Con 83 años, se puede correr por debajo de 4’00″/km y hacer...

Con 83 años, se puede correr por debajo de 4’00″/km y hacer 375 abdominales diarias

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Manuel Alonso Domingo, medalla de oro en el Mundial master de Polonia con 3’04” en 800, nació meses antes de la Guerra Civil. Hoy, entrena 60 km semanales. “A mi edad todavía se pueden potenciar los cuádriceps y los isquiotibiales en el gimnasio”.

Tiene 83 años y, excepto los viernes, todas las mañanas se desplaza en Metro hasta la Ciudad Universitaria. De ahí baja hasta las pistas del INEF, donde le espera el único entrenador que ha tenido en los últimos 18 años, Antonio Serrano, que se refiere a él con una admiración infinita. Él es Manuel Alonso Domingo, el hombre de los tres nombres, que acaba de ganar la medalla de oro en los 800 metros en el Mundial de veteranos de Polonia con un crono de 3’04”, a menos de 4’00″/km a los 83 años. A esa edad, no puede existir un regalo de cumpleaños mejor.

Esta es, por lo tanto, una historia casi única en el mundo que nos demuestra que lo imposible no existe. Que hay algo más importante que la lógica: la imaginación. Que no soñar es peligroso. Que la edad no siempre es un impedimento. Que es natural que sintamos admiración por él y que nos dé envidia Manuel Alonso Domingo a quien he escuchado demasiadas veces antes y después de bajar del podio. Siempre me ha demostrado que Charles Chaplin llevaba razón. “Un día sin sonreír es un día perdido”. Por eso no me importa ponerle de ejemplo, incluso, a mi padre que es de su generación.

Nació el 21 de marzo de 1936, “meses antes de empezar la guerra civil” en la calle Ilustración, pegada a la Plaza de España. Podría estar cansado de vivir, pero eso sería un error imperdonable. Por eso su currículum deportivo sigue siendo un pozo sin fondo y su ambición un corazón en llamas. Su corta zancada es el pasaporte para sacar jugo de una palabra que le encanta: el sacrificio. De esa palabra, Manuel Alonso habla con verdadera devoción cada día que sale de casa. “Daría mi vida por ella”, admite. “Creo que el sacrificio vale para todo. Para vivir o para convivir, para trabajar o para correr; para ser uno mismo, en definitiva, y explicar lo que deseas”. Así que esa es parte de su energía, de su locura, de su pasión, capaz de relatar esas 375 abdominales diarias y todas esas semanas en las que se acerca a los 60 kilómetros en seis días de entrenamiento.

Esta es, efectivamente, la historia de un hombre que ha logrado lo que no logra casi nadie: detener el tiempo. Plantarle cara y vencerle y no se sabe cómo, porque su vida nunca fue fácil. Es más, en su vida laboral Manuel Alonso fue una prueba de que a veces en el riesgo está la virtud como demostró en aquel taller de motores eléctricos que montó en el barrio de Lucero de Madrid y que al principio sólo le daba para pagar las facturas y a los empleados. No más. Todavía recuerda que no tenía dinero ni para comprarse unos zapatos nuevos. “Tuve que ponerle cartones a los que tenía, porque las suelas estaban destrozadas, pero no me quedaba otra, porque estábamos esperando un pago a seis meses que nos debía hacer una empresa de 200.000 pesetas de las de entonces (1.200€)”.

Hoy, quizá esa anécdota sea un reflejo de lo que tantas veces sucede en la pista de atletismo, donde Manuel Alonso se comporta como una bestia de la naturaleza. Ha viajado por medio mundo acompañado de su mujer. Ha batido todos los récords habidos y por haber. Su álbum de fotografías está lleno de hazañas que nos parecen imposibles hasta que uno le escucha a él. “A los 83 años soy una prueba de que todavía se pueden potenciar los cuádriceps o los isquiotibiales en el gimnasio”. Por eso hay un día a la semana en el que hace gimnasio y su entrenador no ha apartado las series de su vida. Es más, ha rebajado sus tiempos de recuperación “para que luego se sienta más cómodo en competición”.

Esta es la historia de un hombre que, antes de ser atleta, se dejó media vida en su taller. Quizá eso también influya en esta historia que recuerda al hombre que, antes de dar el primer paso para montar ese taller en el barrio de Lucero, coincidió con su mujer: “Nada tenemos, nada perdemos”. Fue el sexto sentido de las mujeres, porque “a mí me daba miedo arriesgar mi sueldo fijo, y mira que por las tardes cuando llegaba a casa y hacía mis trabajos por libre me daba cuenta de que ganaba más dinero así que con la nómina que tenía en la empresa. Pero tuvo que ser ella la que me convenció para que dejase de pensar de una vez y tirase para adelante”.

Después, fue un éxito, pero el éxito siempre tiene un precio. “Yo, que había empezado a trabajar con 14 años, estuve 54 con el mono puesto, porque aunque luego el taller fuera mío, debía estar al pie del cañón. Éramos, en realidad, tres empleados y yo, días y horas a veces interminables”. Y se jubiló muy tarde, a los 68 años, pero la diferencia es que aún le quedaban fuerzas para convertir la jubilación en una segunda juventud: habría que ver cuántos de nosotros le ganaríamos en una carrera. No hay más que escuchar a Antonio Serrano, su entrenador, que para correr 800 o 1.500 metros, excepto en época de cross, ya no le permite pasar de los 3 km en series. “Las de 200 le salen a 40 segundos; las de 400 a 1’30”-1’32” y las de 500 a 153″.

Esta también es la historia de un inconformista que cada noche en la cama sigue imaginando una y mil veces las carreras en las que participa. De ahí que su nombre, Manuel Alonso Domingo, nos defienda frente a nuestros defectos. “El atletismo no te miente nunca. Quizá por eso tengo una relación tan estrecha con este deporte, esa complicidad, esa seguridad en lo que hago, en la gente que me rodea o en mi entrenador, uno de esos personajes mágicos que así pasen los años siempre será capaz de sorprenderme”. Pero lo que su entrenador no le dice es que el día que lo deje lo va a echar tanto de menos que no sabe cómo lo solucionaría, quizás porque esas cosas no se dicen en la vida real. Se sienten, que es más importante.

Sin embargo, el 1 de abril, once días después de cumplir 83 años, Manuel Alonso Domingo no tiene pensado dejarlo. Al contrario. Sólo está una semana de descanso tras el éxito del Mundial de Polonia, donde su entrenador volvió a echar cuentas. “El primer clasificado en la categoría de 85 años fue un atleta japonés que hizo 3’46” en 800. No creo que Manolo, que ha hecho 3’04”, pierda tanto en dos años”. Pero quizá el gobierno de toda esta historia no sea el de de ser invencible, sino el de seguir haciendo caso a Charles Chaplin. “Un día sin sonreír es un día perdido”.

Y eso no lo vamos a consentir. No lo va a consentir él, Manuel Alonso Domingo, que, en realidad, es un viejo dinosaurio que, a los 56 años, llegó a correr el maratón de Madrid en 2 horas y 48 minutos, a una media de 4’00″/km. Desde entonces, han pasado 27 años, pero ni su corazón ni su cerebro se han cansado de competir ni de entrenar, la fuerza de voluntad. Por eso solo nos falta pedir, para él, el Premio Príncipe de Asturias. Explicar a los que no lo entiendan que, al principio, los de su generación le acusan de loco por hacer lo que hace. Luego, le dicen, ‘si supieras la envidia que te tengo…’ Pero no sólo ellos. También nosotros, que podríamos ser sus nietos. La diferencia es que nosotros no nacimos tan pronto como él. Toda una enciclopedia del sacrificio que se actualiza cada día como si fuese una página web. Y eso es lo que le rejuvenece a él y a todos los que no nos importaría ser como él: Manuel Alonso Domingo, el hombre de los tres nombres.

@AlfredoVaronaA 

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