Nueva normalidad en Hamburgo

Sin embargo, siendo tan proclive a la mutación, el fútbol es en otros aspectos tremendamente inmovilista

El próximo viernes, el Sankt Pauli llegará por encima (y en ascenso directo) al derbi del Volkspark

El Hamburgo tumbó al Dortmund en casa
El Hamburgo tumbó al Dortmund en casa | EFE

El fútbol supone una realidad evolutiva. Tanto en los aspectos más relacionados con el juego como en su recorrido social (primero entretemiento elitista, después pasión popular, ahora espectáculo global), el fútbol se ha instalado en un cambio permanente desde aquella tarde de 1863 en que unos ingleses agarraron una tradición caótica y, gracias a unas pocas normas, la transformaron en un deporte.

Ese reglamento fundacional de la Freemason’s Tavern, mantenido en lo esencial, también ha atravesado cambios. En 1872 se introdujeron los lanzamientos de córner. En 1875 se implementaron los travesaños -hasta entonces las porterías eran como las del rugby, abiertas por su parte superior-. En 1891 nacían los penaltis (y, con ellos, una inagotable fuente de polémicas y agravios). En 1925 se modificó la ley del fuera de juego, con inmediatas consecuencias tácticas. Y en 1992 se prohibió que los porteros recogieran con las manos un pase de su propio equipo.

Sin embargo, siendo tan proclive a la mutación, el fútbol es en otros aspectos tremendamente inmovilista. Cuesta que equipos que nunca ganaron títulos empiecen a hacerlo (y se mantengan). También lo contrario: que clubes acostumbrados a los éxitos estén varias décadas sin saborearlos. El fútbol parece forjar sus hegemonías con acero; romperlas no resulta fácil ni habitual. Y los derbis tienen algo de eso.

Usualmente el equipo que domina el panorama de una ciudad es el mismo que ya lo hacía décadas atrás. De ahí que la rivalidad de Hamburgo suponga una refrescante novedad. Durante mucho tiempo la segunda ciudad más poblada de Alemania no es que tuviera un derbi desequilibrado; es que directamente no lo tenía.

Entre 1963 y 1988 el Hamburgo SV y el Sankt Pauli solo coincidieron una temporada en la misma categoría. Pero los repetidos ascensos del Sankt Pauli en los 90 y los 2000 permitieron recuperar un derbi que el trasfondo político iba a llevar al primer plano mundial.

UN RELOJ PARADO

Aunque oficialmente promueva el año 1887 como el de su fundación, el Hamburgo SV fue creado en 1919 mediante la fusión de varios clubes de la ciudad hanseática. Encontró acomodo en uno de los ensanches, en la bienestante zona de Rotherbaum, entre consulados, palacetes burgueses, la universidad y diferentes sedes gubernamentales.

Cinco años después, en 1924, la sección de fútbol de una entidad gimnasta adquiría entidad propia en el barrio de Sankt Pauli, a poca distancia geográfica de Rotherbaum pero en sus antípodas sociales. La cercanía del río Elba y su inmenso puerto conferían a Sankt Pauli la etiqueta de ‘barrio rojo’, por las ideas de sus obreros y por el color de sus luces nocturnas.

Ni rastro de palacetes, ciudadanos con levita y centros oficiales: en Sankt Pauli abundaban los tugurios, las bajas pasiones y los emigrantes. De hecho, hasta que los nazis lo destrozaron en los años 30, albergó uno de los primeros barrios chinos de Europa. Para agrado de las clases pudientes, el Hamburgo se convirtió en el equipo dominante de la ciudad-estado. Y así se coló en la Bundesliga, creada en 1963 como campeonato unificado germano-occidental (con notable retraso con el resto del continente).

En ese momento cesaron los torneos regionales, en los que Hamburgo y Sankt Pauli habían coincidido 84 veces (con solo 17 victorias de los ‘kiezkickers’, los futbolistas del barrio). Mientras el Sankt Pauli tenía que construir un nuevo estadio en 1962, el Millerntor, y fluctuaba entre segunda y tercera división, el Hamburgo se instalaba en un estadio municipal -el moderno Volkspark-, ganaba tres ligas y una Copa de Europa, y se convertía en el ‘dinosaurio’ de la Bundesliga: el único que siempre había jugado en primera.

Tanto que en 2001 el club instaló un reloj en uno de los fondos para marcar los años, semanas, días y hasta los segundos que el equipo acumulaba en la máxima categoría. Pero a principios de los 80 las gradas del HSV comenzaron a cobijar a hooligans neonazis. La pasividad de la directiva acabó generando un pequeño trasvase social hacia el Sankt Pauli, club antifascista y antirracista, que entró en el siglo XXI convertido en símbolo mundial de la resistencia al fútbol-negocio.

Y en esas pasó lo que casi nunca pasa: el ‘dinosaurio’ descendió y, ya en segunda, el pequeño le empezó a ganar. Una nueva normalidad que dura tres años. El próximo viernes, el Sankt Pauli llegará por encima (y en ascenso directo) al derbi del Volkspark. Eso sí, no busquéis el reloj. Tras su descenso en 2018, el Hamburgo decidió desmontarlo.

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