Messi y Piqué, un abrazo que lo dice todo

Señores, ¡viva nosotros!

OPINIÓN

Emilio Pérez de Rozas

Hubo una época (dorada, sí, todo hay que decirlo), en la que los diarios, de vez en cuando, se volvían locos, locos de atar (supongo que algo de negocio hacían), y, junto al diario de ese día, repartían (bueno, te daban la posibilidad de comprar, aunque lo que había que pagar por él era bastante testimonial) el vídeo de un partido enorme, grande, histórico… del Barça, sí, claro, del Barça. Fijo que si abre algún que otro cajón de casa (¡ojito! no se lleve más de una sorpresa), usted mismo encontrará alguna final de la Copa de la UEFA, Recopa, Champions, apoteósicas Ligas “’Urruti, t’estimo!” o más recientes conquistas en plan sextete y/o triplete. ¿Por qué lo digo? No, no, no me he vuelto loco, pero, ¿verdad?, el partido ante el Sevilla tuvo un puntito de alguna de esas conquistas.

Sííííííííííííííííííííííií, les entiendooooooo, no es para tanto, pero, miren, a mí me encantó. Y me encantó porque empiezo a estar ya muy harto de que todo, todo, lo que rodea al Barça, en estos instantes, sea un auténtico desastre o nos lo vendan así. Y no me meto, no, que podría ¿verdad?, con la locución de Tele-5 sobre este prodigioso Barça-Sevilla (3-0), ni siquiera con los memes que ha provocado en toda España la detención de Josep Maria Bartomeu, ni en la ruina que está la economía azulgrana cuando leo que todos, todos, incluso los grandes de Europa, esperan decenas de millones de déficit este año. A lo que me refiero es que, en medio de esta pandemia, en medio de este desbarajuste, de este caos, de esta crisis, de esta Catalunya que parece se va a pasar otros tres años sin Govern, el Barça sigue vivo en las tres competiciones en las que compite, cosa que ya no puede decir ninguno de los grandes españoles. Síííííííííííííííííííííí, que ya sé que es un espejismo (o no), pero ahí está. 

Y está, ¡ojito!, con un entrenador, Ronald Koeman, que ni siquiera sabe si el nuevo presidente le va a respetar el año de contrato que le queda (desde luego, si no gana un título, está en la calle, ¡vaya que sí!) y que, con su ‘tarannà’ holandés, no catalán, está sorteando todos los problemas, incluido el gobierno de un vestuario desmontado, donde Messi está pensando qué hacer, las ‘vacas sagradas’ temen por sus contratos de ‘megachollo’ (en dinero y longevidad, ¡absurdos!) y los jovencitos tienen un hambre que no veas. 

Será, digo, por aquel akelarre que los jugadores vivieron, en Navidades, en un almuerzo en el comedor de La Masia, donde se conjuraron para sacar esto adelante; será porque ‘Tintín’ ha encontrado la fórmula; será porque están solos y no les queda otra; será porque, no solo han de reivindicar sus nombres (y apellidos) sino sus contratos, su futuro; o será, repito, porque han decidido que o esto lo sacan ellos adelante o se hunden todos en el ‘Titanic’ azulgrana, provocando aún más risas que los memes de ‘Barto’. Yo solo les diré un par de cosas que igual son las mismas que están pensando ustedes. Ustedes saben el concepto de ‘sobradito’ en el que tengo al monstruo Gerard Piqué, cuyo Dircom de su Andorra prefiere darle la entrevista de su nuevo entrenador a un medio de EE.UU. antes que a un periódico catalán, esa capacidad que tiene Piqué de creerse el ‘rey del pollo frito’ y, sobre todo, ese desprecio por todo lo que no es ‘cool’.

Pero yo estoy ahora mismo en pie y pienso pasarme así varios días mostrando mi admiración y reverencia por todo lo que ha hecho Piqué en estas últimas semanas. Su recuperación, su reaparición ante el PSG (¡ole tus huevos, tío!), su discurso, su vuelta al césped, sus gritos (¡esos gritos son de corazón, de profesional, de colega, de compañero, de culé!), su golazo de última hora y, también, sí, sus gritos en la piña antes de la prórroga. “¡Esto lo ganamos por mis huevos!”, fijo que dijo. Y, claro, se ganó. Y podría, debería ¿no?, meter en ese vídeo al prodigioso Ter Stegen (¡Dios!, qué penalti, ¡Dios! qué bien habla el castellano, ¡Dios! qué gran tipo); a Mingueza, al que hasta le perdonamos ese desliz porque se dejó la vida sabiendo que se pasan el día mirándolo para ver si sirve; Lenglet, que volvió a tocarla con la mano, pero se partió la cara por nosotros; Dest, que, si se atreviese, ¡fliparíamos!;

De Jong, pura energía, puro orgullo, hambre de “sé que puedo hacerlo mejor”; Busquets, que pelea por resucitar; Pedri, que me volvería loco que fuese mi hijo, el novio de mi sobrina, el amigo de mi primo, el vecino de mi hermana; Alba, que si mete esa volea sideral rompo el plasma (bueno, estuve a punto, a punto); Messi, cuyos saltos de alegría tras el golpe de Piqué valen ya la cláusula de fidelidad (nooooooooo), pero lo queremos así, enchufado; y Dembélé, que, fijo, llamó por la noche a ‘Barto’, a las dos de la madrugada (siempre lo hace), para darle las gracias por haberle traído al Barça. “Que te vayas a dormir, Ousmane, que son las dos”, le dice el expresidente. Y ese centro preciso, perfecto, de Griezmann a la cabeza de Piqué; y ese Ilaix, que va a romper los escaparates; y ese Trincao, que un día será Dembélé y ese Braithwaite que voló bajito para meternos en otra final. ¡Viva nosotros, chicos! Y gracias. Como me solía decir Pep Guardiola, “Emilio, es mejor que te den las gracias a que te feliciten; si te dan las gracias es porque, no solo les has hecho felices ganando el partido, sino que les permites fardar ante su gente que somos muy buenos”.

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