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Los madridistas son los nuevos antimadridistas

Las crisis de imperios como el Real Madrid provocan un señalamiento entre iguales, visible tras las críticas de Álvaro Arbeloa a quienes gritaron ‘Florentino, dimisión"

Un grupo de aficionados del Real Madrid, durante el encuentro frente al Levante.

Un grupo de aficionados del Real Madrid, durante el encuentro frente al Levante. / Jose Breton / AP

La actualidad del Real Madrid se resume oficialmente en frases hechas, el argumentario de cabecera de su nuevo entrenador, Álvaro Arbeloa. Del "fracaso está en el camino al éxito" al "90 minuti en el Bernabéu son molto longo" para terminar con el "los que pitan a Florentino no quieren al Madrid". Que no es un modismo, pero se repetirá como tal, porque el palco corre el riesgo de que vuelva a escucharse.

Al repertorio va camino de unirse una variante de un apócrifo de Winston Churchill: "Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas". El primer ministro británico nunca pronunció esta frase, pero gana fuerza si se pone en su boca. El fin que justifica los medios. La crisis blanca va camino de desembocar en un apotegma similar donde "los antimadridistas del futuro se llamarán a sí mismos madridistas", como síntoma último de una crisis que ya no es deportiva, sino identitaria.

La división interna fue un hecho palpable tras la pitada y pañolada que se produjo antes y durante el plebiscito del partido contra el Levante. En un fútbol moderno donde la participación del aficionado ha quedado reducida a mínimos y donde los estadios son cada vez más una atracción turística, demostraciones de fuerza crítica como la vivida el pasado sábado hacen temblar a los oficialistas.

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No hay nada que justifique ir en contra de la libre afición de un abonado, socio o aficionado eventual. Por lo menos dentro del mantra del "madridismo universal" que ha enarbolado el propio Florentino Pérez. Igualmente, no es incompatible reivindicar su legado, en forma de títulos y construcción del Real Madrid moderno, con retratar el hecho de que el club se ha metido en un túnel sin salida.

Dar marcha atrás no es posible, porque el proyecto ha quedado comprometido con decisiones estratégicas que, por el momento, han sido negativas. La primera, una remodelación mastodóntica del Bernabéu que ha dejado la peor imagen que una superpotencia puede proyectar no es la derrota, sino la improvisación. Algo demostrable con la cancelación de los conciertos o detalles simbólicos, pero representativos, como la pobre proyección de imágenes sobre la fachada del campo.

La segunda, encomendar el proyecto deportivo a Mbappé y otros jugadores disociados de la realidad y, por supuesto, de los valores del club. En medio de la crisis más galopante que se recuerda en el pasado reciente de la institución, el francés sigue en su esfera de récords y celebraciones personales. Lo mismo sucede con el resto de una plantilla que se ha quedado sin líderes, pero que protesta contra el trabajo.

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El legado que deja Xabi Alonso es mínimo, pero si algo demostró es la indisciplina de un núcleo consentido que ha renunciado a lo más elemental, como es el respeto de las jerarquías. Que al técnico vasco le hayan achacado no saber imponerse evidencia el desatino. Consentir a determinados jugadores, una costumbre que ha sido común en los dos mandatos de Florentino, ha conducido al hartazgo de parte del madridismo.

La misma que, precisamente, trasciende a la única filosofía proclamada como válida por Arbeloa, que es la de "ganar". Pero él mismo sabe lo que cuesta hacer realidad ese verbo. En la previa al referéndum del Levante recordó cuánto le había costado a él ganar una Champions.

Se quitó la máscara de hombre de Florentino para ponerse en la piel de aquellos que durante tres décadas no vieron levantar el gran trofeo a los suyos. Y, sin embargo, nunca dejaron de ser madridistas -aunque Mourinho les llamase "disfrazados"- o de disfrutar con equipos como la 'Quinta del Buitre'. Los mismos que ahora soportan cómo los de la nueva y victoriosa era les llaman antimadridistas y piden que les retiren un carné que tienen antes de que ellos nacieran.