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Ni Barcelona ni Nápoles: Esta ciudad del Mediterráneo es el secreto mejor guardado del invierno europeo

Con 111 barrios repletos de colores, acentos y aromas, la cosmopolita urbe portuaria de Marsella ofrece una visita cargada de sorpresas en esta época del año.

El atardecer desde el Fuerte Saint-Jean invita a contemplar la calma del Mediterráneo en invierno

El atardecer desde el Fuerte Saint-Jean invita a contemplar la calma del Mediterráneo en invierno / Massimo Municchi

Elena Ortega - Club VIAJAR

Elena Ortega - Club VIAJAR

A veces parece una gran metrópolis marinera, otras se muestra como un sosegado pueblo de la Provenza entre el mar y la montaña. Marsella tiene muchas caras, pero para descubrir la más auténtica hay que hacerlo en invierno, cuando sus calles se vacían dando paso a la verdadera esencia local. Con más de 300 días de sol al año, el clima no es un problema para disfrutar de este destino, siempre luminoso, gastronómico y con infinidad de propuestas culturales.

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La segunda ciudad más grande de Francia cuenta con una historia que se remonta 2.600 años atrás, lo que la convierte en un apasionante mosaico de culturas y sabores. Fundada por los griegos de Focea alrededor del año 600 a.C. , sus barrios invitan a deleitarse con esa apasionante amalgama étnica o a explorar sus paisajes, sin aglomeraciones e iluminados por la luz invernal. El deleite premiará con deliciosos sabores, calles cargadas de autenticidad y paisajes con el Mediterráneo como telón de fondo. Nadar y practicar otros deportes acuáticos como el kayak, windsurf o kitesurf, serán opciones perfectas para disfrutar de él incluso en invierno.

Una ciudad con más de 100 barrios

Nada menos que 111 barrios distintos perfilan Marsella. Cada uno con su propia personalidad, conviene descubrirlos sin prisa, dejándose llevar por el ritmo que impera en este periodo. 

El más antiguo de la ciudad es el de Panier, caracterizado por su creatividad, especialmente presente en las galerías de arte y talleres de artesanos que ocupan sus animadas calles.

El barrio del Panier, el más antiguo de Marsella, combina arte callejero, cafés y vida local auténtica

El barrio del Panier, el más antiguo de Marsella, combina arte callejero, cafés y vida local auténtica / Massimo Municchi

En el Vieux-Port (Puerto Viejo) los pescadores venden las capturas del día. Las fachadas de Cours Julien ejercen como lienzos infinitos para artistas urbanos. Después de contemplarlos conviene adentrarse en sus cafeterías de aires bohemios y en las tiendas de ropa vintage que salpican sus calles. A poca distancia se ubica L'Estaque, el barrio marinero tantas veces inmortalizado por pintores impresionistas. Dejarse inspirar por sus postales mientras probamos un cucurucho de panisses recién hechas, una especie de patatas fritas elaboradas con harina de garbanzo, terminará de sumergirnos en la vida marsellesa.

Para una Marsella aún más tranquila hay que ascender a las colinas de La Treille, lugar donde creció Marcel Pagnol. El cineasta, dramaturgo y novelista encontró aquí la mejor inspiración para su obra.

Los sabores de Marsella

Si algo hace especial a Marsella son sus platos, y el invierno es un momento ideal para degustar los más icónicos. Entre ellos destaca la bouillabaisse, la típica sopa de pescado. Este guiso está aderezado con azafrán. Para probarlo en su versión más tradicional, conviene dirigirse a direcciones de referencia como Chez Fonfon, Chez Michel, Madie les Galinettes, Le Miramar o Le Rhul y otros establecimientos del puerto. En cambio, Bouillabaisse Turfu propone una versión más moderna y asequible de este símbolo de la gastronomía marsellesa. Algunos chefs, además, ofrecen la posibilidad de ser acompañados a por el pescado del día antes de mostros a sus comensales cómo se prepara.

La bouillabaisse, el plato estrella marsellés, se degusta mejor junto al mar

La bouillabaisse, el plato estrella marsellés, se degusta mejor junto al mar / Edwige Lamy

Los sabores marselleses también se descubren a orillas del mar, donde es común encontrar bandejas de mariscos compuestas por ostras, erizos y almejas. Especias, quesos, aceites, dátiles y panes recién salidos del horno encabezan los de los mercados y las calles del centro, donde también están presentes las pizzas -o “pizzes”, como las llaman los marselleses-, las mesas libanesas, tunecinas y provenzales.

En febrero el sabor predominante es el de las navettes, unas galletas con aroma a flor de azahar que simbolizan las barcas de los pescadores y se comen durante las fiestas de la Candelaria.

Para quienes busquen alta cocina, Marsella cuenta con varios chefs con estrella Michelin, como Alexandre Mazzia, Gerald Passedat o Michel Marini, quien ha obtenido una estrella por Belle de Mars.

Un viaje cultural

Marsella no para de reinventar su panorama cultural, con una agenda muy activa en cualquier momento del año, aunque será en invierno cuando los museos y espacios culturales se disfrutan sin multitudes ni colas. 

En un edificio vanguardista levando junto al mar, el Mucem (Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo) acoge una interesante muestra sobre historia, migraciones y cultura mediterránea. A esta visita imprescindible se suman el Palacio Longchamp, sede de los museos de Bellas Artes y de Historia Natural, rodeado de jardines en los que siempre apetece dar un paseo.

El icónico MUCEM, símbolo de la Marsella contemporánea, con el puerto y la Basílica de Notre-Dame de la Garde al fondo

El icónico MUCEM, símbolo de la Marsella contemporánea, con el puerto y la Basílica de Notre-Dame de la Garde al fondo / Edwige Lamy

En el histórico barrio del Panier se aloja La Vieille Charité, un edificio transformado en centro cultural. Los amantes del diseño no deben perderse espacios como La Friche Belle-de-Mai, un complejo industrial convertido en centro artístico, o la moderna Cité radieuse de Le Corbusier.

La música pone el broche a la noche, desde el jazz hasta los ritmos electrónicos pasando por otros estilos que contagian la atmósfera bohemia y multicultural de la ciudad.

Paisajes de invierno

Frente al puerto se alza el archipiélago de Frioul, donde el castillo de la isla de If inspiró a Alejandro Dumas para ambientar allí parte de su célebre novela El conde de Montecristo. El mejor lugar para contemplar las islas del archipiélago de Frioul es desde la Basílica de Notre-Dame de la Garde, restaurada recientemente.

Marsella está abrazada por espectaculares espacios naturales que recorrer en bicicleta eléctrica para sortear sus cuestas, desde la Corniche Kennedy al parque Borély, en el que se encuentra el museo del mismo nombre, dedicado a la moda y al diseño. Entre la naturaleza más reseñable sobresalen los acantilados blancos y calas bañadas por aguas turquesas del Parque Nacional de las Calanques, un entorno donde practicar escalada o senderismo y terminar de enamorarse de este Mediterráneo cargado de autenticidad.

En invierno, Marsella no se presenta solo como un destino, sino como una experiencia que invita a prolongarse con un producto "Fabricado en Marsella", como jabones, postales, joyas y artesanía única.

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