Hamilton, en el interior del Mercedes

Vuelve la F1 y, como decíamos ayer...

OPINIÓN

Josep Lluís Merlos

@JLlMerlos

Por fin. 215 días después del último GP del 2019 hemos vuelto a escuchar la música celestial de un motor de F1, exceptuando el oasis de los seis días de pretemporada en el Circuit que fueron la única alegría acústica para echarse al buche y al alma durante el invierno.

Lo que antaño era un hervidero, el paddock del Red Bull Ring, ha vuelto a latir, pero haciéndolo más bien a fuego lento, como el chup-chup de un asado a baja temperatura, sin el bullicio y la intensidad conocida, más en casa de uno de los patrocinadores más propensos a la algarabía de todo el deporte mundial.

El regreso de la F1 está siendo tan extraño como lo fue la vuelta de los primeros deportes que sacaron la cabeza del caparazón después del confinamiento. Unas cuantas jornadas después seguimos sin acostumbrarnos a ese fútbol light, sin espectadores y con unas pausas para la hidratación que, en algunos casos, lo son también para el ninguneo de diletantes tácticos. Sólo el VAR nos ha zarandeado en mitad de lo que está siendo esta siesta de 110 partidos en 39 días.

Veremos qué sensación nos produce la carrera de este fin de semana en un circuito corto, donde se da más vueltas que un molinillo, y donde en el pasado hemos visto maniobras sorprendentes y actuaciones de mérito como la de Sainz en 2019.

Los Mercedes, ahora con una espectacular librea reivindicativa de color negro, tan bonita como estéril, siguen siendo los grandes favoritos para una campaña en la que Hamilton tiene el desafío de igualar los siete títulos de Michael Schumacher. La apuesta parece clara. Lo que haga el británico en el futuro, no tanto.

En las últimas semanas, como dijimos en esta misma columna hace unos días, hemos visto al Lewis más reivindicativo y protestón. Una actitud que resulta irritante a muchos, y que a mi, personalmente, me parece muy encomiable y ejemplar. Esa valentía social es lo que se espera de un líder, algo que contrasta con la sosa equidistancia de la mayoría a los que parece importarles mucho que los republicanos también compren sus zapatillas.

Pero si Hamilton ha esperado tanto a mostrar su cara más rebelde (la díscola ya la conocíamos) tal vez sea porque ya ve cercana la puerta de salida de la F1. Que sea a finales de este año, o algo más adelante -no mucho más- dependerá de la épica con la que consiga ese objetivo de empatar (o superar) la marca del Káiser. Pero harían bien los de Brackley en no confiarse.

Sabemos que Ferrari -equipo que siempre se ha basado en sus motores- no presentará grandes cambios en su coche hasta que el campeonato llegue a Budapest… un circuito de chasis, por cierto. Por lo que, de entrada, las referencias del SF1000 que tenemos son las de los tests de Montmeló, donde el coche rojo no generó mucho entusiasmo.

Tras los ensayos en el circuito catalán sabíamos cómo llegaba (teóricamente) cada cual a Melbourne. Pero la suspensión de la carrera australiana nos dejó sin poder aplicar la prueba del algodón, y el nivel de cada monoplaza hoy es una incógnita. En Red Bull, donde Adrian Newey ha vuelto a implicarse mucho más en el diseño del chasis, están muy contentos con la evolución de la unidad de potencia firmada por Honda. 2020 podría ser su año de nuevo, sobretodo en manos del explosivo Max Verstappen.

La que tenía que ser una temporada con 22 carreras, de momento sólo lo es de ocho, a la espera de la ampliación del calendario para el último trimestre. Pero, de momento, la campaña pinta que será al sprint, por lo que habrá que ser muy incisivo desde la primera curva del año. Y esa cualidad es indiscutible en el caso del holandés en un mundial donde habrá que jugársela a la carta más alta.

Y en medio de estas previsiones, atentos a Carlos Sainz en su último año en McLaren antes de desembarcar en Ferrari. Será muy interesante ver cómo evoluciona su relación con Lando Norris, hasta ahora tan cordial que parecía haber pulverizado aquel viejo axioma de la F1 que cataloga como “peor enemigo” al compañero de equipo. A ver lo que dura el buen rollito y las gracietas. A Sainz le iría bien irse fogueando en la aspereza (aunque ya la conoció en la órbita Red Bull) porque para sujetar a Leclerc en Ferrari no bastará con su indiscutible buena educación.

SEAT 

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