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Un ridículo para recordar y para no plagiar

Arbeloa, durante el encuentro ante el Betis en La Cartuja

Arbeloa, durante el encuentro ante el Betis en La Cartuja / Joaquin Corchero / AFP7 / Europa / Europa Press

El de vocero, aquél que habla en nombre de otro, no tiene por qué ser un oficio indigno. Todo lo contrario. Trasladar a la opinión pública la idea o la voz de una institución o un presidente no es nada sencillo. Se trata de un ejercicio en el que hay que verbalizar el mensaje, a menudo demagógico y perverso, con mucha determinación, buena literatura y un gran sentido del sesgo para acabar convirtiendo una verdad a medias - a veces, una mentira - en verdad absoluta. Mis respetos a quien se gane la vida en semejante contexto, disfrazando el discurso con los tintes que le interesan a la corporación que te paga o defiendes.

Aquí, el problema lo tiene el que pretende ser vocero y periodista a la vez. Entonces, ahí el asunto se complica. Tanto que acabas recogiendo cable. ¿Y qué sucede? Que el ridículo es espantoso. Y es una enseñanza que hay que recordar siempre que el Barça gana. Porque el día que vuelva a perder - espero que más tarde que pronto - y tenga que soportar años en blanco, nos acordemos de quienes le contaron a la gente que el Madrid, tras 0 de 8 títulos en dos temporadas, tres finales, cinco clásicos perdidos, 200 millones en verano y el fichaje de Mbappé, palmaba por estar la liga podrida y manipulada. Por cierto, la misma que ganaron y celebraron en 2024.

Recientemente, Joan Laporta habló de “vergüenza intolerable” para justificar el adiós a la Champions. Tiene derecho. Pero ahí estuvimos para recordarle que el foco hay que ponerlo en evitar los errores que le condenaron. Al Barça le ayudamos mucho más así que buscando excusas cretinas y sin recorrido. Como en Madrid.