“Desde que entré en el hospital me pregunto: ¿hago lo correcto?”

“Desde que entré en el hospital me pregunto: ¿hago lo correcto?”

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Se levanta a las 6,45 para trabajar en el Hospital Niño Jesús, donde trata niños con problemas. Y por las tardes es capaz de entrenar 6×300 entre 47″ y 45″ en pista cubierta. Es la vida de Miriam Costa, una atleta de 22 años a un paso del profesionalismo.

Su Plan B es irse algún día a África: de voluntaria. Antes, Miriam Costa quiere consagrarse como atleta de elite. Y el momento es ahora que tiene 22 años, que ya ha hecho 4’17” en 1.500 y que ha sido sexta en el último Nacional. Pero como no podemos vivir sin complicarnos la vida aquí está ella para demostrarlo. Ahora, en el año en el que terminó la carrera universitaria, ha empezado a trabajar en psiquiatría en el hospital Niño Jesús, come un tupper que calienta en el microondas, hace un Master que le ha costado 8.000 € y da clases particulares de inglés. Y la mayoría de las tardes cuando llega a la pista trata de convencerse de que no puede más. Pero la realidad es que aun así Miriam está realizando este invierno entrenamientos magníficos.  “Sólo con calma lograré lo que busco”, dice.

Está cansada.
Muy cansada, para no variar. Me levanto a las 6,45 de la mañana desde diciembre cuando empecé en el hospital Niño Jesús, en psiquiatría, donde atiendo trastornos de alimentación en niños, en adolescentes de hasta 18 años. Y, de alguna manera, eso te coloca al filo de la navaja, no te permite descuidarte emocionalmente ni un momento.

¿Y qué encuentra?
He aprendido a medir las palabras, a utilizar los silencios porque te encuentras con casos de esquizofrenia, de bipolaridad, de intentos de suicidios en niños. Sin ir más lejos, ayer con una niña que tiene una enfermedad por la que no quiere comer. Para darla un yogur estuve hora y media en la que me escupió o en la que me tiró del pelo. Pero valió la pena. Al final, logré que se lo tomase.

Y ése es su trabajo.
Una parte de mi trabajo, sí.

¿Y cómo se convive con eso?
Hay que disfrutarlo: yo lo disfruto. Mire, la primera vez que llegué al hospital vi a un niño pegándose cabezazos contra la pared. Tenía 9 años y eso te da tanta pena, porque sabes que cuando cumpla 18 tendrá que dejar el hospital y él seguirá con ese trastorno y te preguntas, ‘¿qué será de él?’ Por eso en la medida de lo posible hay que ayudarle, acompañarle, entrenarle para afrontar lo que va a ser su vida.

¿A qué hora entra usted a trabajar?
A las 8,30 y salgo a las 15,00 horas.

Así de lunes a viernes.
Así las siete horas que dura cada día, pero en el hospital esto es así: hay que implicarse al 100/100 emocionalmente. Y la única forma de implicarse es entregarse tal y como eres.

¿Y entonces se olvida de la atleta que es?
Hasta las tres de la tarde, sí. Entonces es verdad que salgo y me viene el bajón y trato de convencerme de que ‘no puedo más’ y creo que ‘no puedo más’. Pero no es verdad porque sí puedo y me voy a estudiar el Máster, que estoy haciendo, a la biblioteca y a las cinco y media me voy a la pista a entrenar.

Y entrena.
Y entreno, sí.

¿Y esto no es un callejón sin salida para una atleta de élite?
Espero que no, pero sí es verdad que desde que entré en el hospital cada día me pregunto: ‘¿estaré haciendo lo correcto?’, y no puedo evitar esa pregunta. Sobre todo, porque le había prometido a mi entrenador que cuando acabase la carrera me iba a dar una oportunidad a tiempo completo en el atletismo y, sin embargo, no lo estoy haciendo. Y me crea presión a mí misma y la resuelvo diciéndome, ‘en marzo terminas en el hospital’ y ya podrás entrenar, pero…

Lo más difícil en la vida, por lo visto, es combatirse a uno mismo.
En esa pelea conmigo misma yo salgo perdiendo.

¿Y cómo es posible en una persona que ha estudiado psicología?
Al final, cuando estudias psicología te preparan para ayudar al otro, no para ayudarte a ti misma. Esa es la diferencia y, ¿sabe cuál es mi forma de hacerle frente? Trato de llevarme las menos cosas posibles a la cama, hacerme las menos preguntas posibles por las noches. Es mi forma de ayudarme a mí misma.

¿Y eso es suficiente?
Va en mi personalidad, va en mi persona. Siempre fui así. Siempre me he exigido mucho, quizá demasiado. He luchado desde que me conozco para rendir al máximo, para buscar la perfección. Un 9 nunca ha sido suficiente para mí. A veces, ni un 10 tan siquiera, porque quería la matrícula de honor.

¿Y entonces como lleva las decepciones que le pega el atletismo?
Muy mal. Pero ahora tengo una psicóloga deportiva que me ha enseñado a aprender de las derrotas. He aprendido que para ser mejores necesitamos fallar. En el éxito se te olvida de que mañana puedes fallar y en la vida hay fallos.

¿Ha encontrado el éxito como atleta?
Creo que sí. El verano pasado no fui internacional, pero sí hice la mínima y disfruté como no había disfrutado nunca compitiendo y me di cuenta de algo que no sabía. Para mí, eso es el éxito.

¿Se puede disfrutar en el último 400, en la última vuelta?
Sí, claro que sí. Incluso, le diría que es lo que más me gusta de las carreras, lo que más disfruto. De la psicología aprendí a utilizar la distracción cuando estamos muy cansados y yo represento todo eso en la última vuelta de las carreras. Entonces me pongo, incluso, a cantar. Puedo tararear a Leiva y me quita presión, me ayuda a olvidarme del resultado. Incluso, hasta en la cámara de llamadas: todo lo que pueda evadirte de la presión ya es un éxito.

Antonio Serrano, su entrenador, decía de usted es el otro día: “estamos trabajando para que sea una buena atleta”.
Sí, estoy de acuerdo.

¿No es ya una buena atleta?
Soy una atleta en potencia, que es distinto. Si puedo ser profesional, tengo que demostrarlo. Aún me queda por aprender y quien sabe si deberé dejar el trabajo… Desde luego, este año he descubierto que no tiene nada que ver estudiar con trabajar. Al final, tratar con personas requiere la máxima implicación. Cualquier fallo que puedas cometer va a afectar a una persona que no eres tú y no puedes permitírtelo. Trabajas con pacientes psiquiátricos. Te mueves al filo de la navaja.

Ahora se dará cuenta de lo que se han sacrificado sus padres para llevar un sueldo a casa.
Sí, ya lo creo. Mi madre trabaja en un banco y a veces llega muy cansada, y mi padre en una Mutua de Accidentes de Trabajo y es de los que siempre disimula el cansancio. No quiere pagarlo con nadie que no sea él. Por eso mi padre es un ejemplo en el que me fijo y en el que me fijaré siempre: ya puede estar cansado que si un día ha dicho, ‘hoy te acompaño a entrenar’, me va a acompañar, seguro.

¿Su padre también entrena?
Comenzo a hacerlo cuando yo me lesioné pensando en el día que volviese. Él fue futbolista profesional. Jugó en el Madrid donde perteneció a la generación de la Quinta del Buitre y, si no hubiese sido por las lesiones, podría haber llegado más lejos… Luego, jugó en el Rayo y en el Getafe y ahora tiene una enfermedad autoinmune, parecida a la hepatitis, que es dura y que se nos está haciendo muy, muy larga.

Entonces ahora no entrena.
Me dice que corra yo por los dos y, para mí, es un incentivo más: no quiero fallarle.

¿Se ha preguntado usted hasta donde puede llegar?
Ahora es difícil. Cada día, cuando salgo de trabajar, me enfrento a un dilema moral: ¿hago lo correcto? Pero aún llegando tan cansada a las tardes resulta que estoy haciendo buenos entrenos. El otro día hice 6×300 entre 45 y 47 segundos con 2’30” de recuperación sin zapatillas de clavos en la pista cubierta lo que le da más valor.

¿Y a partir del mes de marzo cuando deje de trabajar?
En abril me voy seguro a Portugal a una concentración que ha organizado la Federación. Si no pasa nada allí estaré y a los niños, que doy clases particulares de inglés, ya les he dicho que las haremos por Skype. Sus padres me dicen que no hace falta, pero yo siento una responsabilidad hacia ellos.

¿Es usted una enferma del trabajo?
Una apasionada.

A la gente cada vez le gusta menos trabajar.
Yo disfruto mucho de todo lo que hago. Por eso me olvido del atleta cuando estoy en el hospital. A partir de ahí no sé lo que pasará en el tiempo, pero espero seguir hablando igual dentro de 20 y hasta de 50 años. Creo que entonces acabaré por algún lugar perdido de África. El pasado verano, tras el campeonato de España absoluto, ya estuve un mes de voluntaria en Sri Lanka.

Son sus Memorias de Asia.
Exactamente.

¿Y cómo fue?
Dormía prácticamente en el suelo y sólo comía arroz, porque allí no hay otra cosa. Y sólo bebía té y acabé trabajando doce horas al día para tres ONG distintas. Y entonces me di cuenta de que ahí está mi Plan B para el día de mañana, en África.

Luego, regresó a Madrid y volvió a ser atleta.
Bueno, allí también entrenaba. Me tocaba empezar la temporada y salía a entrenar de noche. Me armé de valor porque allí la mujer todavía no está tratada igual que aquí y es verdad que pasé episodios de miedo, le podría contar que me salieron cocodrilos mientras corría en medio de la carretera. Mi entrenador me escribía por Whattsap y me decía: “si no puedes correr te esperas a octubre cuando vuelvas”. Pero yo no concebía estar parada.

¿El atletismo le reconcilia consigo misma?
Sí, creo que sí. Quiero ser atleta profesional, ya se lo he dicho. Pero tampoco quiero ser una carga para mis padres y trato de pagarme todo lo que hago, y el atletismo, como sucede con la formación, es caro. Es el médico deportivo, es el fisio, es el psicólogo, son los viajes, son las concentraciones… Los gastos por ahora superan a los ingresos. Pero yo no trabajo para ahorrar sino para subsistir y crecer como atleta como me ha enseñado Marta Pérez cada vez que me ve aflojar o llorar como el otro día.

Y mañana a las 6,45 en pie, de nuevo.
Sí, si las series que haga hoy me dejan dormir, sí. Me cuesta dormir. No sé me da bien dormir y eso es un problema para una atleta. Pero estoy dispuesta a resolver mis problemas poco a poco. Tengo tatuada lasai que significa calma en euskera. Me lo enseñó Xabier Leibar, el médico que me trata que me convenció de que la única forma de crecer como deportista es ir poco a poco.

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