Yo invitaría a comer a Bolt

Yo invitaría a comer a Bolt

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Lo conocimos en el verano de 2008, en los Juegos de Pekín, y desde entonces, vivimos enamorados de él como si fuese la primera vez. No queremos que pierda nunca.

El día que lo conocimos tuvimos un problema: nos enamoramos de él. Millones de ciudadanos de todo el mundo hoy seríamos capaces de entregar una parte de nuestra nómina por pasar unas horas a su lado, de invitarle a comer o de darle clases de castellano. Pero supongo que eso será tan difícil como que llueva café, así que admitimos sin perdón la distancia que, al final, siempre nos separa de nuestros ídolos. Yo mismo me conformaré hoy con idealizar a Usain Bolt,  capaz de capturarnos en menos de diez segundos, de entregarnos su vida en una carrera, de enseñarnos a vencer de otro modo, a no contar sus penas o a sacar el sentimiento de la caja fuerte.

Hasta que llegó él, vivíamos acostumbrados a legiones de velocistas gobernados por altísimas vanidades, inviernos metidos en el gimnasio y orgullosas autobiografías llenas de cicatrices. Pero entonces apareció Bolt en aquel verano de 2008, Juegos de Pekín. No fue un velocista. Fue un hombre, una enorme diferencia de 21 años. Ni siquiera tenía edad para cambiar el mundo, pero iba a cambiarlo, no hacia falta permiso. De hecho, yo mismo ya no recuerdo sus marcas aquel verano, sino su manera de ser, la sensación de imponer al hombre por encima del velocista, la maravillosa fortuna de no escucharle en estos ocho años poner de ejemplo a su orgullo o a su amor propio.

En su mundo un día de pereza no es un día perdido, un dolor de espalda tampoco es un drama

Quizá sea la arena de esas playas o la melancolía de Bob Marley  la que provoca que allí se cocinen gentes capaces de hablar sin hablar en primera persona e incapaces de morir de pena.”Gozar la vida, para eso estamos en el mundo”, explica Bolt con suma naturalidad en un país como Jamaica agradecido a su tamaño, 11.000 metros cuadrados y 2,8 millones de habitantes, en el que no pasa nada porque le vean regresar a uno a casa a las cinco de la mañana. Así que en su vida el mal humor no vale la pena. Un día de pereza no es un día perdido. Un dolor de espalda tampoco es un drama y hay costumbres de uno mismo que no se cambian ni siquiera horas antes de jugarse el primer oro olímpico de su vida. Siempre recordaré que la mañana antes de la final de los Juegos de Pekín de 100 metros, Bolt comió nuggets en el McDonalds y no pasó nada. No fue un delito.

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Es el mundo de Bolt. En realidad, es algo más que una carrera de velocidad. Es un truco para despertar sin pena. Un estado de ánimo que no necesita radiografiarse en una página web. El personaje lo exporta como nadie, inseparable de esa personalidad suya, un hueco irremplazable el día que se vaya. Por eso hoy le seguimos donde nos pida y deseamos que no pierda nunca. Y, si llega ese día, abrazaremos su derrota sin rencor. Quizá porque ese es el legado que nos deja Bolt media vida despierto, venido de otros mundos en el que no se miden los metros de altura que faltan para llegar a la cima.

Un legado que, por lo tanto, es como la vida en la que los números son como las marcas. Al final, siempre pasan de moda. Todo lo contrario que los hombres, en algunos casos  invencibles cuando se trata de recordar, y ese es el retrato de Bolt en estos ocho años en los que fríamente no queda nada que reparar. Ni siquiera teatralizar con lo que pudo ser y no fue como aquella profecía  de su entrenador Glenn Mills en Pekín cuando intuyó que Bolt estaba destinado a hacer 9,52 en 100 metros y a bajar de los 19 segundos en los 200. Pero puede ser que esa fuese la motivación de otros y no la suya. Y como en esta vida no hay nada peor que separar a un hombre de sus vocaciones,  Bolt nunca cometió ese despiste. Y tal vez por eso ocho años después continuamos enamorados de él como si fuese la primera vez, placer infinito éste.

@AlfredoVaronaA

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