Opinión

Redactor de la sección Barça
La violencia madridista
El pie de Juanito, los codos de Hierro, las salvajadas de Pepe, las patadas de Ramos, las coces de Casemiro, la rodilla de Rudiger, los puñetazos de Valverde, la brutal agresividad de Carvajal...

Leo Messi sufrió la dureza de Sergio Ramos, incapaz de frenarle, de forma recurrente durante los clásicos / EFE
La afición del Real Madrid, tras el 0-5 del 74 con Cruyff al mando, aplaudió a los blaugrana cuando se retiraban del campo, recordaba Asensi en el suplemento de SPORT publicado en el décimo aniversario de la muerte del genio holandés. Algo parecido vivió Ronaldinho. Eran otros tiempos en un club cuyo himno asegura que “cuando pierde da la mano”. Hace muchas décadas que esa afirmación quedó sepultada por el pisotón de Juanito (y Sanchís), los codazos de Hierro, las patadas de Ramos, las salvajadas de Pepe, las coces de Casemiro, el rodillazo de Rudiger, los puñetazos de Valverde o la violenta dureza de Carvajal.

El rodillazo de Rudiger a Rico que quedó sin sanción / Twitter
No es que ya no dé la mano cuando pierde, es que no la da ni cuando gana, que ocurre demasiadas veces a causa de esa misma violencia permitida por quienes deben castigarla. Al contrario, muy a menudo reciben la justificación de quienes hacen su trabajo con cierta honestidad, como el otro día Munuera Montero ante Álvaro Arbeloa tras mostrarle la roja directa a Fede Valverde por su cobarde agresión a Baena. El uruguayo es reincidente; ya había golpeado (en frío y sin cámaras) a su compañero de profesión cuando jugaba en el Villarreal. Y hace pocas semanas volvió a sacar el puño a pasear ante el lateral del Benfica, Samuel Dahl. Cuando se le cruzan los cables, las autoridades sanitarias recomiendan mantenerse a una prudencial distancia de este nefasto deportista (en el sentido literal de la palabra) y nada reflexivo futbolista.

La salvaje agresión de Pepe a Casquero / SPORT
El problema, sí, es la violencia que ejercen cada uno de los futbolistas citados, por supuesto, pero es evidente que la responsabilidad va más allá de los ejecutores y es compartida, por un lado, con quienes los defienden y, por el otro, con quienes miran hacia otro lado, todos ellos cómplices de que la camiseta blanca siga ensuciándose con actitudes que se alejan de los valores que dice defender el club en su himno. Pero en el fondo, permitir que la violencia de Pepe, Rudiger o Valverde campe a sus anchas no solo es una mancha para el club blanco, sino para el fútbol en general.

Valverde, en el momento de soltar el puñetazo a Dahl / X
Es perder el tiempo pedir que los árbitros españoles, acongojados por las malas artes de la propaganda madridista, actúen de forma ejemplar, pero es menos comprensible que la UEFA, enemistada con Florentino, no lo haga y pase de largo ante el puñetazo de Fede Valverde a Dahl. Que Rudiger, en una rueda de prensa de Champions, se ría de Diego Rico tras golpear su cabeza con la rodilla o amenace a la afición del Metropolitano de cortarles el cuello, es tan miserable como que ante su obscenidad gestual y sus palabras se opte por el “jueguen, jueguen”. El señorío blanco es un recuerdo.
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