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Cuando el peligro llama a la puerta

Los jugadores del Barça celebran uno de sus goles contra el Villarreal en el partido del estadio de La Cerámica

Los jugadores del Barça celebran uno de sus goles contra el Villarreal en el partido del estadio de La Cerámica / Dani Barbeito

La Navidad tiene siempre algo de milagro doméstico: el turrón que sobrevive a enero, el cuñado que promete no hablar de política y el Barça que, justo cuando parecía de nuevo condenado a conflictos internos, vuelve a jugar al fútbol como si se hubiera confesado, comulgado y hecho un Erasmus espiritual en una Masia celestial.

Todo junto, con villancicos de fondo y una sensación conocida: la de volver a disfrutar. Pero hay Navidades y Navidades. Algunas llegan con pesebres desestructurados, pastores desparejados frente al portal, reyes magos despintados y la estrella del belén transformada en una inquietante y deforme bola de papel de plata. Años en los que el barcelonismo se abriga más por pudor que por frío. Pero esta Navidad… no.

Mientras medio país discute si el 'tortell de reis' lleva nata, el culé brinda hoy con cava honesto y una peligrosa sonrisa de ilusión. La Navidad también va de fe. Fe en que el próximo partido será el mejor de la temporada (y mira tú por dónde… será contra pericos envalentonados), en que el VAR nos mirará con ternura y en que Laporta, un poco exaltado últimamente, no perderá la cabeza justo antes del brindis. Fe en que este buen momento no es un espejismo provocado por el levante ni el frío ni el cava ni un exceso de 'neules' de Can Sauleda, con denominación de origen emocional.

Y entonces, aparece el nuevo e indecente debate que perturba a los que amamos lo que somos: que si ya no es Navidad, que si mejor llamarle “fiesta de invierno”, que si las tradiciones molestan a los que no hacen nada por integrarse... Con el Barça pasa lo mismo. Siempre hay quien lo quiere cambiar, modernizarlo hasta diluirlo, 'turistiquearlo' o quitarle alma. Pero el Barça, como la Navidad, es y será eterno. Y lo será precisamente para todos aquellos que intentan apropiárselo, reinventarlo o pedirle que deje de ser lo que siempre ha sido: del socio.

Porque el Barça no es solo un resultado o una racha. El Barça es una tradición que sobrevive a crisis, modas y discursos populares o victimistas. Igual que la Navidad sobrevive a quienes la quieren transversal e impersonal. Y cuando todo peligra, el milagro se vuelve a repetir.

Así que sí, celebremos. Pongamos villancicos, saquemos la bufanda (¿he dicho bufandas?) y brindemos por un Barça que vuelve a parecerse al Barça. Pero hagámoslo con ironía preventiva, sarcasmo responsable y la generosidad de quien abre un regalo sabiendo que dentro puede haber los putos calcetines de siempre. Porque el Barça, como la Navidad, es maravilloso solo si no se lo intentan apropiar los que ni lo quieren, ni lo respetan.