Por fin un esprint en la Vuelta

La carrera aparca por un día la batalla en las montañas, dribla elviento del Moncayo y el irlandés Sam Bennett se lleva el triunfo en Ejeade los Caballeros

Roglic retuvo la roja con 5 segundos sobre el irlandés Dan Martin (UAE) y 13 respecto al ecuatoriano Richard Carapaz

Bennett en su llegada a la meta.
Bennett en su llegada a la meta. | EFE

Hasta que no se ve un esprint en directo no se puede apreciar la tremenda velocidad que pilla un pelotón que se alarga más de 100 metros entre los corredores que van en cabeza y los que se sitúan más rezagados.

En la meta de Ejea de los Caballeros, una de las Cinco Villas de la provincia de Zaragoza, apenas había cuatro espectadores. Tampoco se producían empujones, ni gritos entre el inexistente público para poder colocar la cabeza y no perderse el duelo de la velocidad. Los ciclistas aparecían tras una rotonda, que asomaba sobre la meta aragonesa. Se observaba la moto que precedía a los corredores y, a continuación, lo que siempre se ha venido a llamar como una serpiente multicolor que se mueve a velocidad de vértigo, a más de 60 por hora, con la prohibición de frenar o mirar atrás porque entraña un peligro múltiple, una caída de fatales consecuencias que arrastra a un montón de corredores.

Van lanzados y en el silencio de una meta aragonesa casi vacía se escucha el sonido del pedaleo y el ruido de las ruedas, más de 300 que ruedan al compás de los más veloces, de Sam Bennett, uno de los mejores del mundo, el que tiene que realizar una remontada final para ganar en Ejea con el tiempo suficiente de levantar un dedo para decirles a los demás que ha sido el mejor en un día en el que se temía el viento, pero que al final quedó solo en un susto.

A Bennett se le recuerda en los Campos Elíseos. Allí ganó la última etapa del Tour. A París llegó vestido con el jersey verde, el que quería conquistar por octava vez Peter Sagan. Pero este robusto corredor irlandés se lo impidió. Su abuelo, con más de 90 años, quería viajar a la capital francesa porque el nieto le había prometido la victoria. Y estuvo a punto, aunque al final toda la familia le recomendó que se quedara en Dublín, porque a su edad, y con el covid amenazando de por medio el viaje no era recomendable. «Él habría disfrutado viéndome en París pero con el covid era mejor que se quedase en casa y no viajara. De hecho, lo vio mejor por tele. En directo solo habrían sido 10 segundos».

En apenas 10 segundos recorre Bennett los últimos 200 metros de la etapa para demostrar que los esprints tienen cabida en una Vuelta cargada de montaña, tanta, que si se ve obligada a cambiar una, como el Tourmalet, aunque sea insustituible, enseguida encuentra una alternativa, en este caso la de Formigal, mañana en el Pirineo de Huesca.

Pero, es que a la vez hay que tener más moral que el Alcoyano para apuntarse a la Vuelta siendo un velocista, quizá junto al francés Arnaud Démare que ha ganado cuatro etapas en el Giro, el mejor de forma en el pelotón mundial. Porque oportunidades lo que se dice oportunidades tendrán pocas, un par más a lo sumo, antes de la clásica llegada a Madrid. Y, por el camino, el velocista tendrá que comerse todas las montañas ubicadas al norte de la Península Ibérica, para empezar hoy mismo por los alrededores de Sabiñánigo. Sin olvidar tampoco las temperaturas desagradables, frío y lluvia, propias del otoño de la zona norte de España. Por eso, Bennett no quiso desaprovechar la ocasión, no sea caso que se le indigeste alguna cumbre más de la cuenta y se tenga que retirar o una escapada le tumbe los planes con un esprint en el horizonte.

Fue el día para que los que van a pelear por la general se refugiaran atentos al viento tras la barrera de la Vuelta. Todos con las orejas tiesas por si el aire soplaba de costado y se liaba una batalla para tratar de cortar al pelotón en mil pedazos. Tras los tres días iniciales respiraron Primoz Roglic, Dan Martin, Richard Carapaz y Enric Mas, los cuatro primeros de la general. Solo vieron a lo lejos la imagen del Moncayo, aunque con su viento calmado.

«Mi objetivo es llegar de rojo a Madrid», avisó, por si alguien tenía dudas, un Roglic que parece motivadísimo y hasta simpático. Cada día se despide, en perfecto castellano, con un «hasta luego», para borrar la imagen esquiva que mostró el año pasado cuando ganó la Vuelta, pero que ya empezó a corregir en septiembre cuando se puso de líder en un Tour que al final le quitó su compatriota esloveno Tadej Pogacar, gracias a la inolvidable contrarreloj en la Planche des Belles Filles. Pero es que tampoco sería de extrañar que el jersey rojo, símbolo de la Vuelta, lo llevase Roglic de aquí al final, si resiste el acoso de contrincantes como Carapaz o Mas. Equipo, tal como demostró el Jumbo, tiene de sobras, porque no fue por sus compañeros que perdió el Tour sino por culpa de un día de gloria de Pogacar en los Vosgos. Desde 1993, con el suizo Tony Rominger, nadie ha ido vestido de líder de principio a fin.

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