“El atletismo me sacó del infierno”

“El atletismo me sacó del infierno”

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A los 28 años, tras una infancia demoledora, Kate Ortiz muestra lo que correr puede hacer por nosotros. “Siempre digo que el atletismo me representa”, dice ella, capaz de correr desde un 3.000 obstáculos hasta bajar de 3 horas en maratón. 

Sus padres viven pero no están aquí. Al menos, no les encontrarán alojados en esta historia, que me va a contar Kate Ortiz. Tiene 28 años y tan importante como escucharla es preguntarla si realmente quiere contar todo esto, regresar a su infancia en Guadalajara que abandonó a los 16 años cuando se independizó. Se marchó de casa y nadie le cerró las puertas, porque nadie se las abrió cuando ella, sus tres hermanas o su hermano pequeño, que hoy tiene 14 años, eran niños y se encontraban a su madre “eternamente encerrada en la habitación”, víctima de una severa depresión. Y nunca sabían cuando aparecería su padre, “que trabajaba en Mercamadrid”, por la puerta: si volvería hoy, mañana, a la semana siguiente con o sin dinero. Pero en esa casa nunca llegaron los Reyes Magos ni las cenas de Navidad eran como las de las demás casas. El miedo tenía un poder inmenso. Las discusiones de sus padres ya olvidaron los detalles. El resultado fue la infancia que nunca existió, la infancia que, sin embargo, no se refleja hoy en la mirada de Kate, en esos ojos llenos de vida que muestra en la fotografía. “Pero si tú vieses a mi hermana, la pequeña, la que tiene 25 años, no es así: todo esto le afectó mucho. Se hunde por cualquier cosa y, aunque ahora estudia una carrera, no siempre es fácil”.

No me gusta contar dramas, pero, precisamente, hoy pretendo contar lo contrario: que esto, que pudo ser un drama, dejó de serlo y toda la luz, que faltaba en casa, la encontraron ellas. La encontró Kate o la encontró su hermana mayor, que marchó a Londres a poner tierra de por miedo, y la encontró el chaval, el pequeño que, por lo visto, ahora es un fornido deportista. “La próxima carrera iré contigo”, le dice a Kate, la misma que hoy explica en voz alta: “El atletismo me representa”Porque hasta ahí llegan las consecuencias de esta afición, que en su caso ahora es incalculable. Al fondo quedan sus logros que ella acaricia con sumo cariño, desde correr un 3.000 obstáculos hasta bajar de tres horas en maratón en Lanzarote. Pero, sobre todo, lo  importante es el valor que Kate le da a esta vida y a este deporte que ha probado su orgullo y la sacó de aquel infierno. “Me ayudó a creer en mí misma, porque yo tenía la autoestima muy baja. Me veía muy fea delante del espejo y me molestaba vivir con esa inseguridad que hoy, sin embargo, creo que tengo dominada y ha sido gracias al deporte, gracias a correr, que me permitió descubrir lo mejor que hay dentro de mí”. Máxime el día que empezó a competir en carreras y a subir al podio y a mandarle, orgullosa, fotos por Whattsap a Ecuador a su abuelo David, a ese pozo infinito de sabiduría que una día, antes de morir, le avisó a Kate de que iba esto de vivir: 

-La vida es una carrera y cualquier obstáculo que te encuentres lo vas a superar -le dijo.

Hoy, la nieta tiene grabada a fuego esa idea y, heredera de su abuelo David, te mira a los ojos, como si la vida fuese una operación a corazón abierto. Una exploración de sí misma que jamás olvidará lo que ella le dijo a su abuelo la última vez que le vio, el precio de la distancia. Entonces le recriminó al viejo que no podía seguir fumando ni bebiendo a esa velocidad. 

   Si sigue así, el día que se muera no quiero sufrir por usted. 

Las palabras tuvieron un efecto insustituible para el abuelo que, según le contaron después a Kate, se convirtió en un ejemplo. “No sé qué le has dicho que ha dejado de fumar y de beber de inmediato”. Pero tal vez ya fue tarde para evitar su muerte o tal vez el tiempo hizo su trabajo, porque el tiempo no se esconde nunca. El tiempo da la cara en todos los sitios, en las fotografías, en las carreras, hasta en los recuerdos que le quedan a Kate de su abuelo o de su infancia que serán duros, sí, porque “una tenía miedo hasta a abrir el grifo y a que le agua estuviese cortada por falta de pago; a que te mandasen un libro en el colegio y a no tener dinero para comprarlo o a abrir la nevera y decir ‘¿qué comemos hoy?'” Y entonces los recuerdos vuelven a apagar la luz. “A los 14 años, recuerdo ver a mi padre llegar bebido a casa. Recuerdo salir con mis hermanas a hacer la compra, a pedir dinero, qué sé yo las cosas que teníamos que hacer”, justifica en una historia que sigue siendo capaz de emocionarla, “porque me hizo madurar muy rápido”, y de explicar que no somos nadie si no sabemos perdonar. “Hace tiempo que mi madre nos pidió perdón”, justifica.

Hoy, Kate vive en una habitación en un piso compartido en Vicalvaro y cada declaración que la escucho es el reflejo de un dorsal en el pecho. “Hay que seguir intentándolo”, justifica ella, que hoy por la mañana entrenó ocho kilómetros, los cuatro finales por debajo de 4’00″/km. “De pequeña, no sabía ni que existiese el atletismo. No sabía nada que no aprendiese de mis hermanas y ellas de mí. Nuestra única alternativa era estar juntas”. De hecho, se independizaron a la vez. “Yo me marché a los 16 años cuando encontramos un trabajo en la limpieza de una casa que era de los testigos de Jehová que nos ayudaron mucho. Sólo puedo darles las gracias. Pero cuando llegó el momento de dar el paso, igual que ellas se quedaron, yo sentí que esa religión no encajaba en mi vida. De alguna manera te cortaba las alas ya no solo para hacer ejercicio, para correr, para ir a campeonatos de baile o para ser yo misma en tantas cosas… Sentí que ese no era mi camino y no hubo problema. La vida consiste en decir las cosas a la cara, en ir de frente como me explicaba mi abuelo. No puedes tener miedo a decir lo que piensas. De lo contrario, nunca lograrás lo que buscas. He entendido que la madurez se demuestra en tus actos y no tanto en tus palabras”.   

 Hoy, Kate no esconde que le falta formación. “Hice un grado medio de auxiliar administrativo”. Pero, a cambio, le sobra el mismo valor con el que se lanzó a preparar su primer maratón dando vueltas a la pista de Vicalvaro en la soledad, a las tantas de la noche, como si eso no tuviese sentido, después de salir de trabajar en la hostelería. No importaba que, al día siguiente, tuviese que levantarse “a las cinco y media de la mañana para empezar a trabajar a las seis”. Pero eso es parte de la historia de esta muchacha que, desde entonces ha pasado por muchos trabajos y nunca le ha faltado trabajo. “La próxima semana voy a empezar a trabajar de azafata para promocionar la tarjeta de Ikea”. Y no pasará nada, “porque sea duro. Los principios siempre son duros hasta que demuestras lo que vales si es que realmente vales”. 

Una declaración de intenciones que es una manera de conocerla y hasta de explicar que un día se atrevió a montar su propio negocio y a invertir los 20.000 € que tenía ahorrados. No hubo suerte, pero hoy no queda el horror de lo que perdió, “sino la enseñanza de lo que viví”, porque nadie nace aprendido. “Nunca lo he tenido fácil. Me he pasado la vida intentándolo. A veces, me parece mentira que tenga 28 años. Pero creo que puedo lograr mis objetivos y poco a poco los pondré fecha como voy haciendo con el atletismo. Sé que no voy a llegar a unos JJOO ni nada por el estilo, pero no me hace falta”.  Sus padres, a los que el tiempo hizo mejores padres, ya saben que ella corre y, cuando no gana, les explica que hay cosas más importantes que ganar. “Sé vivir con lo que tengo, sé adaptarme y sé valorar lo que siento cuando corro, las emociones que le doy a esas competiciones en las que realmente soy una historia anónima más hasta que me recuerdo a mí misma: ¿cómo ibas a imaginar de niña estar aquí?’ Y entonces me digo: ‘Kate, disfruta de intentarlo, te lo mereces'”. Y entonces, como si fuese su abuelo David, se acuerda de que “nunca se sabe lo que pasará mañana”.   

@AlfredoVaronaA 

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