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La gestión de la presión, un caso trágico

¿Cómo gestionamos la presión al correr?

Si formulamos esta pregunta a cualquier atleta, ya sea popular o profesional, veremos como hay infinidad de maneras de gestionar la presión pre-competitiva, tantas como corredores diría yo.

He visto atletas que en las horas previas a su gran cita se convierten en auténticos showmans, sin dejar de hablar un segundo y haciendo todo tipo de bromas. Otros, la toman con el WC. Otros, en cambio, se encierran en sí mismos e intentan concentrarse sin que nada ni nadie les altere. También los hay, como es mi caso,  a los que nos cambia el carácter, concretamente nos volvemos más irascibles, por lo que es mejor apartarnos un poco de las personas que queremos y pasar estas horas previas en soledad. A la vez, los hay que dicen con gran rotundidad que a ellos la presión no les afecta (cosa que pongo en duda), ya que creo que la presión nos afecta a todos, y no es malo, sólo que tenemos que saber gestionarla para que no se vuelva en nuestra contra.

Creo que es bueno tener esas típicas mariposas en la boca del estómago las horas previas a la competición, síntoma de que vivimos a tope el correr y reflejo de que aunque hayan pasado 20 años desde nuestra primera carrera, seguimos con la misma ilusión del primer día.   A veces cometemos el error de no establecer metas razonables. Fijarnos objetivos modestos nos permitirá un mejor manejo de la presión y alejarnos de un posible sentimiento de frustración, tanto en entrenamientos como en carreras.

Pero ha habido casos en la historia del atletismo, en los que la presión no ha sido bien gestionada y llevada al extremo ha desembocado en tragedia. Permitirme que os cuente la trágica historia del gran maratoniano japonés Kokichi Tsuburaya.

Kokichi Tsuburaya, consiguió la medalla de Bronce en la Maratón de los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. Este suceso fue considerado un auténtica gesta en su país natal, dado que era la primera vez en 28 años que un japonés conseguía una medalla en atletismo en unos Juegos Olímpicos, concretamente desde la última en los Juegos de Berlín de 1936, consiguiendo llegar por detrás del gran Abebe Bikila (batió el record del mundo con una marca de 2h12:11) y el plusmarquista mundial hasta entonces, el británico Basil Heatley (2h 13:55).

A pesar de que Tsuburaya a partir de ese momento sería tratado como un héroe en su país, se retiró abatido de la pista, después de que el británico Heatley le pasara en los últimos doscientos metros y le relegara al tercer puesto y por consiguiente a la medalla de bronce. Tsuburaya sentía que había fallado a su país y tenía la convicción de que sólo obtendría su perdón ganando en los próximos Juegos Olímpicos.

A partir de ese momento, Tsuburaya que pertenecía a las Fuerzas de Autodefensa de Japón, recibió dos órdenes claras: restringir el contacto con su familia, incluida su novia con la cual se iba a casar, y dedicarse al 100% a los entrenamientos para conseguir la medalla de oro en los Juegos de México 1968.

Todo iba según lo previsto y el entrenamiento estaba dando sus frutos, pero en 1967 Tsuburaya tuvo que ser internado durante dos meses en un hospital como consecuencia de una lumbalgia crónica. Cuando regresó a sus entrenamientos ya nada era igual. Su cuerpo no respondía a las cargas de trabajo y sus piernas no iban como antes. A principios de 1968 y a sólo 9 meses de los Juegos Olímpicos de México, las perspectivas no eran nada halagüeñas.

El 9 de enero de ese mismo año, Tsuburaya fue encontrado en su habitación con la carótida seccionada. En sus manos tenía la medalla de bronce que había conseguido en los Juegos Olímpicos de Tokio y junto a él encontraron una nota la cual decía:

“no puedo correr más”

Tsuburaya, no fue más que una víctima de un sistema que le presionó hasta límites insospechados para ganar una medalla de oro y víctima de un desmedido sentido de la obligación, dado que él sentía que su pueblo le había encargado una misión y no podría llevarla a cabo.


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