Barcelona – Sant Quirze por el GR6

Barcelona – Sant Quirze por el GR6

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La ruta de las tentaciones.

Crónica de Gabriel Funes

El pasado Sábado hice una elección acertada, y es que substituí la habitual autodestrucción nocturna de la juerga por acostarme prontito y levantarme el Domingo por la mañana temprano para autodestruirme con las piedras y los kilómetros de Collserola y su ruta GR6.

La ruta que tenemos hoy entre manos no es moco de pavo y, con la justicia que me confieren el cansancio y los dolores que todavía me azotan, postulo que se trata de un recorrido apto sólo para machos alfa y mujeres amazonas.

Para evitar calamidades necesitaremos: una mochila apta para la carrera, no de las que se mueven de un lado a otro haciéndote parecer alguien que pierde el bus; un bidón de agua como el que yo NO llevé y que ahora entiendo como tan necesario; algo para echarse a la boca… para comer; algo de abrigo para cuando nos metamos en el tren de vuelta; monedas para el tren o, si tuvierais acceso a él, un billete de 5 euros, que va jodiendo menos en la carrera.

A las 10:30 en Vall d’Hebrón me espera mi compañero de batallas. El sol que pega de lleno en los bancos nos invita a despojarnos plácidamente de nuestros ropajes extras, que depositamos en las mochilas. La mía estaba vacía, pero con grandiosa fortuna mi compadre había ocupado la suya con un bidón de agua, del cual di buena cuenta durante el recorrido.

Apenas una residencia de ancianos y un velódromo nos dio tiempo a cogotear en los escasos minutos por el paseo de la ronda precedentes al internamiento en el bosque, que se materializó en forma de repentina subida con formato de “zas, en todo el cuello”. Acto seguido pasamos en paralelo unas vallas que delimitaban un lado bueno y uno malo, un correccional de menores. De pronto me di cuenta de que nunca iba a acabar en un lugar como aquel, pero no por ser buena gente, sino porque ¡ya soy un pureta! Cómo pasa el tiempo.

Apenas unos metros más adelante un buen paisano que bajaba ahumándose los ojos con un puro magistral nos dio un grito de ánimo: “¡Venga que ya queda menos!” Al girarme para sonreír al hombre vi Barcelona, y cómo el Sol la bañaba de luz en la mañana, reflejándose en las techumbres de sus casas; parecía una gigantesca y deliciosa bandeja con una receta de mamá forrada en papel de aluminio, lista para meter al horno.

La ruta del GR6 nos conduce por senderos minimalistas y rampas sobrecogedoras por la cara sur de los cerros de Collserola. Conectamos con caminos principales con gente paseando, aficionados ciclistas a los cuales aprovechas a darles un hachazo en las subidas pronunciadas, otros compañeros corredores con los que intercambias algún balbuceo o gruñido en función de lo anaeróbico que vayas, etc. Pero afortunada e irremediablemente nuestro amigo GR nos avoca de nuevo a las sendas de jabalí, hasta que coronamos y nos regalamos la vista desde lo más alto.

Llegados a este punto reciclamos algo de ropa de la mochila y compartimos algo de agua (evidentemente no de la que yo llevaba) para afrontar la bajada. Bajada… es curioso cómo van cambiando las prioridades de un corredor a medida que pasan los kilómetros y varían las circunstancias. En la calle pensaba en atacar de metatarso, sacar la pelvis y erguirme; en las últimas rampas antes de coronar mi prioridad era básicamente intentar no caminar; y ahora, en aquella bajada llena de surcos gigantescos, curvas caprichosas, piedras, raíces y exuberante vegetación, mi prioridad era no partirme la cabeza contra un árbol, importándome bien poco si mis talones se aplastaban contra las zapatillas o si mi pelvis estaba girada 90 grados.

 

Y llegamos a un punto en el que el camino se hacía ancho, y entre toboganes corrimos por un vergel saltando riachuelos y disfrutando de verdad. Curiosamente empezamos a cruzarnos con otros seres humanos, que aumentaban en número sospechosamente. Además no pude contar entre ellos ningún macho alfa o amazona, lo que me hizo desconfiar más. Efectivamente mis sospechas se confirmaron poco más allá en forma de chimenea humeante y olor a asado, con una gran explanada-parking al fondo; estábamos en Can Borrell. Y aquí puede llegar un punto de inflexión en la ruta porque sin previo aviso, los 5 € empiezan a quemarte en el bolsillo, y la imagen de una jarra de medio litro de cerveza fresca se instala en tu cabeza. Si eres débil y te sientas en el chiringuito puede ser que, A) fundas la pasta del tren en esa inversión y el próximo movimiento sea volver sobre tus pasos para repetir la parte más dura del recorrido hasta casa; B) que tengas suficiente pasta para todo porque eres un ente previsor y llevabas más dinero, y entonces te quiero ver cómo reemprendes la marcha con medio litro de birra en el cuerpo y la clavada de la bajada, más la previsión de los aproximadamente 14 km que te quedan; o C) que además de dinero llevases el móvil porque hiciste un máster en previsión, y entonces te claves dos jarras y llames a un colega para que te vaya a buscar al parking. Lo cierto es que con mis 2,80 euros y sin móvil estaba vendido a seguir corriendo con lo puesto, tratando de no alejarme mucho de mi compañero y su bidón.

Y de esa guisa llegamos hasta Sant Cugat, con su bonito monasterio y sus cuidados paseos de gespa “no trepitjable”, en los cuales te desbordabas de ilusión y felicidad casa 50 metros al ver una fuente, para cagarte en ******* al comprobar que “¡esta tampoco funciona copón!”. Lo cierto es que al llegar al puente pasada la estación de ferrocatas había un hito con una cruz y un otra fuente que nos llenó de vida y agua.

No os voy a engañar, el GR urbano es complicado de seguir y no es bonito, máxime habiendo dejado la jungla escasos kilómetros atrás. En cualquier caso esta parte es anecdótica dentro del vasto recorrido, y en breve dejamos Sant Cugat para volver a los caminos como no podía ser de otra manera, con un cuestón; esta vez en forma de: “¿Te gusta la sopa? Pues toma, dos tazas campeón”. Mi compañero y guía ya comenzaba a forjarse mi enemistad rampa tras rampa.

Lo grandioso del paisaje iba equilibrando el empacho de kilómetros, y lo bueno de este circuito es que puedes ir rajándote, o apeándote del burro, o tirando la toalla a medida que avanzas, ya que vas pasando por diferentes paradas de los ferrocarriles catalanes. Podríamos llamarla la ruta de las tentaciones. Y no es que un servidor sea la voluntad hecha hombre, ni mucho menos, pero conseguí llegar hasta el destino final, Sant Quirze, con la inestimable compañía de mi sherpa.

Allí surgieron dos opciones, subir al ferrocarril o un asado en Sant Quirze a manos del padre de mi compañero y amigo. Y qué queréis que os diga, al tren se subió Blas (o Rita, quien prefiráis).

Click en la imagen para ver todo el detalle de la ruta.

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7 Comentarios

  1. He llegado a esta página por casualidad. Tus rutas me resultan familiares ya que entreno por la zona, sin embargo nunca he pasado de Sant Cugat, así que, con tu permiso, tomo nota de la ruta para un próximo entreno. Tanto tus explicaciones como las fotos y videos me han animado. Gracias.

  2. Absolutamente genial la crónica. Yo soy incapaz de retener tanta información cuando corro para después plasmarla en una crónica con ese nivel de detalle “externo”.

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