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Andrés Díaz y el día después: “Tuve que ir al psiquiatra y no pasa nada por reconocerlo”

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Andres Diaz
A los 51 años, el todavia recordman europeo de 1.500 en pista cubierta (3’33″32), ya es un autónomo al que le va “razonablemente bien”. A su lado hay mil cosas que recordar como la final de 1.500 de Sevilla 99 de la que hoy se cumplen 21 años. 

Rubén Ventureira trabajaba en ‘La Voz de Galicia’. Estaba en la redacción de La Coruña el 23 de agosto de 1999 cuando se disputó la final de 1.500 del Mundial de Sevilla en la que se voló literalmente. Y uno de los que voló fue un atleta de la tierra nacido en el barrio de Agra do Orzan: Andrés Manuel Díaz.

3’31″83, quinto clasificado.

En la redacción no sabían qué hacer para lograr una pieza diferente, más allá de la crónica, y a Rubén se le ocurrió proponer en voz alta:

– ¿Por qué no llamamos a Andrés Díaz y que nos cuente paso a paso la carrera?

– ¿Tú estás loco? ¿Te crees que no tiene otra cosa que hacer que cogerte a ti el teléfono? -le rebatieron.

-Solo sé que, si no lo intentamos, entonces sí será imposible.

Y le llamó. Rubén le llamó.

Hacía una hora, quizás menos, desde que había terminado la carrera. La adrenalina aun estaba a flor de piel. La tensión viajaba en el estadio en una noche para la historia. Pero entonces Andrés Diaz cogió el teléfono al periodista.

-Mira que si no te importaría.

– ¿Cómo me va a importar? – contestó Andrés Díaz.

Y entonces le desgranó esa carrera diabólica: lo que viviólo que sintió, lo que nunca más ha vuelto a sentir quizás.

Hoy, 21 años después, tengo al lado a Andrés Díaz, que ya tiene 51. A nuestro lado también está Rubén Ventureira, que ahora es un periodista autónomo que recuerda aquella pieza en la que puso toda la carne en el asador: no puede ni debe disimular el orgullo de ese día.

Pero a la vez ese texto refleja la manera de ser de Andrés Díaz al que, como siempre que hablo de él con el mítico Gregorio Parra, me recuerda que “nunca tuvo el reconocimiento de los medios y aficionados españoles que realmente mereció”.

Todavía hoy, desde el 24 de febrero de 1999 en El Pireo, Andrés Díaz tiene el récord europeo de 1.500 en pista cubierta: 3’33″32.

Y no hay 24 de febrero que Pedro Esteso, que le hizo de liebre en aquella carrera, no le llame para recordarlo o que en su casa no se celebre aquel día como la fecha de su cumpleaños: “La última vez mi mujer me compró una tarta”.

Fue un grande Andrés Díaz, en realidad. Un atleta que llegó tarde al atletismo “después de descubrir que era muy patoso para todos deportes que intentaba”. Pero corriendo encontró su razón de ser: la misma que a los 22 años iba a dejarle sólo a unas décimas de clasificarse para el 800 en los JJOO de Barcelona 92 tras sufrir un accidente de tráfico en el mes de abril.

Hoy, Andrés Díaz no sólo son los recuerdos. También es la enseñanza que nos dejó un atleta que luego estuvo a la altura de aquel autógrafo que le firmó, siendo aún un adolescente, Steve Ovett en la pista de Riazor.

Andrés Díaz llegó a dos JJOO e, incluso, en los de Sidney, séptimo clasificado, descubrió que compitió con una nomonucleosis lo que nos invita a pensar en lo que podría haber logrado.

-No me lo recuerdes, no me lo recuerdes -interrumpe.

Tenía entonces 31 años y ya nunca más iba a relatarse algo tan señalado en su biografía de atleta. Incluso, al año siguiente, se quedó sin club y con la amarga sensación de qué he hecho yo para merecer esto y de que en cada carrera, hasta en cada entreno, era como volver a empezar, volver a demostrar que él no lo merecía, maldita esa presión.

Sus tendones ya no acompañaban lo que provocó el final de un atleta que quizás tuvo más prestigio en la profesión que popularidad en el mundo. Sus mejores años también coincidieron con los de el Superdepor en La Coruña. De hecho, Andrés Díaz corrió la final de los JJOO de Sidney unos meses después de que el Deportivo fuese campeón de Liga.

El caso es que hoy el recuerdo de Andrés Díaz nos hace mejores. Nos explica la necesidad de tirar siempre para adelante, de que se puede y se debe hacer como descubrió él el día en el que Riazor dejó de ser un estadio y la ciudad se quedó sin pista de atletismo.

Andrés, que se había prometido a sí mismo vivir siempre en su ciudad, tuvo que marchar a Madrid, a la residencia Blume y a combatir la morriña a su manera. “Había sábados por la tarde en los que después de entrenar cogía el avión solo por darme el placer de ver a la familia o de cenar con los amigos. Y al domingo regresaba a Madrid”.

– ¿Quién nos iba a decir que desde entonces han pasado más de 20 años? -pregunta hoy.

Quién nos lo iba a decir, incluso, al verle a él ahora. Nadie le echaría los 51 años que tiene. Pero una cosa es la apariencia y otra lo vivido. Nos damos cuenta entonces de que estamos ante un tipo curtido en muchas batallas, de las cicatrices de la vida que, al final, son las que más enseñan.

-Cuando me retiré sufrí una depresión y tuve incluso que ir al psiquiatra y no pasa nada por reconocerlo. Pero me costaba tanto entender que a los 35 años ya no pudiese ejercer la pasión de mi vida. No sabía como salir de ese callejón.

Quizás porque entonces se dio cuenta de que no todo había sido perfecto. El atletismo le había permitido comprarse una casa, sí, pero a los 35 años cuando fue a preguntar a la administración por su vida laboral le dijeron que no tenía ni un solo día cotizado a la Seguridad Social. Su forma de desahogarse fue empezar a estudiar INEF y a trabajar como entrenador, “pues tenía el título de monitor” y ya no había tiempo que perder. No se podía.

De eso han pasado más de quince años: toda una vida en la que Andrés Díaz volvió a vivir a La Coruña, a ver el mar desde la ventana de casa, a empezar de nuevo,  a descubrir   que se podía ser feliz de otra manera y que en el atletismo no se acababa el mundo. Cuando dejó el piso de Valdebernardo en Madrid, en el que había vivido el último año, tenía esa duda:

-¿Qué voy a hacer? ¿Qué será lo mejor para mí? -meditaba.

Esa pregunta que todos nos hacemos y que hoy Andrés Díaz, un autónomo “razonablemente satisfecho“, contesta en primera persona:

– Sí, reconozco que me va más o menos bien.

Tiene su local, trabaja de entrenador personal de gente que llega a él a través del boca a boca y que, en general, le pide ayuda para estar más a gusto consigo misma o para que su cuerpo sea más eficaz. Y entonces Andrés Díaz se pone manos a la obra como cuando empezaba una carrera.

-Sin la práctica la teoría no sirve para nada, pero la práctica sin la teoría es peligrosa -razona.

Hoy, ni siquiera tiene página web y tampoco es hombre de redes sociales (“sentí vértigo cuando  empecé en ellas”). Quizá sea una manera de ser: la suya. “Nunca hice grandes campañas de publicidad, porque prefería probarme, comprobar que valía para esto”. Y no le falta trabajo. “Hay días en los que empiezo a las siete y media de la mañana y no termino hasta las nueve de la noche, acabo agotado”.

Pero en el cansancio no se arrepiente de nada. Al contrario. Entonces se recuerda a sí mismo lo que el día que se retiró, cuando cogió esa depresión, hubiese dado por estar como está hoy: con una vida que le hace feliz y en la que ayuda a los demás a ser más felices como comprobó Ruben Ventureira, al otro lado del teléfono, tras el Mundial de Sevilla 99, hace justo hoy 21 años, en uno de los momentos cumbres de su vida en el que había focos y más focos.

Andrés Manuel Díaz, sin embargo, ya era un hombre que siempre trataba de decir que sí.


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