¿Es imprescindible hacer cross en invierno?

¿Es imprescindible hacer cross en invierno?

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Los entrenadores coinciden que la palabra imprescindible es muy fuerte, pero recuerden que hay atletas de elite que hacen hasta cinco crosses en cinco fines de semana seguidos. 

La pregunta, en realidad, es una oferta entre otras razones porque si viviésemos en América no habría posibilidad de hacerla: no hay apenas carreras de cross. Sin embargo, aquí, en España, como explica el entrenador Antonio Serrano, “hay atletas que pueden competir en cinco crosses durante cinco fines de semana seguidos” lo que significa que, al ser un terreno blando, es una prueba de la que no se recupera mal. Ni siquiera cuando el piso está tan blando o resbaladizo que exige correr con zapatillas de clavos, “sean clavos del 6, del 9 o del 12”, cada uno verá, cada uno se conoce mejor que nadie. “Otra cosa es si hay partes más duras, que es cuando la recuperación será más complicada con clavos para los gemelos. Pero, de lo contrario, muscularmente no se acaba mal. Es más, diría que tras una carrera de pista, se recupera peor”, añade Serrano, que llegó a competir en un Mundial de cross en Nueva Zelanda y que, naturalmente, ama el cross, “porque es una parte de mi biografía y de la de mis atletas y eso no se olvida nunca. Son muchos domingos. Son demasiadas historias…” 

Sin embargo, eso no quiere decir que el cross sea imprescindible en invierno como explica el entrenador José Manuel Aranzabal. “¿Qué entendemos por imprescindible?”, se pregunta. “¿Acaso pensamos que el cross es imprescindible para volar en el asfalto o para hacer una buena temporada de pista? No, lo que es imprescindible es entrenar duro en invierno y para hacerlo hay muchas posibilidades. El cross sólo es una de ellas“, añade Aranzabal, que recuerda sus tiempos de atleta “cuando nos costaba encontrar sentido a que el entrenador Ángel Seijo obligase a correr, como mínimo, dos crosses en invierno a José Luis Palacio, que fue campeón de España de 400 metros lisos con 46 segundos. Quizá porque, más allá de cualquier explicación científica, yo siempre he pensado que hay atletas que valen para el cross y otros que no. Cada uno vale para lo que vale. A partir de ahí, ¿qué necesidad tienes de hacer una cosa que no se te da bien? Yo mismo ganaba en el cross a Javier Elcoro que tenía 8’46 en 3.000 obstáculos, casi medio minuto menos que yo, y, sin embargo, luego en la pista…”

De ahí que, ya lo ven, aquí para como en el resto de la vida: por todos los caminos se puede llegar a Roma. No hay nada imprescindible. Ni siquiera el cross en invierno, “porque la palabra ‘imprescindible’ es muy fuerte. Tienes que estar muy seguro para decir que una cosa es imprescindible”, admite Antonio Serrano. “Otra cosa es si un atleta me pregunta, ‘¿me recomiendas correr cross?’, yo siempre le contestaré que sí, sea del nivel que sea, porque te va a someter a situaciones que desconoces y vas a comprobar como resuelves esas situaciones con una ventaja: el cronómetro no te estará presionando desde el primer minuto como pasa en las carreras de asfalto con lo que llega a estresar eso”. De ahí que el cross sea otra cosa. Un libro de geografía e historia que se caracteriza por su emotiva personalidad que nos traslada a escenarios rurales, a la naturaleza salvaje o a recuerdos simples y gigantescos como los que mueve José Luis Mareca, que hoy es un entrenador de 60 años. Sin embargo, en la década de los setenta, era un joven atleta que viajaba desde Zaragoza a competir a el País Vasco. 

“Entonces iba a correr el cross de Lasarte y todo el mundo tenía premio. Aquello no se puede olvidar nunca. Te daban un vale en el que te podía tocar una prenda de vestir, unos zapatos… Aquella época era un lujo en la que uno tampoco puede olvidarse del caldo que luego nos tomábamos con los organizadores”. Porque, en realidad, el cross no sólo es épica y literatura. También son recuerdos que nos permiten escribir que algún día existieron misiones imposibles como las de aquel atleta, Constantino Esparcia, cuya fotografía está cosida al barro hasta los dientes. Todavía es como si se le escuchase recordar su primer campeonato de España juvenil de cross en Asturias. Todos llevaban clavos menos él. Aún así acabó segundo  corriendo con unas  zapatillas tortolas que estaban rotas y que le costaron 35 pesetas (0,20 céntimos). Al entrar en meta, la imagen fue una provocación a la literatura, porque entonces se le salió el cartón de la suela. Quizá por eso en el cross uno se imagina a atletas duros como piedras. Gente casi invencible que te da pie a historias como ésa o como la de Fabián Roncero en aquel Europeo de cross de Croacia en el que perdió una zapatilla en el barrizal y aun así fue medallista: desconfíen de la lógica. No lo es todo en la vida. 

 Hoy, nosotros no seremos Roncero ni Esparcia, pero sí podemos aprender de ellos y hasta de esa frase que le escuché a Mareca. “El cross es en invierno el pan para preparar la ruta o la pista porque te da una dureza que no vas a encontrar en ningún otro lado”. Una descripción que coincide con  una vieja conversación que tuve con el entrenador gallego Julio Rodríguez. “Yo recomiendo el cross hasta los atletas de 400. Los corredores varían sus zancadas lo que permite ejercitar grupos musculares diferentes”. Porque, en realidad, el cross es como una película de suspense. Una ecuación de la que no se deja de aprender. Al menos, es mi sensación después de tantas temporadas como llevo realizando el circuito universitario de cross. De ahí me parece que aprendí a domiciliar la agonía, a poder con la sensación de que uno no puede más como supongo que le sucedería a otra escala Esparcia o a Roncero en aquellos tiempos. Quizás porque todo esto son cosas que también se aprenden y que le preparan a uno para el día de mañana. Al fin y al cabo, de eso se trata esto de vivir y de correr.  A partir de ahí, ya lo han visto, cada uno elige cómo hacerlo. La palabra imprescindible todavía no existe. 

@AlfredoVaronaA 

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