Eterno Andy Murray

Neus Yerro

Andy Murray cambió ayer la historia del tenis británico al erigirse en campeón de Wimbledon ¡77 años después de la última victoria de un jugador local! Fred Perry puede descansar, al fin, en paz tras ver finalizada la sequía más larga de la historia en un Grand Slam. Murray se imponía por 6-4, 7-5 y 6-4 a Novak Djokovic tras tres horas y nueve minutos y hacía estallar a la grada del All England Club, repleta, sin una silla vacía y, al igual que 'Murray Mount' (anteriormente 'Henman Hill'), volcada desde mucho antes del inicio de la final en su hombre, próximamente 'Sir Andy Murray'.

"El año pasado (la final perdida con Federer después de anotarse el set inicial) fue uno de los momentos más duros de mi carrera", confesaba Murray. Con ese recuerdo y con el conocimiento de que él era capaz de ganar en la hierba del All England Club -lo hizo colgándose el oro olímpico dejando en el camino a Djokovic (semifinales) y Federer (final)- así como también un Grand Slam -se estrenó en el US Open 2012-, salió dispuesto a no dejar escapar la ocasión. Enchufado desde el inicio ante un Djokovic al que se vio más dubitativo que de costumbre, menos efectivo con sus golpes, enfadado con su juego y con su rendimiento pero que tiró de orgullo.Novak estuvo desdibujado, con sus golpes no lograba sacar al británico de su zona de juego y tenía que forzar al límite... propiciando los errores (en total, 40 del serbio por 21 del escocés) lo que minaba aún más su confianza. Prueba de que no estaba cómodo es que el número uno mundial dejó escapar una ventaja de 4-1 en el segundo set y de 4-2 en el tercero, algo poco habitual. 

Tras la pérdida de la segunda manga, 'Nole' se enfrentaba a una tarea épica: desde 1927 nadie ha logrado levantar la pérdida de los dos primeros sets de la final en Wimbledon. Entonces fue Henri Cochet quien lo hizo ante su compatriota Jean Borotra, salvando además 6 'match balls'. Necesitó cuatro Murray. Porque en el momento en que servía para título, el brazo se encogió, nervioso como nunca lo había estado en su vida. En el palco, su madre, Judy, sufría y también Ivan Lendl, su entrenador, el hombre al que le consumió la obsesión por la corona londinense... y que el el domingo vio cómo su pupilo levantó el trofeo."Estoy contento de haber sido capaz de ayudarle a ganarlo como entrenador", decía Andy mientras Lendl sonreía. Era la primera vez que lo hacía.

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