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Él, Javi Guerra

El nuevo campeón de España de media maratón explica su maravillosa madurez. “He sabido limpiar toda la porquería que había en mi cabeza”.

Tenía nueve años.  Podía no entender nada o entenderlo todo aquella mañana de domingo del 93 en el cross de Amorebieta en el que su padre se iba a proclamar campeón de España. Él, Javi Guerra, estaba allí y recuerda como si fuese hoy “esa última recta en la que mi padre superaba a Martín Fiz y a Carlos Adán”. Y luego las lágrimas,  “las lágrimas de toda la familia que habíamos viajado hasta allí, incluído mi tío, y que no nos lo podíamos creer”. Y hoy el recuerdo sin ánimo de lucro, “porque siempre que voy al País Vasco la gente me recuerda ese día en Amorebieta”.  Y él,  Javi Guerra, no lo ha olvidado ni lo olvidará nunca, “sobre todo, porque ése día no sólo celebré una victoria. También descubrí que el atletismo no es perfecto”. Así que el recuerdo es tan sincero como el sonido ambiente y no atormenta, “porque forma parte de una historia vencida”.

Sin embargo, la tarde de aquel domingo, de regreso por carretera a Segovia, siempre quedará grabada en aquel niño de 9 años.  “Volvíamos a casa en coche y tuvimos que parar a mitad de viaje porque a mi padre le dio una crisis de ansiedad. De repente, se dio cuenta de lo que había conseguido y le entró ese miedo escénico que ya nunca supo dominar del todo”. La infancia nunca miente, porque “era algo que en casa se notaba: veía ese agobio, esos disgustos, esas conversaciones con mi madre o esa presión que mi padre se metía en la cabeza. Yo era un niño,  pero claro que me daba cuenta”. Así que nunca se sabrá si aquel título fue una buena inversión. “Yo creo que a mi padre le quedó demasiado grande y no fue capaz de manejar tantas emociones, y no era fácil vivir así. Al final, terminaban por consumirlo y él no podía ni sabía solucionarlo”.

“Una vez que me hice atleta, me empezó a pasar a mí lo mismo que le pasaba a él y comprendí que no era justo.”

Hoy, la memoria del hijo sale de la caja fuerte. “Me acuerdo que mi padre empezó a trabajar en el despacho de abogados de mi tío  a llevar los papeles, un puesto de administrativo más o menos que aún conserva. Tenía un horario mas cómodo que antes cuando estaba en una fábrica de cables y debía levantarse a las siete y media de la mañana para entrenar. Pero aun así tampoco fue posible para él, que nunca terminaba de creérselo. Aun así en todas partes por las que iba se hablaba con admiración del veterano Paco Guerra. De hecho, todavía lo escucho. Por eso yo siempre diré que mi padre será mi ejemplo. Máxime porque después, una vez que me hice atleta, me empezó a pasar a mí lo mismo que le pasaba a él y comprendí que no era justo. Pero la cabeza a veces no se da por vencida”.

El recuerdo retrocede entonces a la residencia Blume de Madrid. “No sabía que allí la presión iba a poder conmigo. No me bastaba con hacer unos entrenamientos enormes al nivel de Chema Martínez o de De la Ossa, que entonces eran los mejores fondistas. Luego, en competición yo siempre fallaba y ellos no. El problema era cuando me preguntaba por qué.  No sabía ni siquiera a lo que tenía miedo. Quizás fuese a no justificar con resultados mi estancia en la Blume, no lo sé. Pero recuerdo que en 2011 cuando iba a hacer mi primer intento en el maratón en Londres y me lesioné con una fractura de estrés dije ‘hasta aquí hemos llegado’. Entonces fui a ver a Antonio Serrano, mi entrenador, y le dije que volvía a Segovia. Él me replicaba que no, que me fuese a vivir a un piso y que eso podía liberarme, pero yo sabía que necesitaba algo más que eso. Necesitaba olvidar. Necesitaba volver a empezar. Necesitaba ir más allá del deporte. No tenía sentido levantarme y acostarme hablando de atletismo y en la Blume era así.  Mi cabeza ya no podía soportarlo. Sentí que era una batalla perdida”.

Al final, regresó a casa y volvió a ser él,  Javi Guerra, como lo era  en aquella mañana de domingo en Amorebieta a los 9 años. “Volví y empecé a trabajar con Pedro Luis Gómez, que es un atleta popular, un hombre que se dedica a la pedagogía y a trabajar la mente”. A su lado, ha vencido para siempre el partido frente al miedo, la caja del pánico. “Me invitó a asumir mis errores. Me ayudó a comprobar que uno puede gestionar por sí mismo los sentimientos. Me pidió que fuese exigente conmigo mismo, que no se trataba de salir a morir en una carrera sino de aprender a leer esa carrera y que se podía hacer más rápido la segunda parte que la primera. Necesitaba a alguien así que me ayudase a limpiar la casa, a sacar toda la porquería que había en mi cabeza”. El resultado llegó antes de que fuese tarde. “Pedro, incluso, podía venir a rodar conmigo. Nos podíamos ver en cualquier parte. La clave estuvo ahí. Hubo días en los que me hizo hasta llorar y luego, cuando me quedaba solo, me daba cuenta de que no era por culpa suya, sino mía. Me acordaba entonces de esa frase que tantas veces me había dicho mi padre, ‘hijo, tú no puedes pasar por lo mismo que he pasado yo’ y resultaba que estaba siendo igual o peor. ¿Qué sentido tenía eso? ¿Qué clase de vida era esa?” Sus carreras en la pista eran el resumen de una mala calidad de vida. “Mental, sobre todo mental”, explica. “El paso del tiempo me había hecho mucho daño”.

“Ha cambiado mi vida. He aprendido a desconectar, a entender que uno está vivo para algo más que para correr, dormir o comer”.

Hoy,  sin embargo, parece que han pasado mil años. Él,  Javi Guerra, se ha convertido en un atleta de una seguridad casi indescriptible en una prueba tan perversa como el maratón.  “He corrido seis y he disfrutado en los seis. Incluso en el del Europeo de Zúrich me parece que me acerqué al éxtasis”. Su discurso ha cruzado fronteras. “No he cambiado yo”, replica. “Ha cambiado mi vida. He aprendido a desconectar, a entender que uno está vivo para algo más que para correr, dormir o comer. He aprendido que la responsabilidad en casa es gratificante, que un maratoniano también puede poner un lavavajillas o planchar una camisa y que no pasa nada porque lo haga. No hay que obsesionarse hasta esos extremos con el descanso”. La soledad ha sido otra de sus asignaturas más exitosas. “Aquí, en Segovia, me he acostumbrado a la soledad del corredor de fondo”. Hoy, es uno de sus patrimonios. “Aquí esta mi pista, mi refugio, mi manual de instrucciones. La mayoría de los días entreno solo y es un tiempo que invierto en mí y en conocerme mejor”. Y entonces se ha dado cuenta de que a su edad ya no quedan cuentas pendientes, “aunque a veces me pregunto por qué lo que me pasó en los JJOO de Rio de Janeiro me tuvo que pasar a mí.  No iba en mi mejor momento, es verdad, pero acababa de hacer unos test de lactatos en Bilbao más que aceptables. Y, sin embargo, una vez que llegué a Río, a los dos días del desfile, veo que no me puedo ni mover…”

“La vida es eso. No es pensar todos los días que hoy no puedo salir a hacer la compra porque voy a cansarme. No, así no se puede vivir”.

Quizás por todo esto en esta conversación se habla del hombre  por encima del atleta. Una conversación en la que se defiende la debilidad o la humildad sin complejo de inferioridad. “Mi vida no tiene nada que envidiar a mis éxitos. Llevo una vida normal en la que mis alegrías son de lo más común. Hace nada ha sido mi masajista Noel que, después de tantos años, acaba de aprobar las oposiciones a bombero. Pero igual que él  puedo ir a pasar la tarde con los hijos de Pedro, Simón y Martín, de seis y de tres años, y ser el tío más feliz del mundo, porque la vida es eso. No es pensar todos los días que hoy no puedo salir a hacer la compra porque voy a cansarme. No, así no se puede vivir. Al menos, yo ya no quiero esa vida:  ya lo hice y no me compensó de ninguna manera. Al contrario: la recuerdo como una tortura”.

El pasado, sin embargo, ya le pidió disculpas. El éxito llegó a tiempo en el maratón donde ha firmado hazañas como la del 93 de su padre en el cross de Amorebieta. “Pero mi principal éxito ha sido el de entender la vida y comprender que los atletas no podemos ser tan egoístas. No somos el centro del mundo. Hay vidas más duras que la nuestra. Sin ir más lejos, yo tengo el ejemplo en casa con mi novia, Marta, que trabaja de encargada en una tienda de cara al público, en horario comercial en el que no hay sábados ni domingos. A veces, voy a recogerla un sábado, después de cerrar, y me doy cuenta”.  De ahí el aire puro que hoy respira él,  Javi Guerra, y que sabe a gloria. Máxime hoy que nos hace partícipes de él, a meses de inagurar su nueva casa. “Nos hemos comprado una a las afueras de la ciudad en La Lastrilla”. Y mientras tanto, mientras llega la próxima victoria, defiende como un titán una idea que es como una ruptura con el pasado suya y de su padre,  el que ganó en Amorebieta en el 93. “Siempre nos quedará Segovia”, defiende hoy el hijo, que entonces tenía 9 años y no entendía que el miedo abusase de su padre. Hoy, a los 33, ya es diferente e, incluso,  se atreve a pronosticar que “el miedo ya no sale en televisión”. Al menos, el suyo, que ya le hizo demasiado daño a la familia.


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3 Comentarios

  1. Interesantes estas manifestaciones de Javier Guerra recogidas por Alfedo Varona. Cada persona, y su entorno, pueden ser totalmente diferentes, pero algunas cosas pueden ser igual para cada una de ellas….
    “Necesitaba ir más allá del deporte. No tenía sentido levantarme y acostarme hablando de atletismo y en la Blume era así. Mi cabeza ya no podía soportarlo. Sentí que era una batalla perdida”.

  2. Impresionante artículo. Enhorabuena a Alfredo. Alguna vez me cruzo con ellos corriendo por estos caminos segovianos y siempre los admiraré.
    Grandes corredores y mejores personas. Ojalá los dioses olímpicos le den una segunda oportunidad.

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