Correr como terapia

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Las motivaciones que nos llevan a correr son variadas, incluso complejas, tanto como tipos de corredores hay sobre el asfalto. Unos dicen que correr les sienta bien, otros que les sirve de terapia para desconectar de la rutina y sacudirse el estrés, algunos alegan motivos de salud o se excusan con aquello de quitarse los quilos de más y llevar una vida más activa.

Para mí, correr va mucho más allá de todo esto. Se trata de un proceso mucho más interior. Practico el deporte más antiguo de todos desde que tenía 16 años, de esto hace ya más de 20 años. Una sola vez ha pasado por mi cabeza la absurda idea de dejar de correr… a los tres meses ya me calzaba las zapatillas otra vez. El correr se ha convertido en una terapia, no confundirlo con un “modo de vida”, en un ejercicio mental que me ha ayudado en los momentos más duros de mi vida.

Mis lecciones vitales del correr

Amistad

El correr me ha enseñado… el significado de la palabra amistad. Quizás suene a tópico, pero no frivolizo para nada esta palabra y lo que conlleva. Puedo asegurar que corriendo he compartido lo mejor y lo peor de la vida junto a amigos que siempre he tenido a mi lado. Como si corriéramos una serie: unas veces tiraban ellos y otras lo hacía yo para que nadie se despegara del grupo, siempre juntos.

Amor

El correr me ha enseñado… de amor y desamor: a luchar por él como cuando estás a punto de batir tu marca y te dejas la puta vida en los últimos metros, pero también a apartarme y echarme a un lado de la carretera cuando tomas conciencia de lo grave que será la lesión si sigues adelante.

Ganar o perder

El correr me ha enseñado… qué significan la victoria y la derrota. He reído y he llorado indistintamente por ambas y he sabido relativizarlas y quitarles esa importancia trascendental que a veces les otorgamos inmerecidamente. La lección ha sido clara: diferenciar por qué vale la pena luchar y distinguir aquello que verdaderamente me impulsa a levantarme del suelo después de una caída.

Constancia.

El correr me ha enseñado… disciplina y persistencia. Para una persona indisciplinada como yo, el hecho de tener que ir a entrenar diariamente, de obligarme a seguir una rutina (muchas veces obligada ya que no te apetece salir a correr cada día) me ha permitido extrapolar esta constancia y rigurosidad a otras tareas o facetas como estudiar o trabajar

¿El movimiento SÓLO se demuestra andando?

Hasta hace pocas semanas, creía que un altísimo porcentaje de esto que tanto me ha ayudado a lo largo de los años, se basaba sencillamente en el hecho físico de correr: poner un pie delante de otro.

Asumámoslo, correr es un deporte individual y todos pecamos de egoístas y egocéntricos, sólo hace falta ojear nuestro comportamiento en las redes sociales. Yo también tengo mi dosis de corredor egoísta, y cuando te lesionas, me refiero a una lesión importante y larga, a menudo reaccionas rehuyendo drásticamente todo lo que tenga que ver con el mundillo. Modificamos nuestro comportamiento, nos alejamos y acabamos por perder los beneficios intrínsecos que el correr nos aporta a cuerpo y mente.

Pero, sorprendentemente, después de mi larga relación con el correr, he descubierto que este deporte todavía me puede enseñar muchas cosas. La reciente Maratón de París, a la que renuncié dos semanas antes de su celebración por lesión, (después de 3 meses de entrenos desquiciantes, con sus 56 sesiones pasadas al Garmin) me ha dado una buena bofetada en la cara y me ha enseñado que no hace falta correr para poder ‘correr’.

Me explico, a pesar de la lesión, he podido vivir las mismas sensaciones y las mismas lecciones en París, y, sorprendentemente, sin calzarme ni una sola vez mis adizero. Todo gracias a mis compañeros y compañeras de equipo del #bcteam. He vivido con ellos las horas previas, he masticado sus nervios en el desayuno del día del maratón, se me ha removido el estómago al son de su ansiedad pre-carrera… Pero si hay un momento crucial en este sentir es gracias a que pude estar en la misma línea de llegada. Allí, en el momento más importante, compartí con ellos sus éxitos y sus fracasos que, a la vez, eran los míos. Crucé la línea de meta con cada uno de ellos.

He llorado de alegría sin sudar ni una gota, no he corrido un maratón, ¡he corrido varios!

Después de 11 meses con una lesión que no me deja sonreír corriendo como antes, descubro que mi mejor terapia para volver a correr (para hacerlo en serio), ha sido, precisamente, dejar de correr.

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