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Los tramposos del fútbol

Los árbitros tendrían más fácil su trabajo sin tantos jugadores, maestros de la lipotimia súbita, que buscan engañarlos

Munuera Montero en el Mallorca-Barça de la primera jornada de la Liga

Munuera Montero en el Mallorca-Barça de la primera jornada de la Liga / Dani Barbeito / SPO

José Luis Munuera ya no es Munuera Montero, pero su vida como árbitro sigue igual en la temporada que acaba de empezar. Da igual que se le conozca con uno o dos apellidos: después del partido entre el Mallorca y el Barça le ha caído de todo en prensa, redes y estamentos supuestamente profesionales del fútbol (incluidos entrenadores) por su decisión de no detener el partido cuando el jugador del Mallorca Raíllo se desplomó en el área tras recibir un balonazo en la cabeza. Ferran recogió el despeje, marcó desde la frontal del área y el resto, como suele decirse, es historia. O más bien histeria y carnaza en la tóxica conversación futbolística.

En la jugada, Munuera apreció dos cosas: que a Raíllo no le había golpeado de forma inesperada la pelota, sino que el central despejó; y que el impacto no era lo suficientemente fuerte como para desplomarse en el suelo. Los jugadores del Mallorca, como todos los futbolistas profesionales, saben que el protocolo indica que el juego siempre debe detenerse después de un golpe en la cabeza. Raíllo se cayó y, a su juicio, la jugada —que era de peligro, como el gol de Ferran demuestra— debería haberse detenido. Visto lo sucedido con Munuera (los insultos y el descrédito de su trabajo), es de esperar que, a partir de ahora, en cada partido haya numerosas lipotimias súbitas en el área tras despejes de cabeza en pleno acoso de un equipo, sobre todo en los minutos finales. Habrá que tener mucho coraje para no detener el juego.

Los tramposos

Y de esta forma, los tramposos del fútbol tendrán nuevas maneras de interrumpir y emponzoñar el juego.

Sí, tramposos. No merecen otro nombre los futbolistas que sufren lipotimias, que se desgarran de dolor, que simulan agresiones, que se esmeran en engañar al árbitro en cada momento. Y sin olvidar a los entrenadores, que han construido toda una doctrina al respecto, una suerte de realpolitik: esto es fútbol, papá. ¿O acaso no se entronizó a Maradona por un gol decisivo con la mano en un Mundial?

No sé si Raíllo realmente se mareó. Si lo hizo, Munuera fue injusto. Sí sé que, si el fútbol profesional no amparara, justificara y ensalzara a los tramposos, sería mucho más fácil para los árbitros hacer su trabajo y no equivocarse. En ese mundo ideal, sin lipotimias ni tramposos con dotes de teatreros, si un jugador se cae tras recibir el impacto del balón en el área, el juego se detendría siempre. En el mundo real de nuestro futbol, es comprensible que Munuera tuviera dudas.