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El pasado blanco apenas puede con el futuro blaugrana

OPINIÓN

Ernest Folch

@ErnestFolch

Los partidos grandes aparecen cuando menos se les espera. Lo que tenía que ser la primera eliminatoria de un título menor en una sede absurda se convirtió en un clásico inmenso, uno de los mejores de los últimos años, en el que los dos equipos parecieron entender que se jugaban mucho más que este insulso título.

Ganó el Madrid, pero solo porque tiene más pegada y por supuesto más experiencia, pero fue una dulce derrota para el Barça, que puede encontrar en este partido argumentos para seguir creciendo. 

En un partido memorable a tumba abierta, quedó claro que ni el Madrid es el Bayern ni el Barça es este desastre de equipo que algunos culés sugieren. De hecho, en ningún momento se pusieron de manifiesto los 17 puntos que el equipo blanco lleva al blaugrana en LaLiga, y en las formidables montañas rusas de Riad los dos equipos alternaron fases diversas de dominio y sufrimiento a partes iguales.

Si el encuentro se recordará es porque en muchos momentos pareció que Barça y Madrid lo entendieron como una forma de medir el estado actual de dos proyectos que están a las antípodas: El de Xavi es sin duda una revolución imperfecta y a medio hacer, pero con visos de ser el salto al vacío hacia la renovación definitiva.

En cambio, el proyecto de Ancellotti es una leve evolución sin ruptura, si acaso algún cambio de piezas, pero en el que la columna vertebral sigue siendo Modric-Kroos-Benzema, este último convertido en la pesadilla de la defensa blaugrana.

El problema del Barça de Xavi es que es todavía un extraño Frankenstein, con una base de jóvenes con un gran talento pero lleno de pedazos estrambóticos. Esta generación que tanto ilusiona de Ansu, Gavi, Nico, Pedri, Araújo y Abde, demostró en Riad que ya se ha hecho con las riendas del equipo, pero tiene que convivir con viejas glorias ya en declive, una clase media insulsa (como Frenkie De Jong o Memphis Depay) y un futbolista anárquico como Dembélé, ayer espléndido, pero que provoca una extraña esquizofrenia, en la que no se sabe si tiene que ser la estrella del equipo o hay que enviarle a la grada por no renovar.

El Barça hoy es más un apunte de intenciones que una realidad, pero es lógico que sea así: Xavi acaba de llegar, y es indudable que ya se nota su mano. Pretender que gane títulos es ahora mismo una utopía, por cierto alimentada de manera contraproducente por los discursos triunfales del presidente, amante de frases como este último “hemos vuelto”, que de poco sirve cuando no se puede demostrar empíricamente. La buena noticia es que, aunque el presente duela, el futuro es, sin duda, del Barça.

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