“Ir a competir era como ir a descansar”

“Ir a competir era como ir a descansar”

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“Yo fui un atleta muy bueno” Hoy nos entregamos a Fermín Cacho y a magníficos recuerdos. El campeón olímpico en Barcelona, el hombre que hizo 3’28″95 en 1.500, nos recuerda que, para él, “ir a competir era ir a descansar: no sentía el más mínimo estrés”, recuerda hoy, a los 50 años.  

“Es ley de vida”, contesta Fermín Cacho, que hoy es un hombre de 50 años al que su casa de Andújar se le ha quedado grande, porque sus dos hijas mayores se han marchado a estudiar fuera, odontología y enfermería, quién lo diría cuando se vino a vivir aquí en 2003. Tenía 33 años Fermín y acababa de sacarse el carnet de conducir. 

Pero es “ley de vida”, vuelve a repetir ahora, porque él también se fue de casa a los 16 años y nunca dejará de recordar ese día, el día de la despedida, en el que sus padres le dijeron, ‘haz lo que quieras y, si no te gusta lo que haces, las puertas las tienes abiertas para volver'”.

Pero nunca volvió Fermín Cacho, que veía el futuro en los ojos como lo vio el día en el que se enteró “de que los JJOO del 92 se iban a celebrar en Barcelona” e inmediatamente pensó, “esos serán mis Juegos”, porque entonces él ya sabía que “era muy bueno o que podía ser muy bueno”. “Si tenía esas cualidades, ¿por qué no me iba a dedicar a buscar sueños?”, pregunta ahora.

Y lo pregunta en voz alta como campeón olímpico y como presidente de un club de atletismo, Go-Fit, “en el que ya tenemos unos 25 jóvenes de los que el 80% son sub-18 y sub-20 y a los que uno trata de ayudar no sólo en lo deportivo, sino también en lo académico”. Y entonces acostumbra a explicarles que “cada uno ha de encontrar su sitio en la vida, porque todo el mundo tiene unas cualidades” como él, Fermín Cacho, tuvo las suyas.

Y entonces se aferró a la oportunidad que le dio el atletismo “como si no hubiese otra cosa en la vida”. 

Y fue campeón olímpico en Barcelona 92 en 1.500. Y llegó a correr el 1.500 en 3’28″95, porque “aquel día en Zürich yo salí a ganar y sólo hubo un atleta capaz de impedírmelo, El Guerrouj, que hizo 3’28″91. Pero si yo hice esas marcas quiere decir que era posible, que se podía y que puede hacerse y que si no se hace ahora no sé por qué es… Sí sé, como he dicho antes, que yo fui bueno, muy bueno y que mi propia vida me ayudó a ser mejor”. 

“Me aferré a ser el atleta que quería ser”, explica, “y luego tuve la suerte de vivir en una ciudad como Soria a más de 1.000 metros de altitud y a encontrar un entrenador como Enrique Pascual que me hizo ver que hasta los 19 años no podíamos empezar a machacar fuerte al cuerpo y hasta entonces lo máximo que entrenaba eran seis días a la semana. Pero yo no tenía prisa porque sabía que, si quería ser atleta, había que tener paciencia”. 

Fue hasta el mejor Fermín Cacho “o mis rivales hicieron que fuese el mejor”, replica él sin la ironía que parece, “porque en aquellos años entendía que, si yo dejaba de hacer una cosa, ellos la estarían haciendo y no me lo permitía a mí mismo. No hubiera podido vivir así. Por eso tengo tanto que agradecer a mis rivales. Me hicieron mejor compitiendo. Me hicieron mejor entrenando, mejor sacrificándome, venciendo a la pereza esos días en los que hacía tanto frío, llovía o nevaba en Soria. No tenía problemas para ponerme manos a la obra. Recuerdo días de entrenar con fiebre, con catarro, con principio de gripe…, y recuerdo que no me venía mal porque uno echaba las toxinas fuera”. 

El tiempo pasó tan deprisa que ya no parece que fuese ayer. Pero entonces Fermín Cacho vuelve a repetir que es “ley de vida” y que jamás se detuvo en la historia. Ni siquiera cuando fue oro olímpico en Barcelona 92, “porque sabía que al día siguiente empezaba una nueva vida porque todo lo que se termina ya pertenece a la historia”.

Reencuentro de Hicham El Guerrouj y Fermín Cacho en el Meeting de Madrid 2019

27 años después, Fermín ya es un hombre mayor que ha tenido cuatro hijas y que acepta de “ser atleta era más fácil que ser padre, porque no hay ningún manual que te diga paso a paso como educar a los hijos. Y a veces sería necesario. Pero entonces te das cuenta de que nadie tiene la varita mágica y, sin embargo, como atleta todo era tan sencillo como vivir por y para esto. Incluso yo tenía un entrenador como Enrique Pascual que era algo más que un entrenador. Era mi tutor. Era el hombre al que podía preguntarle cualquier cosa. Tenía respuesta para todo y esa confianza que me entregó fue, para mí, una fábrica de valores”. 

El resultado es que entre los dos llegaron al fin del mundo con una naturalidad inmensa. “No podía ser de otra manera. Si querías ser el mejor tenías que pensar que eras el mejor. Nadie podía hacerlo por tí. No podías llegar a la competición y decir ‘es que estoy tan nervioso’. Yo nunca lo entendí, porque entrenaba, precisamente, para eso, para evitar los nervios en competición, para  tener controlado todo lo que podía controlar. Otra cosa es si hablamos de las caídas o de los codazos, que en un momento pueden ocurrir. Pero, si se quita eso, para mí, ir a competir era como ir a descansar: no sentía el más  mínimo estrés”. 

Y por eso hoy retrocedemos a aquellos años en los que Fermín Cacho nos hizo tan felices: “Yo miraba en el calendario el día de la final y estaba deseando que llegase”. 

Y por eso podríamos tirarnos día y noche hablando de tantos recuerdos. Y volveríamos a soñar. Y no despertaríamos hasta que llegó ese día en el que se acabó todo. Fermín Cacho, que había renunciado a los Juegos de Sidney,  cogió una enfermedad que le tuyo “21 días ingresado en el hospital”. 

Cogió miedo y no volvió más. 

Cogió algo más que miedo, en realidad. Cogió fobia a las zapatillas y estuvo años sin ponérselas lo que provocó que engordase mucho y se olvidase para siempre del deporte profesional. Y tampoco pasó nada porque el día, que empezó a correr, sabía que “esto se acabaría algún día y no hay que tener miedo a los finales”.  

Tenía 31 años. El tiempo ha volado desde entonces. “No se lo puede usted ni imaginar”, matiza él. 

Pero, en realidad, el tiempo es para todos el mismo. El tiempo que provoca que cada vez que Fermín Cacho vuelve a Soria se le enciendan los ojos y acaso la nostalgia de un tiempo que pudo ser inmejorable. “Aún así, claro que hubo críticas. De hecho, en cuanto fallaba en una competición, había gente que enseguida decía, ‘este ya está acabado’, pero entonces yo me preguntaba a mí mismo, ‘¿cómo estas de fuerzas?’ y si me decía, ‘estás bien’, entendía que sólo había sido tenido un fallo, que la próxima vez sería diferente”. 

“Pero eso tienes que verlo por tí mismo”, explica ahora. “Nadie mejor que tú mismo puedes convencerte de tus posibilidades. ¿Que va a ser difícil? Sí, claro que lo es, pero así lo ha sido en todas las épocas. La diferencia está en aprovechar al máximo tus cualidades, en llegar a la competición, en pensar en que aquí no va a pasar nada a lo que yo no pueda hacerle frente y después ya se verá lo que pasará, pero es tan importante creer en uno mismo…”

La prueba fue él: Fermín Cacho. El campeón olímpico. El hombre al que sus compañeros han elegido como el mejor atleta español de la historia, “y si ellos lo han dicho…”  Quizá por eso hay tantos recuerdos que compartir y hoy hemos compartido unos pocos que no nos mintieron. Al contrario. Nos trasladaron a la mejor época posible del 1.500 en España cuando nada parecía imposible. De ahí la importancia de recordar ese tiempo, de ponerlo de ejemplo y de volver a decir, “es ley de vida”. 

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