CICLISMO
Pogacar se convierte en el Dios del Tour
Estratosférica victoria del fenómeno esloveno en la cumbre de Hautacam donde somete a toda la carrera y ya se sitúa con más de tres minutos de ventaja en la general sobre Jonas Vingegaard

Pogacar triunfó en Hautacam

Tipos excepcionales hacen grande al Tour. Fausto Coppi, Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault, Miguel Induráin… y Tadej Pogacar. Si no fuera por ellos, el Tour no sería lo que es y cumbres de aúpa como Hautacam ni figurarían en la leyenda de la carrera. Son los personajes que demuestran al resto de humanos que no hay nada que hacer, que cuando atacan lo hacen por un triple motivo: empezar a ganar la carrera, adjudicarse la etapa y endosar un paquete de minutos al segundo clasificado, una losa para hundirlo no sólo en lo físico, sino en lo moral.
El Tour es Pogacar y Pogacar es el Tour, monta tanto el corredor como la carrera. Es el ciclista que arranca una sonrisa a Emmanuel Macron, de visita, situado junto a la línea de meta, en mangas de camisa y corbata, una alegría para el presidente en plena crisis francesa tras anunciar unos recortes que asustan a buena parte de la población.
Hautacam es Pogacar, como lo fue, bajo la niebla, la cumbre en la que Induráin comenzó a labrar una cuarta victoria consecutiva, dándose cuenta los rivales, como este jueves 31 años más tarde, que no hay nada que hacer, sólo sufrir y esperar como un milagro en la base del puerto, donde se sitúa la población de Lourdes, que tenga un mal día, que se le crucen los cables y que no acabe igualando o batiendo los registros de Merckx y las ocho etapas que consiguió por allá 1970.
Pogacar es el que manda a su gregario ecuatoriano Jhonatan Narváez que ponga la bici en plan centrifugadora. Salta el fenómeno esloveno a rueda de su ayudante, que le hace 100 metros de fueraborda, a 12 kilómetros de la cima, con la inmediata respuesta de Jonas Vingegaard, una reacción que se convierte en un espejismo. El Tour es Pogacar y el resto sube como puede lejos de su poderío incontestable. Él es el Rey Sol y los demás son súbditos que sudan la gota gorda, en un día de mísero calor, asqueroso, de moscas enganchadas, que toman a los ciclistas por vacas y a los espectadores por pastores.
A 12 kilómetros de la cumbre de Hautacam, Pogacar hace algo más que mostrar la candidatura para sumar la tercera victoria de etapa. Muestra que él y sólo él es el que manda, que da igual que Vingegaard haya sacrificado a su equipo durante la ascensión al Soulor, el primer puerto con cara y ojos que llega a la 12ª etapa de competición. Da lo mismo, porque cuando Pogacar enfila las primeras rampas de Hautacam parece que navegue en llano y no en subida.
Es un animal que asciende a 26 por hora, la velocidad de crucero de cualquier cicloturista bien dotado en el llano. Es un salvaje que va quitando 10 segundos por kilómetro a su rival danés, que se ducha en agua, que trata sin éxito de refrescarse como si estuviera en una pesadilla de la que desea despertar, un mal sueño que comienza a repetirle aquello de: ‘chaval, este año tampoco ganarás el Tour’.
Pogacar es el ciclista que domina de marzo a octubre, que gana todo lo que se le cruza y que tampoco tiene miedo a enfrentarse a un adoquín en Roubaix, en abril, aunque se caiga por falta de experiencia, o a los Pirineos en el Tour, hasta el punto de que no es ningún despropósito darlo este viernes por favorito en la cronoescalada a Peyragudes y el sábado como el corredor que puede ganar en Superbagnères. No hay otra y no hay que cansarse de repetirlo: él es el Tour y los demás peones sobre la bici que no pueden hacer otra cosa que aplaudirlo y rendirse a su estratosférico poderío.
Ni un segundo de regalo
No levanta los brazos hasta cruzar la línea de meta porque no quiere regalar ni un segundo. Con un dedo señala al cielo en recuerdo de Samuele Privitera, un chico de 19 años que murió en la noche del miércoles a consecuencia de una caída sufrida en la primera etapa del Giro del Valle de Aosta. “Fue muy duro para la familia ciclista. Lo leí al levantarme y en el último kilómetro no hacía otra cosa que recordarlo”.
Fue la nota emotiva en un día clave para el Tour y para Pogacar. “No sabía cómo iba a reaccionar mi cuerpo después de la caída en Toulouse. Afortunadamente no fue grave y la cadera sólo me duele si hago alguna acrobacia”. Pero no en bici, en el día de la venganza sobre Vingegaard porque aquí, en Hautacam, se le esfumó el Tour hace tres años, en la primera de las dos victorias que Vingegaard le quitó a Pogacar.
Ahora todo es distinto. Ahora Vingegaard ya está a 3.31 minutos en la general y el jersey amarillo ya se le empieza a convertir en una especie de Tourmalet, adonde se asciende el sábado.
Y porque después de Vingegaard el Tour es un drama, con Remco Evenepoel que quiere y no puede y hace sufrir a Mikel Landa, desde casa, mordiéndose las uñas porque la vértebra fracturada en el Giro le ha impedido ayudar a su compañero belga.
Lee los WhatsApp y muestra que le habría gustado estar animando en la cuneta mientras cruza los dedos para estar a punto en una Vuelta que lo necesita para animar el pelotón, en el día en el que Carlos Rodríguez pierde 12 minutos y Enric Mas, 16. Aplausos a dos ciclistas modestos, del Arkéa, un andaluz de El Ejido, Cristián Rodríguez, y un madrileño de Tres Cantos, Raúl García Pierna, que son los primeros españoles en cruzar la meta de Hautacam.
Todos lejos del Dios del ciclismo, de un Pogacar que corre con las piernas de Merckx, el alma de Anquetil, la cabeza de Hinault y con la cara de buen tipo que siempre lució Induráin. “He hecho lo que me he propuesto”, confiesa tras ganar. Y lo propuesto no era otra cosa que destrozar el Tour.
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