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Ferrer: Un talento desaprovechado

Miquel Ferrer jugó un partido oficial con el FC Barcelona la temporada 1951-52
Miquel Ferrer jugó un partido oficial con el FC Barcelona la temporada 1951-52 | sport

En la gloriosa e inolvidable temporada 1951-52, la de las Cinc Copes, brillan con luz propia nombres míticos en la historia del FC Barcelona. Imposible hablar de aquellos tiempos sin mentar a Kubala y su distinguida tropa de elite integrada por Ramallets, Biosca, Segarra, Martín, Gonzalvo III, Seguer, Manchón, César, Vila, Basora... Un equipo que marcó época. Pero 24 fueron los jugadores que Ferdinand Daucik, el entrenador, alineó en Liga aquella laureada campaña. Uno de ellos, Miquel Ferrer, solo apareció en una formación; otros como Tejedor, Brugué y Velasco, en dos. Y Escudero, Torra y Moreno, en tres. Pero todos aportaron su granito de arena para elevar al equipo a lo más alto. Todos sudaron la camiseta y entregaron lo mejor que tenían. Todos fueron campeones. El inexorable paso del tiempo arrinconó a los protagonistas con menor recorrido en la entidad hasta caer en un inmerecido e imperdonable olvido.

Rescatamos hoy la figura del entonces jovencísimo Miquel Ferrer Aymami, nacido en Les Borges del Camp (Tarragona) el 28 de noviembre de 1931. Tenía 19 años cuando debutó con el primer equipo, el 30 de septiembre de 1951, en Les Corts contra el Valencia (1-3).

La historia de Ferrer arranca en tierras tarraconenses. Sus padres se conocieron en Les Borges del Camp. Ella, Madrona, era natural de esta localidad y trabajaba en el estanco que regentaban sus progenitores. Él, Miquel, había abierto un taller mecánico allí y era fumador, por lo que las visitas al establecimiento para hacerse con tabaco eran una constante. El flechazo fue de manual. Después del noviazgo y la boda, el matrimonio fijó su residencia en Barcelona, donde la familia del padre de Miquel tenía otro taller. Pero la madre de Ferrer, que tenía una hermana en el pueblo, no dudó en dar a luz a su primer hijo en Les Borges.

"De sol a sol con el balón"

Con Miquel en el mundo, la pareja regresó a Barcelona, aunque los veranos el pequeño Miquel los pasaba en su localidad natal. También pasó toda la guerra civil. Y en aquellos años de penuria, en los que poco o nada podía hacerse, el fútbol se apoderó de nuestro protagonista. “Nos pasábamos el santo día con el balón. Patada va, patada viene... Apenas había coches por las calles, nadie nos molestaba. De sol a sol con el balón. Además, jugar al fútbol no costaba dinero, era una manera de pasarlo bien y divertise barata”, recuerda, para agregar que “era mi abuela la que nos hacía los balones. Balones de trapos cosidos...”.

"Si pruebas, te quedas"

Ferrer siempre destacó por un juego cerebral, técnico y elegante. En el colegio todos los niños querían estar en su equipo. Era el que mejor la tocaba. Con 14 años, un compañero lo animó a presentarse al FC Barcelona, que había convocado unas pruebas, pero era muy vergonzoso. Dudó. “Si pruebas, te quedas”, me dijo mi amigo. Y lo convenció. La cita fue un jueves, por la tarde. Lo recuerda como si fuera ayer.

Ramon Llorens, exguardameta del Barça, entonces entrenador de los equipos inferiores, no pudo despegar los ojos de Ferrer durante el partidillo. “Cuando terminó la práctica nos dirigimos a los vestuarios y fue entonces cuando vi que se acercaba Llorens: ¡Nen, vine, vine! (¡Niño, ven, ven!), gritó. Y me  preguntó cuántos años tenía. ¿Solo 14? Él creía que tenía 16 o 17 porque era altito y tenía cuerpo”, rememora. En cualquier caso, la edad fue lo de menos. Llorens invitó a Miquel a presentarse al Pasaje Méndez Vigo, donde el FC Barcelona tenía su sede, para que le abrieran una ficha. “Avisó que pasaría y firmé con permiso de mis padres”, dice.

Pasó a entrenarse cada jueves con el equipo amateur del FC Barcelona. Entonces no había otros ‘escalones’. Y allí jugó con chicos de más edad en la posición de interior por banda izquierda. Ferrer no ha olvidado ese amateur que cuasó sensación por aquel entonces: “Garriga; Roma, Blanch; Llavería, Biosca, Vallés; Martí, Bosch, Aloy, Ferrer y Manchón”. Un equipo que se proclamó campeón de todo la temporada 1945-46.

Ascendió a Primera con La España Industrial

Después dio el salto a La España Industrial, que en 1949 pasó a ser el filial del Barça. “Empezamos en Regional, pero ascendimos una categoría tras otra. Incluso un año (1952-53) tuvimos que renunciar a jugar en Primera”. Antes, sin embargo, le llegaría el gran momento de debutar con el primer equipo, el 30 de septiembre de 1951, en Les Corts. “Fue contra el Valencia, en la cuarta jornada de Liga, perdimos 1-3”, recuerda. Ese día, pese a jugar Kubala, poco pudo hacer. El húngaro actuó mermado físicamente y al final del duelo se le diagnosticó una distensión en el ligamento lateral externo del tobillo y una artritis traumática de la primera articulación metatarsofalángica.

"Fui todo nervios"

¿Por qué no tuvo continuidad Ferrer? El propio Miquel asegura que “no cuajé... No me atreví a hacer mi juego, mis cosas. Siempre había sido el técnico del equipo, pero hacerlo en el Barça, con 19 años...”. No se soltó, no arriesgó. “Lo pasé fatal. Fui todo nervios”, añade. Además, perder el partido también le hizo daño anímicamente. Y en el equipo había jugadores de la talla y experiencia de Gonzalvo III, Martín, Seguer, Szegedi... La verdad es que no era nada fácil hacerse un hueco. Sí lo consiguió Bosch, que cuando llegó no hubo quien le moviera.

De regreso a La España Industrial, Ferrer volvió por sus fueros. Dominaba la zona ancha, tocaba, era el timonel. Ordenaba y mandaba. Y cuando el equipo sorprendió logrando el billete para Primera junto al Deportivo después de superar una dura promoción, muchos equipos se fijaron en los valores del filial barcelonista. Pero no escuchó cantos de sirena. Siguió en La España Industrial, que había renunciado a la división de honor. Jugó un curso más (1953-54) con el equipo de Hostafrancs y, en el siguiente, el Oviedo (en Segunda), lo convenció para que brillara con la elástica azulona.

Ferrer emprendió la aventura junto a otros dos compañeros, Duró y Aloy. Los tres entraron en la operación Mandi, que recaló en las filas del Barça procedente del Oviedo. Ferrer jugó cuatro años en el Carlos Tartiere (desde el curso 1954-55 al 1957-58), siempre en Segunda, alcanzando el anhelado ascenso directo en el último ejercicio después de una lucha sin cuartel con el Sabadell. Pero dijo basta. Las lesiones, el tiempo fuera de casa y la pérdida de ilusión por el fútbol lo llevaron a tomar la decisión de colgar las botas. Tenía solo 26 años. “Fernando Argila, exguardameta del Barça, entonces entrenador del Oviedo, me pidió que siguiera. Me había hecho capitán del equipo la segunda temporada, confiaba en mí, pero las cartas ya estaban echadas. Lo siento míster, me voy, le dije”. Renunciaba, en plena madurez, a volver a saborear las mieles de la Primera División, que había catado fugazmente siete años atrás...

Del césped a la fábrica de material eléctrico

Ferrer, de nuevo en Barcelona, se casó con su novia Montserrat y pasó la página del fútbol sin traumas, sin nostalgia. Fuerte mentalmente, dio un giro radical a su vida. Del césped se fue a la fábrica de material eléctrico que tenía su padre. Se había graduado como périto industrial y quería colaborar con su familia después de comprobar que valía para el deporte y, si hubiera querido, habría podido ganarse la vida sobre los terrenos de juego. Ferrer no se preocupó nunca más por el fútbol y solo recuperó la afición cuando “volvieron a dar partidos regularmente por televisión”. Jubilado, vive en Salou junto a su esposa, con la que tuvo cuatro hijos: Judith, Odina (q.e.p.d.), Miquel y Jordi.

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