Opinión | Tuercebotas

Periodista y escritor
El racismo no es libertad de expresión
No es lo mismo expresar posiciones políticas, como silbar un himno, que insultar por las creencias religiosas, la orientación sexual o el color de la piel

El España-Egipto estuvo marcado por los cánticos de la afición del RCDE Stadium / Andrea Matillas
¿Qué decir de los que botan en las gradas de un campo de fútbol para no correr el riesgo de que los confundan con musulmanes? En el resto de Europa, lo tienen muy claro: son racistas sin discusión. Así lo ha señalado sin medias tintas la prensa europea a cuenta de los vergonzosos cánticos en Cornellà durante el partido entre España y Egipto. Así se lo tomó Lamine Yamal, que profesa la fe islámica y publicó un post en Instagram de una madurez impropia de alguien de su edad. Así se lo tomó también el seleccionador, Luis de la Fuente, y en general la prensa española.
Pero en esa fosa séptica que son en gran medida las redes sociales, son muchos los que defienden los cánticos, algunos abiertamente, y otros estableciendo comparaciones que denotan problemas mucho más estructurales que la minoría (ruidosa, pero minoría) que nos abochornó en Cornellà.
¿Qué decir de los que botan en las gradas de un campo de fútbol para no correr el riesgo de que los confundan con musulmanes? Que no es un ejercicio de libertad de expresión comparable a cuando determinadas aficiones silban al Rey o al himno de España en una final de Copa del Rey. Oponerse a la jefatura del Estado y anhelar la independencia de Catalunya o el País Vasco son posiciones políticas y, como tal, están protegidas bajo la libertad de expresión. Insultar a una persona o un colectivo por sus creencias religiosas, orientación sexual o color de piel no está protegida por la libertad de expresión.
No, no es lo mismo cantar el “bote, bote, bote” sobre los musulmanes que sobre un club rival (“madridista el que no bote”). Los cánticos entre aficiones forman parte de la rivalidad deportiva, mientras que los insultos racistas u homófobos se dirigen a características personales, y tienen como objetivo humillar a quien los recibe. Menospreciar al rival ataca una identidad futbolística; los insultos racistas u homófobos se dirigen a características personales, y tienen como objetivo humillar a quien los recibe. Los cánticos futboleros se quedan en el campo, mientras que el insulto racista perpetúa estigmas y desigualdades sociales estructurales y es un reflejo de ellas: nadie canta en un estadio “católico romano el que no bote”. Los insultos discriminatorios reproducen violencia histórica contra grupos ya vulnerables. Por este motivo, por muy mal deportista que sea Vinicius, nunca será lo mismo recordarle al rival el palmarés en Champions League, desearle el descenso a segunda o mofarse de su derrota que llamarlo mono, o botar para no ser confundido con musulmán.
El cántico, además, indica un peligroso concepto de ‘ellos’ y ‘nosotros’. Hay decenas de miles de musulmanes españoles, y algunos de ellos juegan en la selección española, Lamine Yamal sin ir más lejos. Pero para según quién (y son muchos más que los que botaron en las gradas de Cornellà) no son españoles de verdad. Los españoles de verdad son blancos y de religión cristiana. Durante 90 minutos, los otros son aceptados, sobre todo si ayudan a ganar Eurocopas. Pero poco más.
¿Qué decir de los que botan en las gradas de un campo de fútbol para no correr el riesgo de que los confundan con musulmanes? Que para que no sigan botando fuera de los estadios, hay que recordar este bochorno a la hora de votar cuando se pongan las urnas.
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