Entrevista
Brigitte Baptiste, experta en biodiversidad: "Hay colectivos ecologistas que recaen en el ecofascismo"
Rectora de la Universidad EAN de Colombia y una de las mujeres más influyentes del mundo según la BBC, apunta a que "la especie más amenazada del reino animal somos los seres humanos"

Brigitte Baptiste, experta en biodiversidad y rectora de la Universidad EAN en Colombia. / Zowy Voeten
Helena López
¿Están los ecosistemas preparados para sobrevivir a la crisis climática?
No. No al menos dentro del plazo que nos interesa a nosotros como seres humanos. Los ecosistemas se ajustarán porque pueden colapsar y tienen cien mil años, un millón de años, para reestructurarse y volver a producir diversidad; pero nosotros no tenemos cien mil años, ni un millón.
Ni cien…
En este momento la especie más amenazada del reino animal somos los seres humanos. Hay muchas especies también amenazadas o extintas por nuestra acción o inacción, pero nosotros somos los interesados en persistir y eso marca una diferencia.
¿Hay suficiente conciencia?
La generación de conciencia es extremadamente difícil. Siempre nos ponen de ejemplo que la gente utiliza el cinturón de seguridad, pero la sensación es que estamos muy lejos.
Los ecosistemas se ajustarán porque pueden colapsar y tienen cien mil años para reestructurarse y volver a producir diversidad, pero los humanos no tenemos cien mil años
¿Primero hay una conciencia social y después vienen las políticas o es al revés? El ejemplo del cinturón fue al revés: me pongo el cinturón para evitar la multa.
Hay también un riesgo a que ciertos colectivos muy preocupados por el drama ambiental comiencen a exigir imponer medidas autoritarias. Existen propuestas ecofascistas hoy en día, completamente orientadas a promover normativa extremadamente restrictiva de ordenamiento de la producción, sobre todo en América Latina. La minería es el ejemplo más claro. Se generalizó el estereotipo de que la minería es mala. Y sí, hay malas prácticas mineras, espantosas, pero de ahí a generalizar que la minería es indeseable o que es innecesaria hay un gran trecho. En este momento, en Colombia, hacer minería es casi una actividad inmoral.

La ecóloga colombiana Brigitte Baptiste, este verano en el Campus Ciutadella de la UPF, en Barcelona. / Zowy Voeten
¿Fruto de un consenso social?
Un consenso mediático, yo no sé si social. Y claro, podemos construir una sociedad libre de minería, pero ¿cuáles son las consecuencias? Yo vengo de una universidad que es una escuela de negocios. Y todo negocio, por el hecho de ser negocio, es sospechoso. Y, mientras solo sea sospechoso, está bien. Pero de ahí a que, por aplicación del principio de precaución, se limite cada vez más el ámbito de la innovación y de emprendimiento hay un trecho. Me encuentro en una situación muy particular, defendiendo la posibilidad de que existan negocios como ecóloga. Yo empecé atacando la fuente de la destrucción ambiental y la vida me lleva a tratar de entender un poco mejor cuáles son los umbrales en los cuales hay negocios totalmente inaceptables y otros que eventualmente incluso nos pueden ayudar en la transición.
La vida me lleva a tratar de entender cuáles son los umbrales en los cuales hay negocios totalmente inaceptables y otros que eventualmente incluso nos pueden ayudar en la transición
Me sorprende que hable de propuestas ecofascistas. No sé si entiendo a qué se refiere...
Me refiero, por ejemplo, al ordenamiento territorial. Esta es una región que solo se va a usar para producción campesina de alimentos. Y en América Latina, no represas, no agroindustrias, no minería, no petróleo, no ondas electromagnéticas, no líneas eléctricas... Cuando vas quitando y quitando y lo único que te quedan son núcleos campesinos autosuficientes lo que implica es la desaparición del 80% de la población, porque ¿de qué van a vivir las grandes ciudades si hacen desaparecer todos esos sistemas de soporte porque son insostenibles?
Pero realmente lo son…
Claro. Las ciudades por definición son insostenibles, pero no las podemos borrar de un plumazo.
Entonces, ¿qué hacemos? Al principio me decía que se nos acaba el tiempo.
Hay obviamente un problema distributivo. Podemos disminuir el impacto negativo y la huella ecológica en muchos casos y hacer mucho mejor las cosas. Podemos ganar eficiencia, y a eso hemos jugado los últimos años. Usamos mejor la energía eléctrica, usamos mejor el agua, reciclamos… pero eso tiene una limitación.
Las ciudades por definición son insostenibles, pero no las podemos borrar de un plumazo
El impacto es pequeño…
Un impacto del 20%, más o menos, pero las leyes de la eficiencia tienen un límite. Lo otro es, entonces, modificar los consumos; el uso de los recursos. Y ahí entra la política del decrecimiento y a quién le corresponde decrecer. Esa polémica es compleja. Porque está el sur y el norte, pero dentro de cada país está su propio sur y su propio norte. Y sus propios centros y sus periferias. En Colombia están las grandes ciudades con estándares de vida muy distintos y superiores a los de toda la ruralidad y así ha sido por toda la historia. Y ahí hay una injusticia ambiental que hay que solventar. Tenemos que generar medidas de reparación y de compensación para que la población que se ha venido quedando atrás en salud y en servicios básicos tenga acceso a ello. El reto es cómo lo hacemos para generar unas economías mucho más sanas en nuestros países que no estén obligadas a replicar la trayectoria que han tenido las economías europeas, que ahora deben enfrentarse a decisiones de decrecimiento que son mucho más difíciles. Cuando se llegan a ciertos patrones de consumo, cambiarlos y, sobre todo, resignificarlos cuesta dos o tres generaciones, pero está pasando.
¿Por ejemplo, el consumo de carne roja?
Aquí hay dos cosas a discriminar. La carne roja producida cómo, dónde y en qué condiciones. En Colombia nos preocupa mucho, estamos cargándonos el Amazonas para producir vacas pensadas para exportar carne. Esa es una carne criminal, que no hay lugar a dudas que debe ser controlada, restringida y prohibida. Pero luego tenemos producción de carne regenerativa. Tenemos vacas que vamos poniendo en lugares que fueron degradados y estamos buscando sistemas productivos más diversos, con condiciones tanto de bienestar para los animales como para la gente, que permiten producir una cantidad buena de carne, pero que te dice que está certificada. Esta carne no ha deforestado, en toda su cadena de producción no ha desplazado a comunidades ni ha generado violencia…
Cuando llegas a ciertos patrones de consumo, cambiarlos, y, sobre todo, resignificarlos, cuesta dos o tres generaciones, pero está pasando
Hablamos de una carne mucho más cara, claro…
Sí, y por el momento no es accesible a todo el mundo.
¿Se podría universalizar esa buena praxis y que esa carne fuera accesible a todo el mundo o la buena praxis debe ir acompañada de una disminución en el consumo?
Sí se puede. Hay sistemas productivos de alta productividad de carne con sistemas muy de vanguardia. Y es competitivo desde el punto de vista de mercado.
El problema es cómo lo hacemos para que todo el mundo tenga esa conciencia de que todos sus hábitos tienen efectos en la salud de los demás y de las generaciones futuras
Más allá de eso, ¿no cree que el decrecimiento del consumo de carne es necesario?
Sí, indudablemente el consumo de carne roja debe ser mucho más racionalizado.
¿Y el decrecimiento, en general?
Para los países que tradicionalmente hemos estado en vías de desarrollo, ¿a quién le pides que decrezca, cuando el consumo per cápita es la centésima parte de la de un ciudadano europeo? Obviamente en Latinoamérica las grandes concentraciones de capital están concentradas en grupos sociales muy pequeños que ni siquiera viven en nuestros países. Están en algún enclave global. Están en Miami, en París o en Barcelona. Porque se han convertido en ‘ciudadanos del mundo’ con niveles de consumo globalizados.
En Barcelona el debate del decrecimiento turístico está sobre la mesa.
Una de las claves por lo menos de la transición hacia un mundo mucho más sostenible tiene que ver con saber cómo movemos las presiones energéticas, alimentarias, de servicios… cómo las redistribuimos un poco para habitar el territorio de otra manera, teniendo en cuenta el decrecimiento demográfico, que es un hecho, la tecnología, que también ayuda, o la toma de conciencia y el cambio de comportamiento. El quid es la balanza entre riesgo y beneficio y cómo se distribuye el riesgo y cómo se distribuye el beneficio.
Son necesarios unos principios de sostenibilidad para generar bienestar sin afectar negativamente a los ecosistemas
Me hablaba antes de la transición. ¿La transición hacia dónde?
Pues no sabemos. Pero son necesarios unos principios de sostenibilidad para generar bienestar sin afectar negativamente a los ecosistemas, sin ponerlos en riesgo de colapso. Sin embargo, también son necesarias unas políticas de transiciones regenerativas. No solo hay que detener el deterioro, sino que hay que restituir o rehabilitar la funcionalidad ecológica, que es algo todavía más complejo. El modelo transicional es un modelo de aprendizaje. De prueba y error con estándares cada vez más altos. Esta innovación no la puedes poner en práctica porque está resultado muy costosa. La inteligencia artificial es ahora la más crítica para todo el planeta.
¿A qué se refiere?
Es una herramienta que nos va a permitir ganar unas eficiencias impresionantes y encontrar salidas a problemas gravísimos de distribución de energía... Pero al mismo tiempo consume una cantidad impresionante de energía. El problema es cómo lo hacemos para que todo el mundo tenga esa conciencia de que todos sus hábitos tienen efectos en la salud de los demás y de las generaciones futuras. Y eso es lo que yo hago todos los días en la universidad.
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Vía: El Periódico
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