Opinión

Colaborador de SPORT.
Aún no termina y ya lo echo de menos

Lionel Messi, tras la victoria a Egipto / Agencias
Todavía no ha terminado el Mundial y ya sabemos qué pasará al día siguiente. Volveremos a esa sofocante sobremesa futbolera llamada “pretemporada”, donde un 1-0 contra un recién ascendido holandés se venderá como un ejercicio de “buenas sensaciones”. Qué pereza. Y es que el Mundial es ese maravilloso manicomio en el que durante un mes todo lo anormal parece perfectamente lógico. Lógico, como que veinte mil noruegos se sienten al mismo tiempo para remar, con cuernos incluidos, como si estuvieran cruzando un fiordo camino de conquistar Inglaterra, en una sesión colectiva de fisioterapia.
Y lo delirante es que nadie se ríe. Al contrario, hasta el aficionado rival acaba remando en el desvarío definitivo. A la vuelta, su ministerio de turismo, declarará esta chaladura, patrimonio inmaterial. ¡Ni lo duden! También echaremos de menos esos aficionados capaces de recorrer doce mil kilómetros para aparecer disfrazados de cualquier cosa menos de seres humanos. Caballeros medievales, indios aztecas, osos polares o cocos tropicales con bufanda.
Y es que este Mundial demuestra que la dignidad tiene un visado singular de turista. Y, finalmente, los futbolistas. Porque hay futbolistas, y luego está Messi. Punto y aparte… Un fenómeno paranormal. Da igual la sede, el rival o el minuto. Basta que aparezca Leo, para que cincuenta mil móviles olviden que, en realidad, fueron fabricados para hacer llamadas. Cada nueva heroicidad del de Rosario desencadena una especie de histeria colectiva de flashes, selfies y shooting de fotos hasta merendarte (acompañada de mucha cerveza) toda la batería en la grada. La Messimanía ya es una religión portátil.
Añoraremos los abrazos entre desconocidos, los aficionados más extravagantes del planeta, y esa capacidad única del Mundial para convertir cada país en una sola garganta que llena plazas y avenidas. Y sí, también echaremos de menos el propio campeonato. Ese espectáculo, que, en realidad, vive y pervive de la exageración. Allí un gol cambia la historia, un peinado arrasa tendencias y una celebración acaba convirtiéndose en un viral de consumo apoteósico. Y volveremos a la normalidad, al VAR de los lunes y a los favores a un Madrid de Mourinho que, encharcado de pasado, no acabará de carburar... Y entonces comprenderemos que durante unas semanas fuimos felices viendo a miles de vikingos remar sin agua o a miles de argentinos provocando seísmos a base de chillidos, mientras recordamos que ese futbol, cuando quiere, todavía sabe ser el mejor espectáculo del planeta.
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