Opinión | Tuercebotas
Penalti a lo Panenka, el postureo del fútbol
Brahim tuvo coraje, pero se equivocó: la foto con más aura no era la del penalti tirado por el centro, sino la del alzamiento de la copa de campeón.

Brahim, tras fallar su penalti ante Senegal / EFE
Teorías de la conspiración al margen (que siempre son, por definición, divertidas, indemostrables y, por tanto, irrefutables), la final de la Copa África entre Marruecos y Senegal se decidió en un instante mínimo de una intensa crueldad: un penalti fallado en el tiempo de descuento después del escandaloso amago de abandonar el partido de los senegaleses. Brahim, el jugador marroquí del Real Madrid, cogió el balón, lo colocó con calma, miró al portero y decidió chutarlo a lo Panenka. El balón, como debe ser en esta suerte, salió blando, fofo, tímido. El guardameta senegalés, el mismo al que intentaron descentrar con tácticas tan inverosímiles como quitarle la toalla o el botellín de agua, no se venció y abrazó más que atrapó el balón. Ahí terminó el partido para Marruecos. El gol de Senegal en la prórroga solo fue el desenlace lógico a la tragedia de Brahim, que quiso alcanzar el sol y en el camino se le derritieron las alas.
Brahim fue muy valiente, de eso no cabe ninguna duda. Mejor jugador del torneo, héroe nacional después de que renunciara a la selección española para jugar con los Leones del Atlas, hay que tener coraje para lanzar el penalti y para elegir la suerte del panenka. No se escondió, pidió el penalti decisivo y asumió la responsabilidad máxima. Eso siempre habla bien de un futbolista. Pero fue también temerario e inconsciente. Hay una frontera muy fina entre el coraje y la inconsciencia, y ese día la cruzó.
Marcar y señalar al portero
El penalti a lo Panenka tiene historia. Nació en 1976, cuando Antonín Panenka decidió picarla en una final de la Eurocopa. Fue genial, inesperado y revolucionario. En aquel contexto tenía sentido: sorprendía, descolocaba y, sobre todo, era eficaz. El problema es que, desde entonces, se ha convertido en otra cosa. A mí nunca me ha gustado. No creo que sea útil. Su objetivo ya no es solo marcar, sino humillar, retratar, señalar al portero. Es un gesto que busca el escarnio ajeno además del gol propio.
En el mundo de las redes sociales, los panenkas molan. Se viralizan, generan likes, memes y aplausos digitales. Es una de las suertes máximas de postureo del fútbol, al nivel de la rabona. Un fútbol que hoy a veces parece más pendiente de la foto que del resultado, más del relato que de la eficacia. Yo no creo en el postureo. Quiero un fútbol bonito, sí, pero orientado a la efectividad. A ganar.
Brahim tiene talento, descaro y calidad, es un gran jugador. Pero cuando chutó ese penalti decisivo no solo quería marcar, ganar el partido y levantar la Copa África. También quería la imagen perfecta: el panenka suave, el portero vencido a un lado y él celebrando, sonriente, como en un selfi tomado desde el punto de penalti. Quería ser campeón en lo futbolístico y cosechar aura, mucha aura, el campeón del postureo. Le salió todo lo contrario.
Fue una pena. Se equivocó. Porque la foto más bonita no era esa. La foto más bonita era la de Brahim levantando la Copa África. Eso sí le daba toneladas de aura. Y esa imagen, por desgracia para él y los marroquíes, ya no se la pudo tomar.
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