Opinión | Tuercebotas
Wenger, en fuera de juego
El fútbol no necesita retorcer más el reglamento y las leyes, sino más sentido común y menos intervencionismo

El ex entrenador y ex futbolista francés Arsène Wenger posa a su llegada a la gala de entrega de los Premios Laureus este lunes en el Palacio Cibeles de Madrid. / EFE/Kiko Huesca
La FIFA estudia implantar la llamada Ley Wenger, una modificación importante del fuera de juego ideada por el exentrenador del Arsenal. Según este nuevo invento, un jugador solo estaría en fuera de juego si todo su cuerpo supera al último defensor; es decir, si no hay ninguna parte legal (pie, hombro, rodilla) en línea. Dicho de otra manera: si tienes un tacón en juego, sigues habilitado. Un milímetro de bota puede mantenerte vivo. Justo ese milímetro que hoy el videoarbitraje, con sus famosas líneas, puede precisar.
Sería un paso más en la espiral reglamentaria que ha convertido uno de los deportes más sencillos de jugar en un galimatías. En los últimos años hemos tenido cambios en las manos (cada temporada una interpretación distinta), nuevas normas sobre el saque de meta, modificaciones en los penaltis (si el portero se mueve, si el pie toca la línea, si el rival entra antes, si el doble toque de Julián Álvarez…). Y, por supuesto, el VAR.
Una promesa
El videoarbitraje trajo consigo una promesa: la justicia. Y es cierto que algo de eso ha pasado. Los goles en fuera de juego de dos metros ya no cuelan; los piscinazos descarados ya no engañan. Pero se ha pagado un precio. El fútbol ahora se celebra en diferido: los goles ya no estallan, sino que se esperan, se mira al árbitro, se aguarda al pinganillo. Las manos en el área se han convertido en una disciplina metafísica: ¿amplía el volumen del cuerpo?, ¿hay intencionalidad?, ¿le da primero en la pierna?
La Ley Wenger se propone abrir en canal una de las reglas esenciales del fútbol: la del fuera de juego. Durante décadas fue un arte con altas dosis de subjetividad: había que mirar, intuir, anticipar. Era injusta a veces, pero formaba parte del alma del juego. Y aunque los linieres se equivocaran, el sistema funcionaba: evitaba que los delanteros vivieran permanentemente debajo de la portería rival, esperando el pase largo.
No es una teoría: en los 90, Canal+ organizó un amistoso entre Barça y Real Madrid sin apenas fuera de juego. Se alargó la línea del área hasta la banda y solo se pitó fuera de juego en ese estrecho margen. El resultado: defensas más bajas, delanteros plantados más cerca de la portería contraria, menos espacios en los que atacar, un juego más rudimentario, de centros y avances directos.
Estilo balonmano
Con la Ley Wenger, no es aventurado pensar que sucederá algo parecido. Las defensas se encerrarán en el área para no arriesgar y los ataques se estirarán, estilo balonmano. De ser así, ¿de verdad será el fútbol más espectacular?
El fútbol sobrevivió un siglo con reglas casi inmutables. Bastaba una pelota, dos porterías y 22 jugadores. Hoy hay líneas virtuales y debates existenciales. Quizá sea hora de que la FIFA deje de manosear el reglamento y se centre en lo importante: mejorar la formación arbitral, afinar el VAR y preservar la identidad de un deporte que era mágico precisamente por su simplicidad. El fútbol no necesita más leyes. Necesita sentido común.
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