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Opinión

Lluís Carrasco

Lluís Carrasco

Colaborador de SPORT.

La última bala de Mourinho

Jose Mourinho, entrenador del Benfica, durante el encuentro.

Jose Mourinho, entrenador del Benfica, durante el encuentro. / MIGUEL A. LOPES / EFE

José Mourinho lleva años disparando fogueo. Mucho humo, mucho teatro, mucha frase lapidaria para el titular fácil y, de vez en cuando, algún recuerdo lejano de cuando parecía que estaba reinventando el fútbol… Pero no. Nunca inventó nada.

Y ahora, como en esas películas en las que un protagonista veterano se guarda una última bala en el cargador, Mourinho tiene la última oportunidad de matar sabiendo que ha agotado el crédito. La etiqueta de “Special One” hace tiempo que caducó, pero él, se niega a aceptar la realidad, y la sigue luciendo como quien viste de smoking en el supermercado. Y por eso esta eliminatoria entre Benfica y Madrid, más que fútbol, es un casting. Si elimina al equipo blanco, Mourinho no solo pasa de ronda: pasa directamente a sentarse de nuevo con los entrenadores que marcan la evolución del futbol. Y, tal vez, también en el banquillo del Bernabéu.

El partido de ida entre el equipo portugués y el equipo español fue, en realidad, una obra dirigida por él. Cada gesto, cada protesta, cada mirada al cuarto árbitro, incluida la expulsión, formaba parte de una performance perfectamente ensayada. Mourinho no entrena partidos: los escenifica. Él no prepara tácticas: prepara guiones. Y en Lisboa se vio el primer acto de su gran tragedia personal, esa en la que el villano sueña con volver a ser héroe. Y claro, acabó en la grada.

¿Sorpresa? Ninguna. Mourinho expulsado es como un Barça–Madrid con polémica: tradición. El detalle importante es que esa roja no es un accidente, es una estrategia. Maquiavélica, maléfica, casi religiosa. Mourinho no pierde los nervios, los esconde. Todo forma parte del plan: victimismo, tensión, insultos racistas, caos. Él no quiere ganar al Madrid solo con fútbol, quiere ganarle con ruido, con veneno y con fuego. Su carrera siempre se alimentó de fogonazos.

El Oporto fue una alineación astral: una generación irrepetible y hambrienta en un torneo abierto: el milagro perfecto para construir el mito. El Inter fue épica, sí, pero también el último baile de guerreros veteranos. Y el Madrid… bueno, en Madrid, Mourinho, más que levantar una era, levantó una guerra. Desde entonces, ha transitado, medio olvidado, en la mediocridad de proyectos rotos, vestuarios quemados y fútbol previsible y no asusta por lo que plantea sino por lo que declara.

Su verdadero talento nunca fue el juego, sino convertir cada partido en una batalla personal. Cada derrota en una conspiración. Cada victoria en una epopeya. Y ahora, a por la vuelta. Apaguen las luces, comienza el acto final.