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TRAIL RUNNING

¿Puede un corredor de trail rendir mejor que un runner de asfalto en una maratón dura como Boston?

El especialista sueco de trail y montaña completó ayer el Maratón de Boston en 2:23:37 en su debut en la distancia

Petter Engdahl debutó en un maratón en Boston

Petter Engdahl debutó en un maratón en Boston / COROS

David Boti

David Boti

Barcelona

El debut de Petter Engdahl en la Boston Marathon no deja solo un tiempo de 2:23:37. Deja también una pregunta que cada vez asoma con más fuerza en el mundo del running: ¿puede un corredor de trail llegar mejor preparado que un especialista de asfalto a una maratón tan exigente como Boston?

La cuestión no es menor. Durante años, el running tradicional ha defendido casi como una ley que el maratón se construye a base de ritmo, volumen, precisión y asfalto. Todo medido, todo controlado, todo orientado a sostener una velocidad estable durante 42,195 kilómetros. Pero Boston, precisamente, no siempre responde a esa lógica. Es una carrera traicionera, incómoda, de las que invitan a correr demasiado al principio y castigan sin piedad cuando llega la parte decisiva.

Y es ahí donde el perfil de Engdahl resulta tan interesante. Porque su escuela no es la del parcial exacto, sino la de la gestión del esfuerzo. En trail, el reloj no manda de la misma forma. Lo que manda es el terreno, la fatiga, la capacidad de leer el cuerpo y la inteligencia para no gastar antes de tiempo lo que luego hará falta cuando la carrera se ponga seria. En montaña, salir por encima de tus posibilidades no suele costar unos segundos: cuesta una pájara. Y esa mentalidad, trasladada a una maratón dura, puede convertirse en ventaja.

El caso de Engdahl aterriza además tres ideas muy útiles para cualquier corredor, sea de trail o de asfalto. La primera es correr por sensaciones. Hay recorridos, y Boston es uno de ellos, en los que obsesionarse con el ritmo puede ser un error. El cuerpo ofrece señales mucho más valiosas que el reloj cuando el perfil rompe la uniformidad. La segunda es trabajar la constancia. Un maratón no se improvisa ni se salva solo con talento. Requiere semanas de trabajo estable, adaptación y continuidad. Y la tercera, seguramente la más importante, es llegar fuerte al final. Ahí se decide casi todo. Cuando otros empiezan a pagar el esfuerzo, todavía tener una marcha más vale mucho más que haber corrido unos segundos más rápido al principio.

Por eso el debate tiene sentido. No porque el trail sea mejor que el running o porque el asfalto haya quedado en cuestión, sino porque hay capacidades que la montaña desarrolla de forma natural y que pueden ser oro puro en una maratón exigente: tolerancia al sufrimiento, paciencia táctica, lectura del esfuerzo y capacidad de competir con fatiga real en las piernas.

Lo de Engdahl en Boston va justo por ahí. No demuestra que el trail tenga todas las respuestas, pero sí refuerza una idea que incomoda a algunos puristas del asfalto: no siempre llega más preparado quien más domina el ritmo, sino quien mejor entiende cuándo apretar, cuándo contenerse y cómo sobrevivir al desgaste.