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Conchita, reina de Wimbledon

Dos de julio de 1994. Conchita Martínez gana su primer y único título de Grand Slam. Lo hace en ‘La Catedral’, ante la reina del All England Club, Martina Navratilova, que buscaba su décima corona en Wimbledon. Una tarde para la historia y una jornada que, veinte años después, todavía le trae buenos recuerdos a la actual capitana de Copa Federación que la semana pasada viajó a Londres. “Son días muy especiales, volver a Wimbledon siempre es especial”, confiesa.

Neus Yerro

Es un Grand Slam distinto al resto. Con sus virtudes y sus defectos. Y con una superficie, la hierba, que en los tiempos de Conchita, no era del agrado del tenis español. ¿Qué era lo que tanto les incomodaba? 

En su caso, “muchas veces no acepté que no pudiera jugar de una manera similar al resto de superficies. Tuve que adaptarme. Cuesta. Al cabo de los años, por madurez, acepté situaciones en las que supe que había que cambiar cosas, que a lo mejor iba a estar más incómoda, pero que a la larga… Hay que aceptar que la bola va rapidísima. Que los movimientos tienen que ser más cortos. Que en muchas situaciones no puedes jugar mezclando bolas altas, como me gustaba en tierra”, explicaba en una entrevista en Londres con ‘El País’.

Pero la semifinal alcanzada el año anterior –un año mágico en el que sumó 71 victorias en el circuito y logró una cosecha de cinco títulos– le abrió los ojos a la tenista aragonesa. Y también el devenir del torneo en 1994, con Steffi Graf eliminada en primera ronda –“en el único día que llovió”, recuerda–, ganando partidos muy disputados, a tres mangas, en las últimas rondas hasta que llegó el gran día. El día que, al otro lado de la red estaba “un icono”, la mujer que había levantado nueve veces el ‘Venus Rosewater Dish’, el trofeo que recibe la campeona de Wimbledon, su ídolo. Martina tenía 38 años, Conchita, apenas 22.

“Era muy agresiva, incómoda, te ponía presión continuamente, cada vez te forzaba a pasarla, porque subía constantemente”, detalla. Curiosamente, pese a tratarse de una final, pese a tener que vérselas con Navratilova, Conchita sentía que era “una oportunidad muy grande. Tenía mucha confianza en mí misma porque la había ganado en Roma. Me acuerdo de lo bien que funcionaron mi revés liftado y mi resto”.

Si a ello añadimos su derecha y su inteligencia en la pista, variando los golpes, buscando la incomodidad de la rival (variedad, algo que en la actualidad la campeona de Monzón echa de menos), y la valentía y serenidad necesarias para ir a por el partido. Porque Conchita acabó el duelo subiendo a la red. Sí, subiendo a la red, provocando el error de revés de la estadounidense que propiciaría que, segundos más tarde oyera ese delicioso ‘juego, set y partido’ que significaba que sí, que era la campeona de Wimbledon: 6-4, 3-6 y 6-3 en una hora y 59 minutos. Los mejores de su vida. 

Lanzó la raqueta al suelo y gritó. Miró hacia su gente. No sabía qué hacer. Hacia dónde ir. La esperaba Martina para ‘conducirla’ en el protocolo del All England Club. De las lágrimas en su silla, mientras esperaba la ceremonia de entrega de premios a un rostro que era sinónimo de felicidad al levantar el trofeo. Los nervios iban por dentro. Porque iba a conocer a Lady Di. Y, a la noche siguiente, la esperaba el ‘Baile de los Campeones’. Afortunadamente, ya no había que bailar con el campeón, Pete Sampras. Se había convertido, únicamente, en una cena.

Recuerdo el vestido. Estaba muy bien. Fui superemocionada, nerviosísima, porque tenía que hablar en público. Cantidad de fotos, firma de autógrafos, de tradiciones...”. Pero ella, encantada de la vida.

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