Gracias al maratón por existir, por unir tipos como estos

Gracias al maratón por existir, por unir tipos como estos

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 Noel y Antón, cogidos del azar o no. Sea como sea, no hay nada como conocer a la gente en situación crítica. Y el maratón es una excelente oportunidad que une a las personas de la misma forma que las separa. 

No hay nada como conocer a un hombre en una situación crítica. Esto pasó en el kilómetro 28 del maratón de Madrid en plena Casa de Campo. Se trata de Antón, un maratoniano con la camiseta del  Club Atletismo de Cangas de Onís que dice que ha venido a Madrid a acercarse a las tres horas. Va en tiempo pero dice que las piernas le empiezan a desobedecer. No es extraño. Es el sonido de toda la vida en el maratón. Trato de convencerle entonces de que cualquier entrenamiento que ha hecho seguramente es más largo que lo que falta hasta la meta. Pero no parece fácil de convencer. Y en la larga subida del kilómetro 33, que es la hoja de ruta para abandonar la Casa de Campo, Antón se queda. No puede seguir el ritmo que yo he preparado para mi amigo Noel.

Noel, en realidad, también va fastidiado: ya no tiene esa seguridad que tenía en el kilómetro 18 cuando me uní a él. Lleva una hora y cuarto más que yo corriendo, pero esa hora es la que pesa. La que marca la diferencia. La que lo pone todo en el aire y la que te puede hacer perder los nervios y la que te amenaza con desistir. Este es el asunto: ya no se trata de cumplir sino de aguantar. Lo que a un tipo descansado le parece poco a uno en esas circunstancias le parece un mundo. Pero no hay por que hablar si podemos evitarlo. Sigamos intentándolo porque empieza a hacer calor.

Noel aguanta. Y Antón se queda, probablemente no vuelva a saber más de él en mi vida. Pero el maratón también es así: une a las personas de la misma manera que las separa. Pero con Noel nunca será así. Nos conocemos desde hace años. Hemos compartido muchas batallas en este tiempo. Somos guerreros como lo constata esta vez su presencia en el maratón. No tenía que estar aquí. Pero se apuntó en el mes de noviembre cuando imaginaba una motivación que no llegó y no imaginaba las dificultades que iban a venir con la muerte de su abuela, vencida a la velocidad de la luz por un cáncer de páncreas. La misma mujer que iba a recoger los dorsales para el nieto, la misma que hasta entonces daba una lección de vitalidad. La misma, en definitiva, que vivía en el piso de arriba y con la que el nieto no quiso desperdiciar un minuto libre en sus últimos meses, en sus últimos días de vida. Nunca se sabe quién es tú otro yo y es tan difícil decir adiós, despedirse.

El caso es que Noel no tendría que estar aquí. No ha hecho ni un entreno de más de 15 km. Pero, uff, la tentación, qué perversa es la tentación cuando llega el momento… Y él no se cansa de decírmelo en esos crosses invernales en los que tantas veces nos partimos en dos. “Alfredo, somos unos guerreros”.

Por eso el guerrero está en la pelea. Y, como las últimas ediciones del maratón de Madrid, yo comparto con él la segunda parte. Pero esta vez me parece que vamos a entrar al supermercado a hacer la compra sin apenas dinero. Nos queda la  voluntad, sí. Aún mantenemos ritmo pero cualquiera sabe qué pasará en un momento. La gasolina está muy justa y quedan cuestas por subir, kilómetros que son amenazas, dolores en las piernas. Pero le hemos pedido la  mano al diablo. Y tenemos que aceptar lo que puede pasar. Esta ciudad no perdona.

Noel se ha presentado sin sellar la garantía del entrenamiento. En el km 37 ya no le quedan fuerzas ni para decir ‘no puedo’. Su cuerpo está tirando de lo que tiene acumulado en la memoria. Siempre ha sido un guerrero. Pero no sé si será suficiente está vez. Mira que es poco lo que queda para la meta, pero a él ni se lo recuerdo. Es importante el silencio. Es importante hacer lo posible por no molestar como cuando llegas a una casa de invitado. 

Yo llevo ya casi 20 km a una media de 4’20” (cálculo), pero aún manejo esa frialdad cuando veo qué reaparece Antón. Qué sorpresa. Este asturiano es un equilibrista o, al menos, ha sabido domar a sus piernas. Ha logrado organizarse con lo que tenía como las familias que contra pronóstico llegan a fin de mes. Y entonces recuerdo que el maratón, en realidad, es esto. Peleas como éstas que habitan en el mundo de cada uno.

No conozco a Antón, pero mañana, cuando regrese a Cangas de Onís, podrá contar que ha sabido hacerlo en Madrid. Que se pueden tomar buenas decisiones en estado de fatiga. Que aceptarlo es aceptar el maratón como veo a medida que Antón se aleja de nosotros esta vez por delante. Nadie tiene que explicarle nada: todo te lo podría explicar él. El hombre al que le daba miedo abrir la persiana al llegar a la Casa de Campo. El mismo hombre que ahora va directo hacia la meta. No escribas nunca la crónica de un maratón antes de terminar.  Puedes equivocarte. No importa lo que te duela. A todos les duele algo.

Yo me quedo con mi amigo, con Noel. Sé que no va a desistir. Es un guerrero que también ama la bicicleta. Pero me parece que esta vez habrá que caminar un rato. Los últimos kilómetros nos van a destinar hasta las 3 horas y 16 minutos en la meta del Museo del Prado. Una vez allí le dejaré descansar en paz y el próximo día, cuando le vea, volveré a recordarle todo lo que se puede aprender de un hombre en situación crítica, de lo bueno y de lo malo.

Y de Antón, el maratoniano de Cangas de Onís, igual. Y que sepa, sí lee esto, que cuando recordemos este maratón de Madrid nunca lo recordaremos sin él. Y sin la amenaza del silencio en la Casa de Campo donde todo parece más cruel: el miedo de no saber lo que va a pasar.

@AlfredoVaronaA 

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