“Entrenador: tenemos que dejarlo”

“Entrenador: tenemos que dejarlo”

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Fernando Carro regresa a casa para explicar a Jesús del Pueyo, su viejo entrenador,  porque decidió dejarle a los 18 años. “Me dio pena, pero lo entendí como cuando un hijo se va de casa”, justifica el entrenador. 

El día: ese día en el que el muchacho de 18 años le dice al único entrenador que ha conocido, que le va a dejar. El día: ese día nunca será uno más, porque también expresa dolor. Toda la literatura posible en la honestidad de Fernando Carro: “Necesito algo más que aquí no tengo”. Al entrenador, que es Jesús del Pueyo, no le hace gracia, pero lo interpreta “como cuando un hijo se va de casa. Es ley de vida”, le dice y se dice a sí mismo, “aunque, fíjate, yo había pensado que estaríamos juntos hasta que terminase el segundo año de junior”. Pero ya no hay vuelta atrás en ese verano de 2010: el atleta ha decidido irse a entrenar a la Blume, al grupo de Arturo Martín, en el que Casado acaba de ser campeón de Europa de 1.500. Y miren que entonces Fernando tenía la cabeza hecha un lío, porque le acababa “de dejar una chica a la que quería mucho con la que llevaba desde que tenía 15 años”. De hecho, a la primera persona a la que se le ocurre llamar para que le consuele es a Pueyo, al entrenador, el único entrenador que ha conocido. “Me da mucha pena, Fernando”, le contesta él. “Pero, al final, ya verás como de todo se sale. El tiempo te lo va a demostrar”. 

El tiempo, en realidad, es lo que da tanta pena a ese día del 2010, en el que el atleta le dice al entrenador: “Me marcho. Necesito algo más”. El tiempo estaba metido en una caja fuerte, desde que Fernando tenía tres o cuatro años. Entonces empezó a entrenar con Pueyo, al que entonces identificaba como “un señor mayor, grande y serio con un abrigo verde”. Pueyo, efectivamente, era un hombre inconfundible que había corrido su última carrera, un 400 vallas, en 1966 en el parque sindical. No había sido mal atleta, pues en su biografía dejó 18″05 en 110 vallas, 1’03″05 en 400 vallas y 26 metros en el lanzamiento de martillo. Pero, sobre todo, ese hombre, que había trabajado en el INI (Instituto Nacional de Industria) interpretaba el atletismo como “educación y descanso” y miren que por sus manos habían pasado talentos como Jesús Ortega, Florentino Oliva, Fabián Roncero o Diego Martín. Pero ahora, en el verano de 2010, la sensación es Fernando Carro que lo ha ganado todo en todas las categorías menores a pesar de entrenar tan poco. Es más, en su primer 1.500 obstáculos en categoría cadete se queda en Vallehermoso en 4’31”, a tres segundos del récord de España (4’28”). No era lógico. Tenía que ser alguien extraordinario. 

 “A Pueyo no le he visto con un cronómetro en la mano en mi vida”, recuerda hoy Fernando y, efectivamente, el entrenador le da la razón, “porque yo lo baso todo en interval, fartlek y carrera de fondo no muy larga. Fernando nunca hizo una serie de 3.000 metros y si hizo algún 1.000 fue de milagro”. El atleta tampoco recuerda que hasta los 18 años “levantase ninguna pesa” ni entrenase “ninguna semana más de cuatro días. Sin embargo, recuerdo que competía todos los domingos y eso me hizo muy competitivo”. El caso es que había química entre el viejo entrenador y el atleta de barrio, que hacía series de 400 metros en la microscópica pista del Suanzes o en el parque de la Quinta de los Molinos. Absolutamente solo y con ese desenfado que le caracteriza. “No había atletas a su nivel, “recuerda Pueyo, “pero Fernando era un atleta que entrenaba muy bien solo. La exigencia no se la daba yo: se la ponía él”. El entrenador también le acompañó por media España a Fernando, “a los crosses de Lodio, Elgoibar…”, donde ocurrían cosas fabulosas: “Sin entrenar como los mejores, competía con los mejores. Carro se enfrentaba a atletas que entrenaban dos veces más que él. La realidad es que de esos atletas no ha llegado ninguno y, sin embargo, él sí lo ha hecho”.  Hoy, el pelo blanco impone su veredicto: no sólo se trataba de ganar, sino de no naufragar. “Había que respetar etapas”. 

El día: ese día en el que le dice a su viejo entrenador, “esto se ha acabado”, el muchacho lo sabe. De hecho, hoy, ocho años después, “a Arturo Martín conmigo le llegó un diamante en bruto. No había quemado etapas antes de tiempo y tenía un entrenador que me había enseñado a escucharme”. Quizá por eso hoy, en pleno éxito de Fernando Carro, tras la plata en los 3.000 obstáculos del Europeo de Berlín 2018, también era necesario volver al principio. Volver a reunir al atleta con su viejo entrenador, que el día de esa final, el 8 de agosto, ni siquiera pudo verla en directo. La salud le había pegado un estacazo. Llevaba días ingresado en el hospital Ramón y Cajal. “Había perdido 14 kilos y la noche de la final seguía con una infección muy fuerte. No encendí la televisión, entre otras razones para no molestar a mi compañero de habitación y esperé a la madrugada para ver la final en el móvil yo solo en la zona de los ascensores”. El diferido no le impidió emocionarse. “Pero sí me permitió verla con más detenimiento porque si la veo en directo me paso toda la carrera diciendo, ‘venga, Fernando’. Sin embargo, de esta manera me pude dar hasta cuenta de que en el penúltimo obstáculo falló un poco”.

Fue ocho años después del día, de ese día en el que el atleta de 18 años le dijo al viejo entrenador, “esto se ha acabado”. También es posible que le dijese, “necesito algo más metódico” y que se arriesgase a no triunfar. “También es posible”, reconoce hoy Fernando, “porque si algo aprendí de Pueyo fue la grandeza de lo sencillo, disfrutar de una charla cotidiana, disfrutar de esas cenas de Navidad, de esas paellas en el verano y de abandonar lo que para mí había sido una familia”. No lloró o tal vez sí lloró, “pero da igual”, explica hoy Pueyo. “Las decisiones hay que tomarlas. Esto fue como cuando Alfonso Ortega me ofreció a mí a ir a entrenar al INEF y le contesté: ‘yo no dejo a mis chavales del Suanzes por nada'”. Ocho años después, Carro ha encontrado felicidad y futuro en el atletismo siendo como fue siempre: el hijo del camionero. El mismo joven que hoy conduce un coche muy simple con más de diez años de antigüedad. El mismo que durante la entrevista acaba de recibir una llamada de su manager pidiéndole su talla y número de zapatillas para que Nike, su nuevo equipo, le envíe la ropa. Quién lo iba a decir en 2010, pero hay que arriesgar en la vida. “Obviamente, mi situación ha cambiado”, explica Carro, que hoy pesa 64 kilos en plena forma, diferencia de los 58 con los que llegó a la Blume. “Ahora, me va muy bien y estoy empezando a ganar un dinero que no imaginaba”. 

De ahí el mérito de volver a los orígenes, de explicar que todo empezó en este arcaico gimnasio, en esta pista de barrio, en este viejo entrenador con un parecido irrevocable a Luis Aragonés y que hace dos años vio fallecer a su hijo, de 47 años, por culpa de un infarto. Una vez que te pasa eso, ya podemos relativizarlo todo en la vida como le enseñó él, con ese a abrigo verde, a Fernando Carro cuando era un niño. Venía del Instituto Geológico donde trabajaba de administrativo con jornada intensiva y donde había descubierto que se puede progresar en la vida. “Comencé, primero, de botones y luego de ordenanza”. Fernando le escuchaba. Aprendió desde muy niño a escuchar que todo es difícil en esta vida como comprobó en ese verano de 2010 en el que le acababa de dejar la chica, esa chica por la que él suspiraba. “Salía entrenar y no podía entrenar: me paraba a llorar”. Quizá todo eso precipitó la sensación del cambio, la necesidad de marchar del barrio y de ser valiente para explicarle a su entrenador mirándole a los ojos: “Pueyo, esto se ha acabado”. Desde entonces, Pueyo nunca ha querido saber lo que entrena con Arturo Martín, pero no ha dejado de gritar en cada carrera que le ha visto correr, ‘¡venga, Fernando!’, como si fuese el primer día. Quizá porque el cariño de la infancia es necesario, invulnerable. El mejor. 

@AlfredoVaronaA 

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