Opinión
Salvar al soldado Balogun

Balogun recibió el particular 'indulto' de la FIFA y la Casa Blanca / DPA vía Europa Press / DPA vía Europa Press
El Mundial de Estados Unidos ya tiene nueva doctrina jurídica: las tarjetas rojas existen hasta que molestan al anfitrión. Después se congelan, se doblan con cuidado y se guardan en el bolsillo interior de Gianni Infantino, ese gran notario del poder que siempre aparece sonriendo al lado del poder. Es el nuevo orden mundial aplicado al balón: si la realidad incomoda a EEUU, organizador plenipotenciario, se suspende.
Folarin Balogun fue expulsado contra Bosnia-Herzegovina. Roja directa con VAR mediante: entrada dura con sanción automática. El viejo fútbol, ese deporte ingenuo que todavía creía que una expulsión significaba no jugar el siguiente partido, habría terminado ahí. Pero este Mundial no se juega solo en los estadios, se juega también en la Casa Blanca, en la política, en las amistades peligrosas y en esa extraña frontera donde la FIFA empieza a parecer una oficina de atención al todopoderoso presidente del pais organizador.
Trump e Infantino son la pareja perfecta para este sainete. Uno manda como si las instituciones fueran decoración. El otro obedece como si fuera un pelele. Estados Unidos organiza el Mundial y el Mundial empieza a funcionar como una extensión del despacho oval. La cuestión no es Balogun. Balogun, pobre, es solo el beneficiario deportivo de una indecencia institucional. Se busca en el reglamento y aparece el artículo 27. Maravilloso número. Casi bíblico. Casi mágico. La FIFA no quitó la roja, porque eso habría sido demasiado evidente. Hizo algo mejor: la dejó en suspensión. Como quien congela una multa, aparca una sentencia o guarda una norma para cuando no moleste. Balogun no está absuelto, pero juega. Una filigrana jurídica, una chilena normativa, una de esas triquiñuelas de Infantino que explican por qué el fútbol nunca se explica bien desde sus dirigentes. Trump e Infantino forman una pareja perfecta para esta comedia. Uno entiende el poder como una propiedad privada. El otro entiende el fútbol como su forma personal de arrimarse al poder.
Estados Unidos acoge el Mundial y, de repente, el Mundial empieza a parecerse demasiado a Estados Unidos: showtime, reglas flexibles y épica patriótica. La cuestión no es Balogun. La cuestión es el resto. La cuestión es saber si todos compiten con el mismo reglamento. Porque alterar una sanción en una eliminatoria no es un detalle administrativo. Es trucar el campeonato. Es decirle a una selección rival que la ley existe, pero que también tiene servicio de habitaciones. Si el artículo 10.5 dice que un expulsado no juega el siguiente partido, el artículo 27 aparece como indulto de autor. En España encontraríamos el artículo 33, por el que se hace todo lo que se quiere. Trump le importa un pepino cuál sea el número. Balogun jugó. Trump dirá que Dios ha reparado una injusticia. Y el mundo entero aprenderá la gran lección de este campeonato: en el reino del anfitrión, el reglamento se acomoda a sus intereses. Bienvenidos al Mundial que se rige por el artículo 33, aunque nos digan que es el 27. Por cierto, salva a Balogun, pero condena al torneo.
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