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Espíritu (Olímpico) Runner

Quien más o quien menos alguna vez ha soñado con saltar al tartán en unos JJ OO para disputar a los grandes colosos del atletismo ese título honorífico de ser la persona más rápida del mundo, cruzar la meta en primera posición con los brazos en alto ante los vítores del gentío congregado en el estadio y dejar para la historia una marca estratosférica que no esté al alcance de ningún ser humano. Saltar más alto, lanzar más lejos o coleccionar más medallas que nadie, gestas que uno anhela cada vez que se calza sus zapatillas y sale a la calle a comerse el mundo hasta que, diez minutos más tarde, comienza a echar el hígado por la boca y comprueba como la dura realidad le devuelve al mundo de los mortales revelándole que esas heroicidades sólo están al alcance de unos cuantos elegidos.

Soñar es de las pocas cosas por las que aún no hay que pagar (aunque mejor no demos ideas) y es un estímulo siempre para marcarse nuevas metas. Que nos estampemos con ese muro cabrón que responde al nombre de ‘limitaciones físicas’ no debe ser visto como un punto y final a nuestras aventuras atléticas sino que nos puede servir para calibrar mejor nuestros objetivos: vencer puede ser lo mismo que finalizar, batir récords bien puede convertirse en rebajar marca personal y coleccionar medallas puede ser algo parecido a acumular carreras.

A pesar de que el negocio que comienza a rodear todo lo que envuelve al mundo del running comienza a dar miedo, con sus carreras a precio de entrada de ópera, sus mitos con los brazos tatuados de patrocinadores y el ataque masivo de una muchedumbre con vicios especulativos sedienta de exprimir hasta el último chavo que llevemos encima, aún conservamos casi intacto el principio de por qué salimos a correr. Corremos para disfrutar, corremos para liberarnos, corremos, en definitiva, para sentirnos vivos. En el mundo del atletismo popular, (el de esas carreras dominicales que tanto nos llevan de cabeza, los entrenos a horas intempestivas, las agujetas, las pájaras, las explosiones de júbilo tras un esfuerzo máximo; vamos, la epidemia runner) , todos llevamos un pequeño competidor dentro de nosotros.

Pero esas hazañas deportivas, que son las que suelen tenerse en cuenta para una nueva edición del libro Guinness o convertirse en un ídolo global/local que permita a uno publicitar barbacoas y acabar de apoyo ignorante en cualquier concurso televisivo de sobremesa, no son las únicas que quedan en la retina de los aficionados ni las que tienen que dejarnos más satisfechos. Hago la pregunta: ¿Qué hace más grande a Usain Bolt, su insultante superioridad en los 100 metros lisos o que pida respeto a un himno que no es el suyo en una prueba que ni ha disputado? Me respondo: supongo que una combinación de ambos.

Que curiosamente a la excelsa Tiki Gelana se le ‘caiga’ siempre sus bidones de agua a los pies de sus contrincantes no cuestiona la incontestable victoria en el maratón femenino de la etiope en Londres, pero si que resta algo de brillo a su oro olímpico. Que la keniana Priscah Jeptoo le traiga el agua a su compañera de equipo Mary Jepkosgei cuando comprueba que ésta comienza a hacer la goma, en cambio, le da un baño dorado a su finalmente brillantísima medalla de plata.

Y eso nos sirve para darnos cuenta que más allá de la competición, el deporte es un acto para demostrar en momentos críticos el fondo humano de cada persona. Un acto minúsculo de buena honra puede redondear una victoria, ese gesto ya por si sólo significa un triunfo en toda regla. Y en ese sentido todos partimos desde la misma posición, seamos capaces de rebajar el crono mundial o nos conformemos con hacerlo con el que está temblando en nuestra muñeca.

Estos pequeños gestos espontáneos que no están regulados en ningún código de buena conducta es lo que con el tiempo se ha acabado por denominar Espíritu Olímpico. A Pierre de Coubertín, impulsor del certamen deportivo más importante del mundo, se le atribuye una cita (aunque la frase original es del obispo de Pensilvania, Ethelbert Talbot) que resume estos valores y que se ha convertido en santo y seña de los Juegos Olímpicos: “Lo importante no es ganar sino participar”. Una sentencia que, lástima, algunos se toman al pie de la letra en el momento que aterrizan en las sedes olímpicas (aviso: participar no es lo mismo que pasearse) y que con el tiempo se ha convertido en un bálsamo inútil para apaciguar las lágrimas de los derrotados. Lo que seguramente quiso explicar el barón francés, visto lo visto, con un éxito relativo, es que no todo vale para ganar. Seguramente otra frase del capitoste de las Olimpiadas sea mucho más esclarecedora: “Lo importante en la vida no es el triunfo sino la lucha, lo esencial no es haber vencido sino haber luchado bien”.

La presión de los resultados  para mantener una carrera exitosa profesional en el mundo del deporte, la necesidad de algunos países de mantener el orgullo nacional a través del éxito deportivo o el ánimo de lucro de un comité que a veces traiciona su propio espíritu (ya no hablo de los sobornos puntuales sino de una cuestión de ética), quizá no sea en la actualidad el escenario ideal para dar muestras semejantes de deportividad como se hacía antaño. El resultado: deportistas que especulan con el resultado (y por aquí no nos libramos de las sospechas), agresiones por impotencia o, algunos que toman la vía rápida del dopaje. Pero aun así siempre hay un rinconcito para encontrar momentos de sublime deportividad como la del británico Andy Turner y el hispano cubano Jackson Quiñonez ayudando a retirarse a un abatido Xiang Liu (campeón olímpico en Atenas 2004 en 110 m vallas). Un gesto que les honra ya no sólo por asistir a un lesionado sino como demostración del respeto que le tienen como rival y compañero de aventuras, más ante el infortunio constante del chino (ya no pudo participar en Pekin por otra lesión).

Todo eso que hace grande a la élite tiene aún más vigencia en el running popular, una práctica que no está tan fuertemente sujeta a la dictadura de los resultados. Hay competición, sí, aunque muy escorada a cuatro cracks o estrellas venidas a menos. El resto somos protagonistas de uno de los mayores actos sociales que se celebran en la calle. Y ahí podemos dar unas cuantas lecciones de lo que es el Espíritu Olímpico:

  • Ayudar y asistir a cualquier persona que se encuentre mal o lesione en carrera.
  • Poner el ritmo a un primerizo para que llegue a buen puerto en su primera prueba.
  • Ceder el agua a otros corredores que han tenido la mala suerte de no pillar avituallamiento.
  • Avisar de los obstáculos de carrera a los que vienen inmediatamente detrás de ti.
  • Si has ido chupando del ritmo de otra persona durante la carrera por conveniencia, dejar que llegue delante de ti y no sprintarle a última hora (eso es muy feo).
  • Completar el circuito sin recortar.
  • Animar a aquella persona que se ha frenado en carrera al reventar y a aquellos que van contigo y están sufriendo por mantenerse a nuestro ritmo.
  • Aceptar de buen grado el resultado final y no protestar por minucias.
  • Después de una carrera ponerte a animar a los que van llegando detrás de ti (en el caso que los hubiera…)
  • Valorar con el mismo entusiasmo las marcas de los demás corredores como lo haces con la tuya.

 Son sólo una pequeña muestra de gestos que dan otro significado a una carrera más allá del meramente competitivo. Se podría escribir un libro con ellos (aquí uno maravilloso que se produjo en el Isostar Desert Marathon en el infernal desierto de Los Monegros en 2011), pero esa labor, por suerte, está en manos de cada uno de nosotros.

@davitjg


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