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Vuelve, por fin, el enemigo externo de toda la vida

Pues bueno, parece que por fin vuelve el orden natural de las cosas. Por fin Barça y Madrid vuelven a tirarse puyas, por fin vuelve la lógica, necesaria y reconfortante tensión. Por fin Florentino ataca al Barça con virulencia (acusándolo de forma delirante de haberse beneficiado de los árbitros en la era dorada de Messi) y por fin Laporta denuncia sin pelos en la lengua las campañas vergonzosas de Real Madrid TV y contraataca apelando, con mucha razón, a la “barcelonitis” de la casa blanca. ¡Ya era hora!

Porque lo incomprensible era precisamente lo que venía sucediendo: este extraño matrimonio de conveniencia entre los dos rivales eternos que se fraguó en el ridículo nacimiento de la más ridícula Superliga, y que llevó a una especie de tregua tácita y silenciosa que ha durado más de cuatro años. Desde la venta de derechos a Sixth Street hasta la guerra contra Tebas, los dos presidentes han encontrado durante este tiempo, ante el estupor general, muchos más motivos para mimarse que para atacarse.

Incluso tras los ataques desaforados que recibió por el caso Negreira, el Barça se puso sorprendentemente de perfil, cuando por aquel entonces el invento de la Superliga era tratado como un bien superior que había que preservar a toda costa. El resultado ha sido un periodo de paz contranatural en el que era difícil entender por qué tanta delicadeza y tantos miramientos con el rival de toda la vida.

Hasta que, por fin y con buen criterio, Laporta decidió abandonar el esperpento de la Superliga, acercó posiciones con Ceferin y Tebas, y devolvió al Barça a la centralidad de donde nunca debió marchar. (Por cierto, se ve que algunos no se enteraban entonces cuando Florentino era amigo y no se enteran ahora cuando Tebas vuelve a ser aliado: será que no todo el entorno maneja igual de bien la adaptación a los súbitos volantazos).

También pesa la sombra alargada de las urnas. Laporta sabe que ahora que vienen las elecciones nada gusta más a la masa social que propinar guantazos al enemigo de siempre. Y la estrategia ha funcionado: Florentino se ha quedado solo en un rincón gesticulando, y Laporta se ha ido al centro del tablero, donde lo esperaban para abrazarle personajes antaño demoníacos como, por ejemplo, Nasser Al-Khelaifi.

Y es que más vale ponerse colorado cinco minutos que tirarse por el abismo de la marginalidad. Vuelve, pues, el relato de los enemigos externos. Será todo lo demagógico que quieran, pero al menos es el de toda la vida, y se entiende.

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