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Jordi Badia

Jordi Badia

Jefe de deportes en Regió7

Queja negligente

Kovacs condenó al Barça con sus errores en la eliminatoria contra el Atlético en Champions

Kovacs condenó al Barça con sus errores en la eliminatoria contra el Atlético en Champions / Enric Fontcuberta / EFE

El FC Barcelona tiene razón de quejarse del arbitraje sufrido en los dos partidos de la eliminatoria contra el Atlético de Madrid. Tanto István Kovács, en la ida en el Camp Nou, como Clément Turpin, en la vuelta en el Metropolitano, cometieron errores que perjudicaron a los blaugrana más que a los colchoneros. Además, el rumano Kovács tuvo una actitud desde el primer minuto impropia, como si el partido le fuera demasiado grande. Consulta a los apuntes sobre los jugadores amenazados de suspensión al margen, la forma en que negó el diálogo a Pedri nada más empezar puede considerarse premonitoria de lo que iba a suceder.

En cualquier caso, no eran las formas de un árbitro preparado para afrontar una eliminatoria de ese nivel. La actuación del francés Turpin, considerado el mejor árbitro del momento, fue menos evidente, pero el resultado fue similar. Además, contó con una realización televisiva de parte. Quizá sea porque el presidente de la UEFA, Aleksander Čeferin, considera que Joan Laporta aún no le ha hecho suficientemente la pelota y le mantiene la penitencia por la 'insolencia' de la Superliga.

Ahora, la cuestión clave es que los clubs no controlan ni las competiciones que juegan ni el negocio que propician y engordan. Juegan con las normas que les marcan las federaciones, la UEFA y la FIFA —en España se puede añadir a LaLiga, que actúa como un ente libre en manos del asalariado multimillonario Javier Tebas—, desde un calendario aberrante a las designaciones y designios arbitrales, pensadas y gestionadas para la maximización de sus beneficios. Y son agentes necesarios para que la industria del fútbol mantenga un crecimiento de dos dígitos a cuenta de sus déficits.

Un ejemplo reciente es la Premier League, que hace unos días reveló que sus clubs ya rozaban los 10.000 millones de ingresos a la vez que disparaban sus pérdidas. Los clubs tienen derecho a quejarse y hacen bien en hacerlo, pero cuando la broma hace años que dura y cuando el TJUE ha sentenciado que tienen derecho a salir de este tinglado, la queja se vuelve negligente.