El Sueño Americano: Boris Berian

El Sueño Americano: Boris Berian

397
0
Compartir

¿Existe el llamado ‘Sueño Americano’? Si existe, ¿cuál es el paradigma del concepto? ¿En qué consiste? Quizá este caso no lo sea en su integridad, pero si no lo es, créanme: está muy cerca de serlo.

2012. Nace el sueño. Finales de la NCAA, Division II. El joven de Colorado Springs, de destacado músculo y bigote disperso, serio, de apariencia obstinada, obcecado en objetivos que apenas nadie conoce, maravilla a todos en la humilde Universidad de Adams State. Vence en los campeonatos nacionales (al aire libre y en pista cubierta), y consigue la que, hasta ese momento, es su mejor marca personal en 800m en el Payton Jordan Invite de Palo Alto (1:48.93).

La decisión está tomada. Imposibilitado por ausencia de motivación para los estudios, y convencido de que aquello no está hecho para él, afronta su gran ambición dejando todo a un lado: abandona la universidad y decide apostar por el atletismo. Como es él, a todo o nada.

“Mientras que la Universidad es muy complicada, correr es muy fácil para mí”.

En 2013, pese a la convicción, los resultados no llegan. El joven se estanca. El sueño se congela. Poco o nada más allá de una mejora ínfima en su registro personal al aire libre (1:48.89). Apenas mantiene la esperanza, sin ingresos y sin ayudas, con lo que la decisión pasa por encontrar un empleo que le permita disponer del suficiente tiempo libre como para centrar toda su energía y pensamientos en entrenar lo más duro posible. Comienza a trabajar en un McDonald’s en turno de mañana. De esa manera, podía costearse tanto el material como los viajes a las competiciones.

Llega 2014, y sin embargo nada cambia. El joven se enroca en su postura, pero el sueño cada vez se aproxima más al horizonte lejano y negro. Al abrigo de un nuevo invierno, se vislumbra una nueva temporada. Y, de repente, como en las historias de final feliz (aunque quizá luego no exista tal final), aparece octubre, y el destino se presta al giro. Daniel Guerrero, mediofondista, contacta con el joven a través de una red social. Le habla del grupo, del entrenamiento, de los sueños. Sueños que comparten. “¡Hey! El ambiente es genial en el Big Bear Running Club… ¿por qué no te unes?”. El joven preguntó: “¿Qué tendría que hacer para unirme?”, a lo que Guerrero respondió: “trabajar duro y tener una actitud positiva”. Algo hace ‘click’, como una mutación. ‘Un Simple Giro del Destino’, tal y como escribió el trovador Dylan. El joven sabe que algo ha cambiado, que ese destino le brinda una oportunidad. Y él sólo sabe hacer una cosa: aprovechar las oportunidades.

El club es dirigido por Carlos Handler, en el Big Bear Lake (condado de San Bernardino, California), lugar de procedencia del mito Ryan Hall, y cuartel general de una de las más destacadas mediofondistas de los últimos tiempos, Brenda Martinez (esposa de Handler y bronce mundial en el 800m de Moscú ‘13). El preparador, inmiscuido en el arduo invierno de trabajo, formación, fuerza, esa pretemporada que después marca el devenir del resultado a lo largo del año atlético, ya vio en el joven un punto de talento que le llamó profundamente la atención: “Sabía que acababa de llegar, así que le introduje poco a poco en el trabajo del grupo, para que no pasara problemas físicos ni se lesionara. Había corrido en 46.9 en la Universidad, así que sabíamos que era rápido. Me gusta que los atletas sean rápidos. Eso, unido a que nació y ha vivido toda su vida en altitud… me gustó. Ningún otro atleta de 800m en este país vive y entrena en altitud”.

CVVfHefUYAEDFFQ

2 de mayo, todo llega. Y aquí, golpea la primera gran marca. 1:45.30 en el Payton Jordan de Palo Alto. El mismo lugar donde nace el sueño. Y todo comienza a fluir. 6 de junio, 1:45.60 en Cerritos (California). Dos registros que llaman la atención de los iniciados en el lapso un mes, para un atleta que apenas ha entrenado un invierno con garantías de élite. Y llega Nueva York, en uno de los apeaderos del circo de la IAAF Diamond League. Aquel sábado, 13 de junio, bajo la luz abrasadora que baña, ardorosa en canícula, el Icahn Stadium de la isla de Randall, las miradas, posadas en el rey Rudisha, no podían evitar fruncir el ceño de la extrañeza, mezclado con el del nerviosismo indómito por lo que acaban de contemplar. El joven, ya formado, de ancha espalda, hombro marcado, tatuajes y rastas al viento, reconocible en plena recta, codo a codo con Pierre-Ambroise Bosse, continúa la estela del campeón olímpico keniano para sellar un 1:43.84 que lo introduce de pleno en el concierto internacional de una prueba, el 800m, de una descomunal dureza y competitividad en los últimos años.

Y al amparo de julio, donde los yates no tienen nombre y el champagne riega paladares como insulto, llega el viernes 17. Estadio Louis II, Herculis Meeting de Mónaco. Ni rastro del bisoño chico, formado a golpe de vida. Tez recia, mirada áspera, casi carcelaria, bajo la frondosidad de su barba y de la prueba. Sorprende un bosnio, Amel Tuka, con la mejor marca de su vida (1:42.51), en un final en el que recordar a Nijel Amos aún duele ante tal nivel de descomposición técnica en una última recta. El subcampeón olímpico botsuano sigue buscando a Tuka en sueños por su derecha. Un poco por detrás, el joven, que sigue sin fijar la primera plana, vuelve a hacerlo. 1:43.34, justo al rebufo del yibutiano Souleiman, y venciendo a superclases de la talla de Kszczot, Lewandowski, Aman y Bosse. El registro le servirá para cerrar el año americano liderando el ránking de la prueba. El sueño comienza a cumplirse. Si no se cumpliese, al menos estaría más cerca. El joven tiene aún 22 años, y va a tener oportunidades. Y él sólo sabe hacer una cosa: aprovechar las oportunidades.

Y en el invierno, la principal criba, el Mundial Indoor. Y en casa. Uno de varios favoritos. En su semifinal, en ese criminal sistema con el que cuenta el 800m, el joven a punto queda de ser eliminado. El destino, ese destino, le brinda una nueva oportunidad. Y él sólo sabe hacer una cosa: aprovechar las oportunidades. Nuevo golpe de mano, y nuevo giro del destino, camino del sueño.

Y en el albor de ese sueño, en ese momento en el que el placer no es máximo, pero debe disfrutarse como si lo fuera, aquella inolvidable tarde del sábado 19 de marzo de 2016, ocurre esto:

Líder de principio a fin. ‘Front-runner’ tiránico. La carrera soñada, creada para ser contemplada en bucle, una y otra vez. Toda su calidad, toda su rabia y toda su fuerza, concentradas en un minuto, cuarenta y cinco segundos y ochenta y tres centésimas que consagran el sueño y la ilusión de una persona, de un atleta. Ese sueño que, intentando visualizarlo previamente se disfraza de falacia existencial, de cuento para dormir, de concepto fantaseado, demasiado manido, difuso, demasiado edulcorado para ser verdad. ‘El Sueño Americano’ cumplido. El joven es Campeón del Mundo de 800m en Pista Cubierta.

Ese joven, que destacó en Adams State y abandonó los libros porque no se veía capaz de estudiar y sí de correr, que consagró toda su trascendencia vital a perseguir un sueño, costeándose cualquier gasto sirviendo hamburguesas en un McDonald’s mientras volaba en las series de la tarde, que llamó la atención del universo atlético en el verano de 2015, y que abrazó ese ‘Sueño Americano’ un sábado de marzo en Portland.

Ese joven, de quien difícilmente olvidaremos su nombre. Ese joven, cuya historia merece ser contada. Ese joven, que sólo sabía ser positivo, trabajar duro y aprovechar oportunidades.

Ese joven, Campeón del Mundo. Ese joven llamado Boris Berian.

Por: www.soycobarde.com · @SoyCobarde2

Fotos: @borisgump800
Compartir

Te puede interesar...

Deja un comentario

Con la publicación de un comentario acepto expresamente recibir la newsletter y soy conocedor de que puedo darme de baja en cualquier momento de acuerdo a nuestra política de privacidad