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El presidente del club de fans del optimismo

El optimismo también es necesario en estos tiempos. El dueño del hostal Valencia, Carlos Ramírez Muñoz, que es un atleta aficionado  de nivel,  explica como va viendo salir el sol poco a poco  en la pandemia.

Fue una historia sin acabar.

– Volveré -le dije.

En el número 44 de la Gran Vía: hostal Valencia.

Y hoy he vuelto.

He venido a ver a Carlos Ramírez Muñoz.

He estado con él y durante ese tiempo ha tenido siete reservas de habitaciones a través de booking.

No ha hecho falta preguntarle si los tiempos han cambiado.

Cuando estuve aquí fue en lo más duro de la pandemia, cuando la pandemia era como un coche sin frenos.

Carlos era un hombre frente a la espada y la pared, sin ganas de huir, pese a todo.

Él solo frente al peligro las 24 horas del día en la recepción y había días y había noches en las que no estaba ocupada ni una sola de las 30 habitaciones del hostal.

Quién lo iba a decir en el hostal Valencia que hasta en la cuesta de enero siempre estaba lleno (ni una habitación libre), parte de su ADN.

Y eran muchos años así desde el año 67.

Sus hermanos ya se jubilaron y Carlos se quedó al mando.

Yo le conocí hace muchos años en las pistas del INEF.

Siempre me pareció un tipo con el que los días se hacen más cortos y los entrenos más largos.

Solo descansa uno de cada 13 días: la fuerza de la costumbre.

A los 53 años, acaba de hacer 33’59” en los 10 km de Valencia.

En la hoja de Excel del ordenador de la recepción figuran 18 habitaciones ocupadas para esta noche: la pandemia ha abierto puertas.

Carlos atiende a dos mujeres que han venido de Canarias a pasar unos días: todos con mascarilla.

La sexta ola sigue siendo una fuente de decepciones en los telediarios, pero ya no es como aquel día: ya no estamos en el infierno.

Y eso es lo que he venido a contar al hostal Valencia.

Se lo prometí a Carlos.

Carlos era entonces un hombre que vivía y dormía aquí: las 24 horas del día, él solo.

A veces,  la memoria le recuerda esos días que eran como una pesadilla en la vida real.

No tenía tiempo ni para cortarse el pelo.

El café sabía amargo y apenas había necesidad de planchar las sábanas.

Necesitábamos palabras que pudiesen convencernos, pero no las había.

– El tiempo – le decía yo a Carlos.

Fue lo único que entonces se me ocurrió decirle.

– Eso espero – contestó él.

Y hoy, en el mes de enero de 2022, pese a esta variante del omicrom, Carlos Ramírez Muñoz es uno de los presidentes del club de fans del optimismo.

– Porque ahora al menos, salvamos los muebles – me dice.

Y volvieron 10 de los 11 empleados (uno se fue a vivir a Coruña) que entonces estaban en ERTE, en sus casas.

Y ahora las puertas de las habitaciones han vuelto a latir.

Y hay un movimiento por los pasillos que entonces no lo había.

El silencio sólo lo interrumpía Carlos cuando se ponía a correr por los pasillos o a subir rápido las escaleras y bajarlas despacio.

– Te vendrá bien – le decía su entrenador.

– Espero verte pronto – añadía el entrenador.

– Ánimo, Carlos, mucho ánimo.

– Podía haberme dado por vencido pero ni contemplé esa posibilidad – dice hoy Carlos.

– Admirable.

– Lo he pasado muy mal y lo que perdí en 2020 nunca lo voy  recuperar – contesta.

– Pero no hay que ser egoísta. Hay gente que ha perdido más que yo – recuerda.

Y recordar es vivir.

Recordar es entender que hoy es un afortunado.

Esta mañana ha hecho un entreno severo de cambios de ritmo en la pista (lo que hubiese dado entonces).

Se queja de que está cansado, de que le duelen las piernas: una queja ínfima en estos tiempos.

Ha vuelto a entrenar más de 100 km a la semana.

Ha vuelto a sonar el teléfono en la recepción como si estuviésemos en París.

Al escuchar el teléfono me acuerdo de lo que hubiese dado por escuchar el ruido del teléfono en los peores tiempos de la pandemia en los que no se podía mover ni una ficha de ajedrez.

Entonces el hostal Valencia era como una película de terror (una casa sin huéspedes) y todas las canciones que quisiéramos escuchar daban pena.

Carlos Ramírez Muñoz era un hombre que, sin querer dar pena, daba pena.

– Volveré y será diferente – le dije entonces.

Y, efectivamente, ha sido diferente en el número 44 de la Gran Vía, casi, casi en el centro del universo.

 


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