El fontanero que guió a Diego García: “No nos podemos reprochar nada”

El fontanero que guió a Diego García: “No nos podemos reprochar nada”

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El domingo se cumplen 18 años de la muerte súbita de uno de los grandes maratonianos del pasado siglo: Diego García. Tenía 39 años. Su viejo entrenador explica lo inconcebible: “Tenía un problema de corazón que nunca dio la cara”.   

Diego, Diego, Diego…, grita aún el cielo en el País Vasco…

El domingo se cumplen 18 años desde su muerte, desde aquel, “para, para que me encuentro mal” que le dijo Diego García a Alejandro Gómez, desde aquel rodaje que parecía sin ninguna importancia en Loyola. Allí, hay una estatua suya que tiene su misma estatura, en la que el hombre aparece corriendo como corría Diego y que a Santi Pérez, su inolvidable entrenador, su amigo del alma, quizás hasta su hermano mayor, todavía le aprieta el corazón. Han pasado 18 años pero el entrenador nunca olvidará “porque hay días que le sigo viendo”, explica hoy, a los 60 años, como si volviese a ser ayer. “No puedo olvidarme de Diego porque no quiero olvidarme”, insiste Santi, que sigue viviendo en la misma casa en Urretxu que en 2001, trabajando de fontanero en la misma empresa en la que entró a trabajar a los 17 años y poniendo tantas tardes el cronómetro en la misma pista de Zumarraga en la que entrenaba a Diego. A cambio, ahora hay otros atletas que mantienen intacta su pasión por el atletismo, inaugurada en la juventud “cuando yo llegué a correr un 800 en 1’59″06 y un 1.500 en 4’05″05″ tras volver del servicio militar en Vicalvaro (Madrid)”. El interés le llevó más lejos. ” “Llegué a probar con el tiempo hasta en el maratón y en San Sebastián hice 2h32 minutos”.

 Luego, se hizo entrenador. “Sacrifiqué mis vacaciones para hacer los cursos”. Pero entonces nunca imaginó que algún día fuese a coincidir con un tipo, recién llegado de hacer la mili en la marina en Ferrol. Un tipo que había trabajado a los 16 años en un barco de pesca. Un tipo que, de regreso a Azpeitia,cumplía en la fábrica un trabajo duro, de operario en la forja, “con los esmeriles” y al que Santi Pérez conoció, acompañado de su hermano, que había sido ciclista. “Diego entonces me dijo que había empezado a correr en la mili y que le gustaba mucho correr”. De repente, ahí empezó una relación que llegó francamente lejos. “Por encima de un gran atleta, conocí a un hombre muy positivo que no tenía miedo a las decepciones. Es más, al día siguiente, siempre las daba la vuelta”. Quizá por eso hoy, 25 años después de la medalla de plata en el Europeo de Helsinki 84, Santi Pérez se sorprende a sí mismo poniendo de ejemplo a Diego García. Y no le tiembla el pulso al hacerlo. Y tampoco importa que lleve ya 18 años muerto. Hay veces en las que el tiempo se detiene.

 -Tenéis que ser tan positivos como era Diego -les dice Santi Pérez a sus atletas, sabedor de que no se equivoca o de que la vida, mientras podamos vivirla, también es un estado de ánimo: la diferencia entre el bien y el mal.

 Y entonces regresa el insobornable recuerdo de Diego, “que al principio sólo era el hombre que corría los 20 kilómetros Adidas de aquella época. El hombre que compaginaba esto con el trabajo hasta el  día que decidió que podía dejar el trabajo. Hicimos un test de lactato con el doctor Antxon Gorrotxategui, y se vio que podía, y Manuel, uno de sus hermanos que era socio en una empresa importante, le dijo: ‘no te preocupes si te va mal, me tienes a mí’. Pero la realidad es que, a partir de ese día, a Diego le fue bien. Llegamos hasta donde no podíamos imaginar. Yo tuve la suerte de acompañarle y de vivir a su lado lo inolvidable. No sólo la plata del Europeo de Helsinki”, relata Santi Pérez, sin miedo a la nostalgia. “También puedo hablar del noveno puesto del maratón de los JJOO de Barcelona 92 donde, si no llega a ser porque las fuerzas le fallaron en Montjuic, no sé hasta donde podríamos haber llegado”.

“En realidad, recorrimos medio mundo”, insiste. “Yo siempre que podía le acompañaba y agradezco tanto lo que me permitió vivir. No sé si le hice mejor. Pero él sí me hizo a mí mejor. Y no importa que hubiese veces en las que no salió como en el Mundial de Gotemburgo en el 95, donde estaba para bastante más que para ese sexto puesto. O en los JJOO de Atlanta que debían haber sido nuestros Juegos después de haberlo preparado en los polígonos y en las autovías de Mallorca para adaptarse a la humedad, y allí un maldito flato… Pero, a cambio, hubo momentos imborrables como en el maratón de Fukuoka donde solo le pagaron el viaje y, sin embargo, fue tercero. Recuerdo que el organizador se lo agradeció tanto que le recompensó muy bien y le dijo: ‘estas invitado a venir al maratón durante toda tu vida'”. Sin embargo, Diego García murió pronto y ése fue el único fracaso de toda su historia. Tenía 39 años cuando se fue. Tenía su propio negocio. Había ahorrado y había conseguido que fuese una tienda con mucho movimiento en Azkoitia, en su pueblo. Es más, acababa de retirarse de la elite y ya le empezaba a decir a Santi: ‘Tenemos que empezar a competir en veteranos, tenemos que hablar”.  Una idea que perseguía claramente a un hombre que tal vez no sabía vivir sin objetivos corriendo.

“Sí, decía que le costaba”, admite el entrenador, que aún conserva las hojas que le pasaba a Diego y que él mismo rellenaba con su propia letra con sus entrenos. Allí, se alberga “una media semanal de 230 kilómetros para preparar el maratón y alguna de 260. Máxime desde que coincidió en El Teide con Gelindo Bordin, que había sido oro olímpico en el maratón de los JJOO de Seúl 88 y que hacía 270 km a la semana. Pero no era Diego de entrenos muy fuertes. No lo era, no. Y eso que tal vez era un atleta muy diesel. Pero, ¿sabe lo que pasaba?, tenía una manera de correr muy económica y mucha fuerza muscular. Yo creo que era de genética. Luego, cuando empezó a entrenar de veras, adelgazó y fue lo que le permitió hacer 28’43” en 10.000 o 2h09 minutos en maratón y entrenamientos inolvidables como aquel en Navacerrada, junto a Fiz y Juzdado antes del Europeo de Helsinki de 1994. Después de 32 kilómetros, a 1.800 metros de altitud, acabaron casi a 3’00”. Fue increíble. Todavía me acuerdo como si fuese ayer, pues en aquel entreno también iban Paco Guerra, Antonio Prieto o Antonio Silio. Qué tiempos!”, insiste Santi Pérez, que no ha debido cambiar mucho. “El otro día, en el cross de San Sebastián, después de muchos años sin verme, Toni Peña, me decía que sigo igual”.

“El caso es que yo creo que, al final, Diego vivió como quiso vivir”, interrumpe él mismo. “Fue feliz así. Fue su mérito hacer lo que hacía y como lo hacía. No tenías que convencerle de que iba a ir bien. Era él quien te convencía a tí, porque Diego fue un gran sufridor. No podía ser de otra manera en un atleta que en su primer maratón en San Sebastián llegó e hizo 2 horas y 13 minutos con esa cinta en el pelo inolvidable, con esa misma manera de sufrir. Quizá porque él sabía mejor que nadie que había que sufrir. En su vida había tenido que hacer frente a situaciones muy duras. Recuerdo que tenía un hermano que se mató montando estructuras metálicas, y eso no es fácil de superar. Pero él supo hacerlo sin perder ese espíritu positivo que yo no dejo de recordar, porque era impresionante”.

Ni siquiera 18 años son suficientes para curar el dolor. “El día que murió nos pareció inconcebible. Seguía corriendo pero ya no a ese nivel de antes y, de repente… Pero me acuerdo que ese mismo verano fui yo a unas jornadas de deporte en la Universidad Complutense de Madrid en las que me invitó el entrenador Dionisio Alonso. Y allí coincidí con un cardiólogo Luis Serratosa, que me dijo que había analizado todo el caso de Diego, la autopsia, las pruebas que le hacían en el CSD, todo, y que no se podía encontrar nada por ninguna parte. Que debíamos tener la conciencia tranquila y que no nos podíamos reprochar nada por la muerte de un hombre de 39 años. Tenía un problema de corazón oculto que nunca dio la cara, que podía ser hereditario…, quién sabe, el caso es que 18 años después todavía seguimos preguntándonos por qué murió y nadie sabe resolver esa pregunta. Nadie puede hacerlo. Pero, en fin, a veces hay que vivir con recuerdos muy duros”, relata Santi Pérez, al que sólo se le ocurre despedir así a Diego, al gran Diego García, el hombre que se marchó el 31 de marzo de 2001, justo el día antes de la media maratón de Azpeitia Azkoitia que este domingo volverñá a acordarse de él y a ponerle su camiseta a Diego:

-Si 18 años después aún seguimos echándote de menos tiene que ser por algo. No te tenías que haber marchado nunca -insiste Santi Pérez.

Y aquí, en el País Vasco, el cielo sigue gritando, “Diego, Diego, Diego…”, donde quiera que él esté.

 @AlfredoVaronaA 

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