo, esta vez con más saña. El ritmo es aún más salvaje, si cabe. El enjuto Mutai se ladea, se retuerce, zigzaguea impotente, como si buscara fuerzas en algún otro lugar del asfalto que no sea el rebufo de su compañero de viaje. Kimetto no vacila. Sentencia. No va de farol. Se palpa. La suerte está echada.

A falta de 2.195 metros, 1h56:29, con siete segundos de ventaja ya sobre Emmanuel Mutai. Kipsang “sólo” pudo detener el crono en ese punto en 1h57:12. Cuarenta tres segundos como margen de maniobra. Ahora sí, el récord mundial se tambalea con ferocidad y estrépito. La descomunal osadía de Kimetto zarandea una barrera impensable y prohibitiva hasta hace no demasiado tiempo. Ya resuenan por doquier ecos de mística y épica. Y llegamos a la Puerta. La Puerta de Brandemburgo, claro. Como un eco en el horizonte atlético. Giro a la izquierda y último vuelo incontenible e incontestable. Una cabalgada para la eternidad.

Escalofriante. Soberbio. Maravilloso.

Para certificar la grandiosidad de la mañana berlinesa, Emmanuel Mutai se coloca como segundo maratoniano de todos los tiempos2h03:13, consiguiendo superar también al derrocado Kipsang, pero perdiendo la batalla con el todopoderoso Kimetto, nuevo rey de la distancia. Tercero, a más de dos minutos (2h05:56), el sorprendente etíope Abera Kuma, con marca personal. La cruz, para Tsegaye Kebede. En su decimoctavo maratón (los dieciséis últimos, entre los cinco primeros clasificados), el etíope se hundía en la parte final, siendo noveno con un discreto 2h10:27. La peor clasificación de su exitosa trayectoria maratoniana. Por su parte, otro de los favoritos, Geoffrey Kamworor, concluía el quinto maratón de su carrera en cuarta posición2h06:39. Al vigente campeón mundial de media maratón se le sigue resistiendo la barrera de las dos horas y seis minutos. Tres participaciones para Kamworor en Berlín, con dos terceros puestos y el cuarto de hoy. Decepcionante, al menos.

Derek Clayton. Carlos Lopes. Belayneh Dinsamo. Khalid Khannouchi. Paul Tergat. Haile Gebrselassie. Todos ellos cercenaron barreras en alguna ocasión, por citar sólo unos pocos ejemplos, los más recientes. El australiano Clayton, las 2 horas y 10 minutos. El portugués Lopes, las 2h08. El etíope Dinsamo, las 2h07. El marroquí Khannouchi, después estadounidense, las 2h06. El kenyano Tergat, y el etíope Gebrselassie, las 2h05 y 2h04, respectivamente. Lo que ha conseguido el kenyano Dennis Kimetto, convirtiéndose en el primer ser humano capaz de quebrar las innombrables 2 horas y 3 minutos, ha sido diferente, por la mayúscula trascendencia de la marca en su tiempo. Un puntapié a la historia. Un torpedo directo a la línea de flotación de la razón mortal, cercenando de un brutal golpe cualquier atisbo tanto de cordura como de duda, indistintamente.

Asistimos, este histórico 28 de septiembre de 2014, a una exhibición inolvidable. El planteamiento, sencillamente magistral. El trabajo de las ‘liebres’, motor absolutamente clave de lo conseguido hoy en Berlín, certificándose la idea de que, acompañando las circunstancias, el terreno, la colaboración y la calidad, el reto bien puede conseguirse. Londres fue testigo de todo lo contrario. Pese a la exuberancia previa, quizá mal enfocada, y desde luego, pésimamente ejecutada. Bella, igualmente, por descontado.

De importancia, la reseña de la, a la postre, positiva lucha final a dúo entre Kimetto y Mutai. El uno sin el otro difícilmente hubiesen logrado tan magnífica gesta. Ambos por debajo de la marca que consiguiera Kipsang en este mismo escenario el pasado año. Curioso el hecho de que Mutai no quisiera abrazar a un exultante Kimetto al llegar a meta. El ganador trató de mostrar y contagiar su entusiasmo, gesto que Mutai no dudó en reprobar, apartándose en cuanto pudo. La cara amarga de la derrota, quizás. Aún con cierto desconsuelo, debe mostrarse plenamente satisfecho por un trabajo sensacional.

A resaltar también el ciclo en negativo de la prueba: la primera media maratón se pasó en 61:45, y la segunda en 61:12.

Mención aparte, la media total 2 minutos, 54 segundos y 84 centésimas por kilómetro.

De otro mundo. El único límite de esta carrera, lo marca el propio cielo de Berlín, que, con su atardecer de fábula, echa el cierre un año más a una carrera de auténtica referencia. Año a año, consiguiendo verdaderos hitos. De las diez mejores marcas maratonianas de la historia, siete son berlinesas. Ahí es nada.

Por: www.soycobarde.com · @SoyCobarde2

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