El día después del maratón

El día después del maratón

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Maratón Valencia (2017)
Enhorabuena. Es la palabra que indica que todo terminó. Por eso a mí no me gusta el día después. Me recuerda a las despedidas o a la última página de ese libro que te hizo tanta compañía. 

Soy yo. Eres tú. Sois vosotros. Somos todos, en realidad. Es el día después del maratón. Entonces no hay cláusula de rescisión frente al recuerdo en un día en el que ya no hay posibilidad de modificar nada de lo que pasó. Los números son los que son, inamovibles. El juez ya hizo sentencia: ya no se puede sufrir más, ya no hay ninguna custodia que pelear en el juzgado. No existe siquiera hoja de reclamaciones. Nadie que no seas tú puede explicar al Tribunal lo que pasó en carrera y hoy, en el día después del maratón, todo esto aún tiene gran importancia. El kilómetro 43 es el único que no tiene fecha de caducidad. Luchar frente a él es  una batalla perdida, como luchar frente a los recuerdos que nos llevaron hasta él. El día después, en realidad, es como la cuenta de resultados. Siempre habrá un momento para volver a ella como al día después de estrenar unos zapatos: ya nunca vuelven a ser los mismos que viste en el escaparate.

El día después es como el billete de avión ya usado después de las vacaciones. Un día duro, de regreso a la rutina, huérfano de las emociones del fin de semana. Quizás por eso a mí no me gusta el día después. Me recuerda a las despedidas o a la última página de ese libro que durante meses te hizo tanta compañía. Y no siempre es justo que existan las despedidas. Pero también es verdad que, si no hubiese finales, no existirían las emociones como las de este fin de semana en Valencia. Por eso hay que ser honestos con el día después, con el kilómetro 43, se haya portado como se haya portado el maratón con nosotros. La suerte, en realidad, fue la de estar ahí: no se sabe cuando volveremos ni si volveremos porque terminar un maratón todavía es algo que se sale de lo corriente. Al menos, para mí, que soy un tipo chapado a la antigua, al que le encanta escribir de héroes anónimos. Quizás la gran ventaja de aterrizar en el maratón, donde la miseria no tiene código de barras. La carretera es libre como la letra de una canción. El resultado es como una película de suspense en la que las encuestas no valen para nada. El maratón es una carrera muy primitiva en la que no existe seguro a todo riesgo. Nadie, por mucho poder que tenga, te lo puede garantizar. De ahí el valor monumental de encontrar lo que uno busca.

Pero eso ya fue ayer. Hoy, estamos en el día después, en el que el suspense se marchó de casa. Los gritos de ánimo del domingo se sustituyen por esa palabra que indica que todo terminó: enhorabuena. La satisfacción del deber cumplido está en el dolor de piernas, que es como un justificante de pago. Un álbum lleno de fotografías, desde que uno empezó hasta que acabó. Un contrato indefinido que no termina en la línea de meta, sino que continúa hoy, en nuestra forma de recuperar. La diferencia es que ahora la pancarta de paso no está en ningún sitio. El km 43 es el gran desconocido: ese personaje que está detrás de la cámara. La voz tal vez de Billy Wilder, la que nos recuerda que el suspense es un gran impostor. Tarda mucho en llegar y un segundo en marcharse. El reflejo más fiel es la línea de meta de un maratón, que es como la banda sonora de esas películas. El abrazo entre los protagonistas. Las lágrimas del espectador en la butaca y, en definitiva, esos momentos que hacen que esto de vivir merezca tanto la pena. Quizás por eso hoy, en el día después, uno echa tanto de menos esa manera de madrugar que implica el maratón. Los silencios del ascensor. La sigilosa manera de levantarse para no despertar a nadie que no seas tú. El atleta, efectivamente, se levanta a las cuatro o cinco de la mañana para desayunar pero es como si lo hiciese a las once cualquier día laborable. Y no es él. Es algo más importante que él: el destino.

Todo eso es lo que nos recuerda el día después, espejo de generaciones enteras en el que no sé por qué extraña razón yo siempre recuerdo aquella frase que explicó Jorge Valdano tras salir campeón del mundo en México 86. Aquel día se dio cuenta de que el éxito no es tan justo. Aquel día se enfadó consigo mismo porque descubrió que es mejor desear una cosa que conseguirla. Acababa de ser campeón del mundo y seguía siendo el mismo. La felicidad no le había cambiado ni a él ni a los demás. Es más, una vez logrado el objetivo, hasta se sintió vacío al comprobar que nada había cambiado. La vida seguía igual. Los árboles latían igual y él amaneció en la misma habitación. Seguía teniendo el mismo trabajo, tratando con las mismas personas que trataba antes de empezar ese partido. Quizá por eso el día, que yo logré mi marca el maratón, fui inseparable de aquella cita. Viajé a ella como a la tierra prometida. Durante meses había imaginado ese momento y, una vez que lo hice, todo pasó tan rápido que, cuando me quise dar cuenta, ya estaba en la estación para coger el tren de regreso. Comprendí entonces que esto no tenía más valor que la satisfacción que cada uno le quiera dar. Comprendí, incluso,algo más valioso. De la satisfacción no se vive pero sí te ayuda a vivir mejor: el maratón solo es una manera de entrenarla.

Quizás todo eso sea hoy la personalidad del día después: un día que cada año no se cansa de ver transitar a gentes como pasa en la recepción de un hotel. Un día con derechos de autor en el que es imposible encontrar dos historias iguales. Ni siquiera de dos atletas que hayan hecho el mismo tiempo. Porque la satisfacción es una cosa muy personal como la manera de gastar los ahorros o de celebrar los cumpleaños. Por eso nunca existirá un único mensaje para ganar las elecciones en el día después. A lo sumo, se pueden compartir las historias por las redes sociales lo que le permite entender a uno que para algunos, como yo, Valdano siempre llevará razón. Sin embargo, para otros, como puede ser usted, lograr esa marca que pretendía en el maratón, le puede ayudar a cambiar su forma de ver la vida. Hasta destronar esa palabra llamada imposible que alguna vez ha aparecido por las cabezas de todos nosotros y que, en el kilómetro 43, está bajo sospecha. El maratón es una cosa muy seria

@AlfredoVaronaA 

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