Mick Herron, el "mejor novelista de espionaje" detrás de 'Slow horses'

Mick Herron, el "mejor novelista de espionaje" detrás de 'Slow horses'

El novelista Mick Herron.
| Roser Ninot / Salamandra

Hablamos con el célebre novelista sobre los libros que han dado pie a la serie con Gary Oldman, cuya segunda temporada se estrena este viernes

Hace solo unos días, en la mismísima 'The New Yorker' se preguntaban: "¿Es Mick Herron el mejor novelista de espionaje de su generación?" Para los compradores del más de millón de copias vendidas de su serie sobre Jackson Lamb, la pregunta es retórica. No hay nada en la ficción de espionaje actual como ese desarrapado pero astuto espía y sus 'caballos lentos', agentes del MI5 que cometieron algún error y fueron enviados a un anexo dejado de la mano de Dios, la Casa de la Ciénaga, donde se dedican a la clase de papeleo que podría hacer a uno tirar la toalla. Podría, solo podría: ellos no pierden ninguna oportunidad para tratar de redimirse, para recobrar su dignidad.

El mismo Herron tampoco se rindió, a pesar de los embates: 'Caballos lentos', novela inaugural de la saga (aquí disponible en Salamandra junto a las tres siguientes), no fue ningún éxito en 2010 y la editorial Constable declinó lanzar su continuación, 'Leones muertos'. Pero quedan resquicios de justicia cósmica y, salvada por Soho Press, aquella secuela acabó logrando el prestigioso premio Gold Dagger a la mejor novela negra del año. En ella se basa la segunda temporada de la aplaudida serie 'Slow horses' (Apple TV+, desde el viernes, día 2), en la que el deliciosamente desagradable Lamb (Gary Oldman) y su equipo tratan de demostrar que el espía retirado Dickie Bow (Phil Davis) no murió de un infarto sino asesinado.

Fidelidad al original

Sobre todo en la primera temporada, el equipo de guionistas liderado por Will Smith (no el actor de 'Ali', sino el socio de Armando Iannucci en 'The thick of it' o 'Veep') ha sido respetuoso al límite con la obra de Herron. "En los primeros episodios, incluso palabra por palabra, en ocasiones", nos explica por videollamada el escritor de Newcastle upon Tyne. "Pero tampoco fue algo que yo exigiera. Las gramáticas de la página y la televisión son muy diferentes, así que a menudo hacen falta cambios. En la segunda temporada han cambiado mucho la trama. Pero siguen clavando a mis personajes y eso hace que las diferencias no me importen".

Acreditado en la serie como consultor, Herron está siempre disponible para contestar preguntas. "También he pasado por la sala de guionistas para comentar el argumento y la división de escenas", apunta. "E hice un pequeño cameo en la primera temporada [primer episodio, 34:08: cuando el espía River está a punto de entrar en el restaurante chino donde Jackson sorbe fideos sin ninguna clase, Mick emerge del lugar con su pareja Jo]. Pero, sobre todo, soy espectador, y todavía no me puedo creer que esos actores estén dando vida a creaciones mías". 

En el primer libro se describía a Lamb como una especie de Timothy Spall. O para ser más precisos, un "Timothy Spall echado a perder". Según Herron, fichar al actor fetiche de Mike Leigh habría tenido sentido hace un tiempo, hace más de diez años, pero no ahora "que tiene un aspecto tan distinto, tan elegante". Gary Oldman no le ha parecido mal plan B: "En cuanto él se sumó al proyecto, sabíamos que esto iba a ser algo especial. Además, atrajo a muchos talentos. Todos quieren trabajar con Gary". 

También se muestra contento con los nuevos fichajes para esta temporada: Aimee-Ffion Edwards (Esme en 'Peaky Blinders') y Kadiff Kirwan brillan como, respectivamente, Shirley Dander y Marcus Longridge, dos caballos lentos conectados por ciertas compulsiones. "Me encantan los fichajes, aunque sean distintos físicamente a mis personajes. Siento mucho apego por Shirley y es un personaje cada vez más importante en los libros. Me emociona la idea de verlo crecer en la pantalla". 

Dickens, le Carré y Steinbeck

Tras publicar cuatro novelas sobre Zoë Boehm, detective privada de Oxford, Herron decidió pasarse al universo del espionaje, lo que no significó un gran cambio en su forma de trabajar o imaginar. "No investigo sobre la tecnología, por ejemplo", confiesa. "Me invento todo lo que haga falta. Lo que más hago antes de empezar a escribir un libro es pensar. Pensar de qué quiero escribir. Durante bastante tiempo, simplemente leo, veo pelis y me preparo para escribir. Es un proceso más mental o emocional que de investigación. Solo compruebo tonterías como, qué sé yo, las rutas de los buses o los precios de las cosas".

Al hablar de su posible santoral, separa entre influencias inconscientes y conscientes. Entre las primeras estarían John le Carré e incluso más Len Deighton, cuyos primeros libros releyó el año pasado con asombro para un ensayo en el suplemento literario del 'Times' británico. "Entendí hasta qué punto me había influido sin yo saberlo". Las influencias más conscientes incluyen a Charles Dickens, porque "es imposible escribir sobre Londres sin que te marque el creador de Londres", o, algo más inesperadamente, John Steinbeck, "sobre todo 'Cannery Row' o 'Dulce jueves', con esos grandes grupos de gente quitándose la palabra alrededor de una fogata". Igual que sus caballos relativamente lentos en la Casa de la Ciénaga. 

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