Mbappé firmó un hat-trick ante el Barça

El PSG no necesita a Messi

OPINIÓN

Emilio Pérez de Rozas

Todo, absolutamente todo el retrato del Fútbol Club Barcelona, escenario incluido (lo digo por lo viejo y desértico que está el Camp Nou) invita a quemarlo todo, a destruirlo todo, a pensar en ese dicho tan dicho (o tan catalán, ¡qué sé yo!) del ‘foc nou’, que más de una precandidatura y hasta candidatura, pregona. No seré yo quien utilice esta página para señalar culpables pero, desde luego (y lo siento por más de un colega de diario), soy incapaz de decir que el gran culpable de todo esto es Ronald Koeman. ‘Tintín’ no solo hace lo que puede (y más) sino que, en medio de todo este tsunami, es (como ya escribí hace siete días) el único que da la cara.

Y cuando digo que da la cara, es que, después de que el Barça fuese goleado y ridiculizado (especialmente durante la segunda parte), el único que salió y dijo la verdad, pidiendo paciencia, confianza, fe y tiempo (mal asunto para aficionados que se creen –aún—los dueños del sextete), fue Koeman, pues los grandes ‘dioses’ volvieron a esconderse. Y no miro, no, a Gerard Piqué, que dio la cara en el partido, miro a otros dioses que hace tiempo solo hablan cuando les interesa… para su negocio (y futuro).

Repito, Koeman es de los pocos que conocen la verdad pero, evidentemente, no es el momento que la cuente. Es más, no la contará nunca, jamás, porque es un profesional del fútbol, que quiere seguir viviendo del fútbol. Es posible que la presencia de siete jugadores protagonistas de aquel triste 2-8 de Lisboa (Ter Stegen, Piqué, Lenglet, Alba, Busquets, De Jong y Messi) esté más cerca de la realidad, de la verdad de por qué se siguen produciendo estas goleadas y repitiendo ridículos que de la culpabilidad de un entrenador que trata de salvar los muebles y, sobre todo, defender a su club cuando ejerce de único y constante portavoz.

El problema del partido frente al PSG es que ocurrió algo que ya teníamos muy visto, repetido, muy visto. Tanto que todos recordamos comentarios de esas siete estrellas y de muchos más haciendo una autocrítica dura, tremenda, comprometiéndose a que algo así no puede volver a ocurrir. Y se repitió. Esas son las cosas que indignan y duelen a la ‘gent blaugrana’. Como ese vuelo privado de Antoine Griezmann, rumbo a su casa francesa, la misma madrugada en que su equipo (y él) hacen el ridículo a lo grande. Cierto, sí, lo voy a escribir: tenía fiesta, tiene dinero, necesitaba ver a la familia y se fue. Tenía todo el derecho del mundo a ese viaje. Yo solo digo que eso duele a los aficionados. Y punto. No digo que no tenga razón. Es posible (de eso tengo multitud de testimonios en mi washap) que la ‘gent blaugrana’ ya no espere nada de este equipo. Ciertamente, Liga, Copa y Champions están (casi) imposibles de remontar. Pero sí quieren coraje, carreras, físico, intención, devoción, entrega. Y, en ese sentido, les diré algo que puede que no compartan conmigo (y ni siquiera es necesario): todos esos gritos de Piqué, todas esas peleas y broncas con Griezmann, ese pique casi a cara de perro de Alba con el sobradito Mbappé (¡Dios!, que bueno es ese chico), es la prueba de que les hierve la sangre, quieren, lo intentan… pero no pueden. O eso quiero pensar.

A alguien le oí comentar esa misma noche, creo que fue a Manolo Lama, en la COPE, que este Barça-PSG era un partido que enfrentaba a atletas (los parisinos) contra un equipo de veteranos y niños. Yo estoy muy de acuerdo con esa definición. El fútbol del 2021 es un fútbol de atletas, aunque la teoría cruyffista de que quien tiene que correr es el balón o la versión más de Charly Rexach de que “correr es de cobardes” sea muy descriptiva y graciosa respecto al legendario tiki-taka azulgrana. Ese fútbol de la excelencia pasó, pertenece a una generación desaparecida. Ahora, si no corres, no ganas. Ni empatas.

Nada más llegar Koeman se comentó que ahora sí juegan como entrenan. No sé yo si el Barça está entrenando en serio, duro y bien. Bueno, la verdad es que, posiblemente, en este increíble enero-febrero, con tres partidos por semana y viajes continuos, el depósito de combustible este más que agotado, de ahí estos dos días de fiesta, que no es, lógicamente, premio alguno, sino desconectar, descansar, ala, iros y volver con la cabeza limpia.

No era, desde luego, la Champions, a ojos vista de los azulgrana (ni siquiera de la hinchada más forofa), la competición preferida de esta temporada. Ese sonido, muy repetido en España, de que “a estos les da para pelear la Liga, pero no en Europa”, también podía aplicarse (como acaba de demostrarse) al Barça, pero era evidente que, como poco, como mínimo, había que evitar otra goleada para el libro negro de la historia (reciente) del Barça. Y no ocurrió, no. Y voy a decir una cosa más, si me dejan, sin sorna, por favor: la mejor noticia que deja esta última goleada es que el Estado de Catar puede dejar de tener la tentación de fichar a Leo Messi porque, con este Kylian Mbappé (más Neymar Júnior), le sobra para ganar, por fin, la Champions.

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