Esta noche he estado con Zatopek

Esta noche he estado con Zatopek

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No sé que me ha traído hasta Praga. El gran Emil Zatopek, el gran atleta del que todos hemos escuchado hablar alguna vez, me ha abierto las puertas de su casa.

La pasada noche tuve un sueño del que fue incómodo despertar.

Me hubiese quedado a vivir en él toda la vida.

Aterricé en el aeropuerto de Praga, donde un hombre, que parecía un taxista, me llevó a las afueras de la ciudad en el barrio en el que vive Emil Zatopek, que no es ningún secreto en la ciudad.

Allí, Zatopek es de todos y todos tienen derecho a compartirlo.

Zatopek es un hombre alto, delgado, sincero y con la frente muy amplia.

Hoy está en casa con Dana, su mujer, una lanzadora de jabalina que también habla inglés.

Me acompaña un fotógrafo con una cámara que pesa más que un recién nacido.

Tenemos la sensación de que vamos a hacer el reportaje de nuestra vida.

-¿Qué le vas a preguntar? -me pregunta el fotógrafo.

Somos jóvenes y somos gente de calle que es el único sitio en la década de los cincuenta en el que se puede hacer periodismo.

Hemos contactado con Zatopek a través de correo postal. Nos ha contestado él mismo con una carta, escrita con pluma estilografica, que tardó 15 días en llegar. Nos ha prometido que durante todo el mes estará en casa porque está de vacaciones en el ejército, que es su verdadero trabajo.

Nos ha dicho que fuésemos, que las puertas de su casa estaban abiertas para nosotros.

Lo de correr, a pesar de que haya sido oro en los JJOO de este verano en Helsinki en 5.000, 10.000 y maratón solo es una afición.

En esta epoca no hay anuncios de televisión.

La publicidad es importante pero no decisiva.

Praga parece una ciudad triste y fría pero Zatopek nos abre la puerta en manga corta.

Hoy, a las siete de la mañana, salió a entrenar 15 kilómetros y luego se duchó con agua fría, incluso, más fría que el agua que cae del cielo.

Zatopek es un personaje extraordinario del que seguiremos hablando dentro de 50, de 60 o de 70 años como si se tratase del cine norteamericano en blanco y negro.

En esta madrugada nos sentamos en el cuarto de estar de su casa. Dana nos trae fruta, tostadas, zumo de naranja y café para desayunar.

En una habitación tan pequeña Zatopek es como un gigante.

Tengo la fortuna de que ha resucitado para mí, para que yo le vea y le haga preguntas.

Nadie me puede acusar de inventarme las respuestas: estamos soñando, estamos rodando nuestra propia película de cine.

Zatopek no sólo tiene una mujer preciosa. También está en la flor de la vida.

Este verano, a través de la radio, hemos escuchado cómo ha arrasado en Helsinki. Y luego lo hemos leído en los periódicos que vamos a comprar dando un paseo a la Gran Vía.

Pero, de repente, y en un solo momento, me he hecho mayor.

De repente, estoy en Praga en un barrio lleno de farolas, de césped color verde esperanza y de una casa de dos plantas, la de Emil Zatopek, donde la mejor bebida es el agua.

Zatopek es un hombre que se levanta para recoger la mesa después del desayuno.

Luego, también va a hacer la compra con Dana con un abrigo que es como una eucaristía dominical: hace muchísimo frío en Praga.

Zatopek dice que caminando también se entrena, que no tiene prisa por descansar, que con dormir 7 u 8 horas al día es suficiente, que exagerar es de cobardes.

Camina como corre: raro.

Y te mira a los ojos como los protagonistas de las películas.

En el cuarto de estar de su casa, es un hombre relajado al lado de una estufa, que en estos tiempos ya nos parecería arcaica y quizá hasta nos daría miedo.

Pero hoy estamos en el mes de diciembre de 1952 y sólo han pasado cuatro meses desde los JJOO de Helsinki.

Zatopek es un hombre de 30 años, una celebridad, “un animal”, como dicen los intelectuales que se reúnen en el Café Gijón, al ver las fotografías suyas corriendo con ese rostro desencajado en la segunda edición de los diarios.

Sin ser un periodista ‘The Washington Post’ o de ‘France Football’ el que está a su lado hoy soy yo.

Hay algo incluso más bello que vivir: soñar.

No me importa que los sueños no digan toda la verdad.

La cosa es soñar, atreverse a contar lo que soñaste.

Claro que le he preguntado a Zatopek si es verdad que entrena 42 series de 400 metros, 25 km por la tarde y 25 por la tarde y él no me ha desmentido ni una coma.

Solo sonríe y agrega que el entrenamiento está hecho para acostumbrar al cuerpo a correr cansado, a regatear a las condiciones desfavorables que luego se va a encontrar en carrera.

También me explica que entrenar no es pedir ayuda y que es mejor estar un poco loco: así pierdes el miedo al dolor y a lo desconocido, que son nuestros grandes rivales.

No sé qué es lo que me ha traído esta madrugada a Praga. No ha sido ni una mujer ni la esperanza de dar un paseo por el Puente de Carlos ni el humo de los tranvías.

Pero me da pena marcharme. Me da pena despertar. Me da pena que Dana cierre con llave la puerta de casa y que Zatopek me diga:

-¿Necesitas algo más?

He venido sin saber que venía esta noche cuando me acosté, cuando apagué las luces de la habitación.

Pero los sueños también se pueden pagar de una sola vez: no siempre tienen por qué ser a plazos.

Ahora también me acuerdo que en la primera cosa que leí de Emil Zatopek el cronista lo definió como “la fuerza de los ángeles”.

Y es verdad.

Los ángeles esta noche me han venido a buscar.

Se han encargado de todo, de preparar el viaje, el escenario y las presentaciones.

Me han convertido en un tipo, que no existía en diciembre de 1952, y Zatopek ha vuelto a tener 30 años, a desafiar a lo humano y lo divino corriendo, a pegar esos cambios descomunales de ritmo.

No le he escuchado decir en ningún momento “esto es imposible”.

No hemos hablado de marcas sino de algo más difícil: de cómo desbaratar lo imposible en aquellos años.

A su lado, también he entendido que con una camiseta de tirantes de algodón también se podía llegar al fin del mundo como nos contaban las fotografías en blanco y negro de antes.

Luego, cuando he despertado, ha sido peor.

Me he dado cuenta de que estábamos en ningún sitio.

Pero por alguna razón he sentido la necesidad de contarlo, de escribirlo en el cuaderno como lo hubiese escrito si nos hubiésemos quedado a vivir en Praga en aquel mes de diciembre de 1952 en elnque hacia tanto frío junto al río Moldava.


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