El niño prodigio 

El niño prodigio 

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El éxito no es un error: Ignacio Fontes. El mediofondista granadino de 19 años, que ya gana en categorías cuatro años mayor que él y que oposita a competir en el Mundial de Birmingham o en el Europeo de Berlín. “Si mañana me enfrentase a Mechaal lo haría con la intención de ganarle, sí, claro”, explica.   

En una conversación con un muchacho de 19 años existe un peligro: uno no sabe por dónde empezar. Máxime cuando se manejan datos tan optimistas como los que exalta la figura de Ignacio Fontes (Granada, 1998) al que a uno se le ocurre preguntarle si todo lo que le pasa es tan perfecto. “No, en casa nos han convencido de que la perfección no existe”, rebate él, hijo de ginecólogo y de abogada, el mediano de tres hermanos, en un barrio a las afueras de Granada, la Bola de Oro, donde, por lo visto, sobran los motivos para correr. “Salgo de casa y tengo el río al lado y ocho kilómetros seguidos de tierra para mí”. Y no es que esto de correr sea una vocación en él, “que siempre hice fútbol”, ni en la familia, “porque mi padre me pregunta veinte veces hasta que se entera la distancia que voy a correr”. Tampoco en sus hermanos, ni en el pequeño de 14 años ni en el mayor de 23 que está haciendo el Erasmus en Rumania, quinto de medicina. “Pero en los Juegos Olímpicos de Pekín, viendo el atletismo por televisión, algo sentí que me dejó marcado para siempre”, señala Ignacio. “Al terminar el verano, le dije a mi padre que yo quería correr como esos atletas y que me apuntase a una escuela para correr”. Fue la llamada del destino que hoy se responsabiliza de esta conversación, capaz de cruzar mundos como si se tratase de estaciones de Metro. “He competido en tantos sitios, en Canadá, en Estados Unidos, en Colombia, en Azerbaian, en Marruecos…” Han sido tantos viajes a los 19 años en los que ha descubierto que viajar es algo más que cambiar de lugar. “Viajar es intentarlo, pero, en fin, la vida es la que es y yo sigo buscando mi camino”.

Todo empieza en un lugar donde no hay fotografías. “En la cámara de llamadas siempre estoy nervioso. No lo puedo remediar porque sabes que hay gente que espera algo de ti, y eso es presión. También sabes lo que has entrenado y sabes que la única forma de ganar es intentarlo. Por eso yo siempre lo intentaré. Mi idea es comprobar que en el atletismo no hay nadie imbatible”, rebate con la astucia de un muchacho de 19 años capaz de regresar a su infancia en esta fría mañana de febrero. “No doy un mérito especial a lo que hago. Sólo es una oportunidad que me está dando la vida”. Pero entonces no le asusta que se ponga a nevar. “Sé que esto va a ser duro. Incluso, para nosotros más que para los atletas africanos, que tienen la suerte de dedicarse solo a correr. Pero ahora yo no puedo, porque también tengo que estudiar… Estoy entre primero y segundo de Medicina. El primer año no se me dio demasiado bien. Hasta el segundo cuatrimestre no logré centrarme y, no pasa nada, son cosas de la vida. Al final, cada uno tendrá lo que se merezca. Pero llegaré.. Quiero pensar que llegaré hasta el final”, insiste Fontes, digno de una historia en la que ni siquiera él sabe qué papel juega su genética. “No lo sé, ni idea. En casa alguna vez hablamos de esto y no llegamos a ninguna conclusión”.


“Hoy estoy en Salamanca y mañana puedo estar en Sabadell y quién sabe si en unas semanas tendré el pasaje para Birmingham… Yo quiero pensar que sí”

A los 14 años, Fontes batió el récord nacional de los 1.000 metros (2’34″12), que fue como mostrar el material del que están hechos los sueños. “Aquel verano entrené en agosto. Me clasifiqué para el campeonato de España. Descubrí que me gustaba esta vida y que no me importaba sacrificarme”. Hoy no quedan prejuicios en una vida, la suya que “no va ni rápida ni lenta”. El éxito nunca fue un error.  “Mi vida va como tiene que ir”, insiste. “Si la gente espera algo distinto de mí supongo que es porque me lo he ganado y porque yo he dejado que mi propia cabeza se lo crea. Pero, aparte de eso, soy gente normal que claro que tiene sus debilidades. Sí, porque, a veces, me dicen cosas y no me entero porque casi siempre estoy en mi mundo… Luego, eso sí, voy corriendo a todos lados. Supongo que algún día tendré que cambiar, sobre todo porque esta vida de atleta es tan exigente, tan cuadriculada en la que lo que más cambia uno es de ciudad”, ironiza. “Hoy estoy en Salamanca y mañana puedo estar en Sabadell y quién sabe si en unas semanas tendré el pasaje para Birmingham… Yo quiero pensar que sí, que puedo ir, pero ¿cómo voy a decirlo ahora en voz alta? ¿y si luego no lo logro?”

 La respuesta está en el tiempo, que ahora le sobra y que no imagina lejos de Granada ni de su calidad de vida. “Yo creo que no me iría a Madrid ni a Barcelona”, añade él que, a los 19 años, acaba de ser campeón de España sub-23 con la misma naturalidad que recuerda la nota que sacó en Selectividad. “Fue un 10,942 sobre un máximo de 14 puntos”. Hay datos pegados a la memoria como también podría ser ese día en el que se marcó 2’21” en aquel 1.000 entrenando. “Sí, claro, porque en la vida todo es importante. No se puede pensar en una sola cosa. Mi entrenador Jesús Montiel me ha convencido de eso. No podemos llegar a casa y seguir hablando de atletismo. No sería justo para la cabeza”. En realidad, esto también es una industria. “No podemos pensar que por machacar todos los días vamos a llegar más lejos”, asiente, “porque entonces el día de la competición uno estará cansado”. Y en ese transito el muchacho ha descubierto que no se puede llegar solo a la cima. “Sería imposible. Yo no sería nadie sin mi entrenador. Para mí, ese hombre es uno más de la familia porque son tantas horas juntos… Él ha sido militar y como ahora está en la reserva tiene tiempo para entregarme a mí, a su familia o a la vida”. Y en ese escenario florecen entrenamientos que sería un delito no retratar en este texto como aquel día en el que Ignacio Fontes hizo “un 1.200 en 3’06”, un 800 en 1’59”, un 600 en 1’26” y un 400 en 54″ que hoy también explican que la gloria tiene un precio, ese precio.  “Mi idea es ir al Europeo de Berlín este verano, sea en 800 o en 1.500. Es más, creo que la mínima la haré, pero el problema puede estar en el Campeonato de España, donde habrá tanta  competencia…”. 

Sin embargo, él ya está acostumbrado a esa palabra que descubrió en la infancia en la silueta de un médico, su padre, en el hospital Virgen de las Nieves de Granada, “donde él casi siempre estaba trabajando”. El muchacho entendió que la vida real es así, “y que hay que esforzarse. Nadie va a hacer lo que tú no hagas sea en la pista o en la universidad. Por eso siempre me ha gustado estudiar y no me ha importado estudiar mucho o tratar de ir siempre un poco más allá como, por ejemplo, en el inglés. Mis padres me pagaban una academia pero yo sabía que podía ir más allá y creo que terminé de soltarme yo solo gracias a youtube escuchando, leyendo la letra de las canciones, porque esto es así. Siempre puedes. Siempre se puede. Por eso uno tiene que pensar que si mañana se va a enfrentar a Mechaal en un 1.500 alguna opción de ganarle vas a tener, porque es lo que decíamos antes. Si no lo piensas tú, nadie lo va a pensar por ti. Pero esto es como cuando conseguí la beca de Amancio Ortega para estudiar un año del bachillerato en Canadá… Si me presentaba era con la idea de que podía lograrla. Si no ¿para qué me iba a presentar?”

 Al final, la logró y de allí, de esos meses en Canadá, salió mejor atleta. “Al menos, puedo decir que fui a competir a Nueva York o a Los Ángeles”. Un patrimonio que el día que se haga mayor formará parte de sus memorias. Como Salamanca. Como el río Genil. O como fue Bakú en Azerbaián. Imposible protestar frente a este régimen de vida en el que mañana habrá alguna cosa nueva que contar... “Por ejemplo, el tiempo que me he tirado esperando en el aeropuerto de Valladolid el vuelo de hoy a Barcelona”, ironiza en una mágica despedida, la suya, la de Ignacio Fontes, que tal vez sea ese niño prodigio que necesita el atletismo español y, sobre todo, el 1.500 ¿imaginan? 

@AlfredoVaronaA 

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